Crítica | Burning
Crítica
Género de opinión que describe, elogia o censura, en todo o en parte, una obra cultural o de entretenimiento. Siempre debe escribirla un experto en la materia

El cotidiano enigma de Murakami

Para convertir un cuento de 20 páginas en una película de dos horas y media, más que audacia, hay que tener ideas. Y el coreano Lee Chang-dong posee talento y ideas

Jeon Jong-seo, en 'Burning'.
Jeon Jong-seo, en 'Burning'.

Para convertir un cuento de 20 páginas en una película de dos horas y media, más que atrevimiento o audacia, hay que tener ideas. Y el coreano Lee Chang-dong, además de ideas, posee talento y estilo.

Quemar graneros, inquietante relato de Haruki Murakami, contenido en su formidable colección de cuentos El elefante desaparece, donde lo cotidiano se transforma en misterioso en apenas una línea, se ha convertido en Burning, película de Lee, que, más que completar un relato abierto por múltiples costuras por el escritor japonés, maravillosamente ambiguo, lo que hace es incidir en su enigma desarrollando unos personajes apasionantes y unas actitudes fuera de norma.

Si se leen los tres primeros párrafos del texto de Murakami, ya es fácil ver en ellos las múltiples posibilidades narrativas para una posible adaptación. Sin concreción en las acciones ni en los personajes, en un estilo elíptico y con subtextos enigmáticos, rozando el existencialismo, Quemar graneros parece presto para la llegada de un autor como Lee, que en obras como Peppermint Candy (1999) y Secret Sunshine (2007) se había adentrado con sobresaliente personalidad en las complejidades del espíritu y de la pérdida con singular hermetismo.

Lee es fiel a Murakami siéndole infiel. Cambia aspectos básicos del protagonista (de casado a soltero, o su clase social), e inventa un nuevo desenlace (eso sí, casi tan abierto como el del cuento), manteniendo fijo el ardor de un triángulo amoroso al que aporta una magnífica potencia visual y sonora. Tanto en su música como en el bullicio y los susurros de la ciudad y del campo, en sus amaneceres y en el tratamiento del espacio: los reducidos de los apartamentos de la urbe y los amplios de las afueras, junto a los graneros del título (aquí, invernaderos).

Con ecos de William Faulkner y su cuento Incendiar establos (1939), que ya habitaban implícitamente el relato de Murakami y que en la película se convierten en explícitos, Burning posee unos personajes fascinantes, pero hay que abrirse a su atmósfera, a su extrañeza. El espectador que espere respuestas y trama, algo que tampoco hay en Murakami, solo encontrará frustración. El que se disponga con pasión ante un relato incierto y turbio, entrará en el fuego recóndito de una gran película sobre la perdición.

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