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Un relato íntimo del cautiverio de los Románov

Un libro compila textos del ocaso de la última dinastía zarista

Los Románov, en 1913. En el centro, Nicolás II y su mujer Alejandra.
Los Románov, en 1913. En el centro, Nicolás II y su mujer Alejandra.

Hoy, en los libros de historia, todo encaja. Un país inmenso con una estructura agraria feudal hasta el siglo XIX, una revuelta aplastada a disparos doce años antes y décadas del fantasma del comunismo recorriendo Europa. En cambio, cuando se desarrollaban los acontecimientos clave de la Revolución Rusa, la última dinastía zarista no entendió nada: se aferraba a la ilusión de que todo volvería a la normalidad y creía que "la naturaleza eslava" requería de "un látigo" y "casi crueldad", como apuntó la zarina Alejandra Fiódorovna a su marido, Nicolás II.

Es una de las impresiones que se extrae de las cartas, telegramas, diarios y otros documentos, principalmente de los Románov y sus allegados, escritos durante los tres cautiverios que sufrieron entre la revolución burguesa de febrero de 1917 y su ejecución en 1918 en Ekaterimburgo, donde se alza desde 2003 la catedral de la Sangre Derramada. Un relato íntimo compilado por la editorial Páginas de espuma en forma de novela epistolar bajo el título Románov, crónica de un final: 1917-1918.

Nicolás II y Alejandra Fiódorovna, en las celebraciones del 300 aniversario de la dinastía, en 1913 en Moscú.
Nicolás II y Alejandra Fiódorovna, en las celebraciones del 300 aniversario de la dinastía, en 1913 en Moscú. Heritage / Getty

25 de febrero de 1917, según el calendario juliano, trece días menor que el gregoriano que la Rusia de Lenin adoptó un año más tarde. La zarina escribe a su marido a la residencia imperial de Tsárskoye Seló: "Los chicos [en las calles] corren y gritan que no tienen pan -tan solo para agitar- y los obreros impiden que otros trabajen. Si hiciera mucho frío, todos estarían en sus casas. Pero todo esto pasará y se calmará si la Duma [el Parlamento] actúa bien". No aparece en el libro, pero un día después el presidente de la Cámara advertía al zar en un telegrama de que la situación era "grave" y la capital [entonces Petrogrado, la actual San Petersburgo] estaba en "estado de anarquía". Nicolás II no respondió. En marzo acabaría abdicando, presionado por la Duma.

En las misivas se mezcla lo político y lo cotidiano. Un breve comentario de la zarina sobre cómo "los pobres asaltan las panaderías" va seguido de un repaso a la fiebre de los niños. En otra carta anima a su esposo a mostrar su "mano poderosa" a la población justo antes de lamentar no haber podido desayunar juntos. Nicolás II responde en un telegrama: "Hace un tiempo maravilloso. Espero que os sintáis bien y tranquilos. Muchas tropas fueron enviadas al frente".

Los motes son cariñosos: Amigo aludía al asesinado Rasputín; Solecito, a la zarina (por influencia de su abuela Victoria, la reina británica, que solía llamarla Sunny); y el primogénito Alekséi era Rayito de sol o Baby.

También se palpa el aburrimiento de una vida ociosa y sin responsabilidades. "No tengo nada interesante para escribir: a las doce habrá misa. Anastasia ha cumplido dieciséis años. ¡Cómo pasa el tiempo!", cuenta Alejandra Fiódorovna a una amiga en junio de 1917. "El tiempo pasa rápida y monótonamente. Trabajamos, leemos, tocamos el piano, paseamos, tenemos clases. Y ya", resumía la princesa Tatiana Nikoláievna en una carta. Su padre define la vida como estar embarcado: "todos los días son parecidos el uno al otro". Llenan el tiempo con clases de catecismo, lectura o juegos de mesa.

