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Gustavo Guerrero: “La novedad como valor ha colapsado”

Editor, profesor, crítico y poeta, analiza en un nuevo ensayo el final del siglo XX en Latinoamérica en clave literaria

Gustavo Guerrero: “La novedad como valor ha colapsado”

Su poliédrico perfil profesional otorga a Gustavo Guerrero (Caracas, 1957) una singular visión panorámica. Es editor desde hace más de 20 años del área en lengua española y en portugués del sello francés Gallimard, catedrático de historia cultural y literatura latinoamericana en la Universidad París-Sena, crítico, ensayista y poeta. Conoce tanto el mundo académico y sus testarudos empeños como el mercado editorial latinoamericano y español y su proyección en el exterior. Tampoco es ajeno a las inquietudes y vicisitudes de los propios autores.

En su nuevo ensayo, Paisajes en movimiento. Literatura y cambio cultural entre dos siglos (Eterna Cadencia), Guerrero aúna todos los frentes y reconstruye una historia reciente de las letras latinoamericanas, abarcando su dimensión política, económica y poética. Su enfoque se concentra en el análisis de lo que hasta ahora ha sido en buena medida un punto ciego: las dos décadas que abarcaron el fin del siglo XX y el arranque del XXI.

Ganador del Premio Anagrama de Ensayo hace una década, en el nuevo libro el autor ahonda en la dimensión particular que en Latinoamérica tuvieron en ese periodo la apertura a la globalización, el nacimiento de la sociedad de la información y la industrialización de la cultura. El resultado es una suerte de “manual de instrucciones para aproximarse a la literatura latinoamericana actual”, apuntó el catedrático Eduardo Becerra en la presentación en Madrid. Guerrero prefiere hablar de su trabajo como de una “arqueología del presente”, como explicó en una azotea de Madrid a la mañana siguiente, con una vista tan amplia de la ciudad como la que describe en su ensayo sobre literatura. En él trata de examinar “los estratos” de esta era “presentista”: el frenético ritmo del ahora que se impone y complica tanto la mirada hacia el pasado como hacia el futuro. El Nobel mexicano Octavio Paz señaló ese todopoderoso presente como un signo del nuevo periodo, y ahí arranca Guerrero sus reflexiones sobre los vaivenes del mercado cultural, sobre el abandono de la idea de nación en la literatura latinoamericana y sobre cuáles son las condiciones que han permitido que surjan nuevas voces literarias.

¿El intento en los años noventa de reforzar el mercado del libro en Latinoamérica se frustró?

En el cambio de siglo hubo un programa latinoamericanista, la fusión de grandes conglomerados y el intento de consolidar un espacio cultural iberoamericano, pero la heterogeneidad de los países mostró los límites de esos proyectos. Al fin, convivimos con dos identidades: somos de nuestro país y también latinoamericanos, y hay un cierto aprendizaje en esa doble identidad. El latinoamericanismo es una literatura comparada que no dice su nombre.

¿Cuál es el panorama hoy?

El reto sigue siendo extender la circulación del libro más allá de los confines nacionales. Al fenómeno global de los conglomerados se suma la multiplicación de pequeñas y medianas editoriales, así que la batalla sigue siendo la visibilidad. El campo cultural es como un inmenso estadio lleno de gente gritando: editores, escritores y prensa.

¿Cómo ha evolucionado la percepción de la literatura latinoamericana en el exterior?

En los noventa hubo tres fenómenos paralelos. Por un lado, la continuación de la idea de lo exótico, con las narconovelas o la arquetípica novela del dictador, grandes productos internacionales. Por otro, arranca el diálogo con temas globales en torno a la memoria de la Segunda Guerra Mundial, por ejemplo con Roberto Bolaño o Jorge Volpi. Por último, hay una tendencia a la prolongación del boom con Isabel Allende o Luis Sepúlveda.

Escribe sobre el desgaste del canon literario. ¿Ha llegado a su fin?

Resulta cada vez más difícil llegar a consensos. Hay una ruptura del canon, que se va ampliando, por ejemplo con la irrupción de la crítica feminista. Las discusiones están abiertas.

En el cambio de siglo, ¿la dicotomía entre prestigio literario y fenómenos comerciales se quiebra?

La llegada del capitalismo de masas al campo cultural transforma esto. Todo autor que tiene prestigio no puede no vender. La labor del editor a partir de los noventa sufre una transformación. Se produce la crisis del gran letrado, ha habido una profunda transformación del lugar que ocupa el escritor en la sociedad, como figura pública. Y a esto se suma la emergencia de la literatura femenina.

¿Qué ha cambiado desde los noventa?

En esos años se reflotó el boom, hubo una generación que mantuvo una relación complicada con esos padres, en muchos casos de mansedumbre. Hoy los autores están más solos, hay un escenario más amplio. Pero los jóvenes traen un aliento de renovación e, insisto, una presencia muy destacada de mujeres. Lo que sigue siendo igual es la necesidad de obtener reconocimiento fuera. En los noventa en