"En cada uno de los cortos y esporádicos viajes a Tsárkoye Seló intentaba adivinar el carácter del exzar y entendí que nada ni nadie le interesaba excepto sus hijos. Su indiferencia hacia el mundo exterior me parecía casi artificial [...] Se quitó el poder como quien se quita el traje de ceremonia para ponerse el de casa", escribió Kerenski, líder del Gobierno provisional que concluyó con la revolución bolchevique. Más tarde ordenó separarle de la zarina, salvo para las tres comidas del día, por el "enfado irreconciliable" que esta arrastraba por la pérdida del poder.

Las entradas en el diario de Nicolás II son más bien breves y descriptivas. "Por la tarde tomamos el té en mi cuarto. Ahora dormimos juntos de nuevo", se limitó a escribir el 12 de abril de 1917. En ocasiones responde con tono distante a las cartas de su mujer, llenas de epítetos de amor. "Creo que es algo de la personalidad de Nicolás, sobre todo con su familia nuclear. No quería escribirles que viajaba solo en un vagón de tren mientras su cabeza daba vueltas sobre tener que abandonar el Gobierno o no [...] Era un enamorado de su familia que prefería estar con ella que escribirles, y siempre procurando no preocuparlos", señala  Ezra Alcázar, participante en la edición y construcción del libro.

En agosto de 1917 la familia real fue trasladada a una mansión en Tobolsk, la principal ciudad de Siberia. Cada vez más bolcheviques reclamaban la cabeza del zar y Kerenski quería alejarle de los principales focos de tensión. Su lujoso tren de vida descarriló. "Muchos cuartos no están arreglados y su estado es poco atractivo. Luego fuimos al supuesto jardín (una horrible huerta), examinamos la cocina y el cuarto de guardia. Todo se ve viejo y abandonado", narraba Nicolás Il en su diario. Un testigo fundamental de esos días, Pierre Gilliard, el académico suizo que enseñaba francés a los hijos de la familia, recuerda en sus memorias cómo los Románov "sufrían por la falta de espacio", pese a que la planta en que vivían era "cómoda y espaciosa".

Nicolás II corta madera con Pierre Gilliard durante el cautiverio en Tobolsk, en 1918.
Nicolás II corta madera con Pierre Gilliard durante el cautiverio en Tobolsk, en 1918.

"Me sorprendió la suavidad de la familia real. En las cartas enviadas a sus amigos desde Tobolsk se nota que se concentraban solo en lo bueno que les pasaba: fiestas, misas, una pieza de teatro que hicieron. Se entiende que vivieron un momento sumamente difícil y estresante, pero con su devoción a Dios y la unidad familiar todavía esperaban lo mejor", señala por correo electrónico la traductora de los textos, Tatiana Shvaliova.

En abril de 1918, la revolución comunista cuenta medio año de vida, Rusia ha salido de la Primera Guerra Mundial con la firma del Tratado de Brest-Litovsk y está inmersa en una guerra civil. Los Románov son trasladados a la ciudad de Ekaterimburgo y los textos del zar se impregnan de incertidumbre. 14 de junio: "Pasamos una noche llena de preocupación y nos desvelamos vestidos... hace poco recibimos dos cartas ¡en donde nos informaron de que nos preparemos para ser robados por la gente!". 30 de junio: "No tenemos ninguna noticia del exterior".

En la noche del 16 al 17 de julio la familia fue llevada por sorpresa a un sótano, como aparece descrito en el ensayo Los Románov (Crítica), de Simon Sebag Montefiore. "¿Por qué no hay aquí ninguna silla? ¿Está prohibido sentarse?", preguntó Alejandra. Yákov Yurovski, el miembro del Soviet de los Urales que ejecutó la orden de asesinato de los siete Románov, tres de sus sirvientes y un médico, leyó un pedazo de papel: "Nikolái Aleksandróvich, en vista de que tus parientes continúan con su ataque a la Rusia Soviética, el Comité Ejecutivo de los Urales ha decidido tu ejecución y la de tu familia". El zar, desconcertado, pidió escucharlo de nuevo. Yurovski releyó el texto y Nicolas II balbuceó: "¿qué? ¿qué?". "¡Esto!", zanjó Yurovski mientras abría fuego. "Los Románov estaban completamente tranquilos. No sospechaban nada", es su recuerdo del momento.

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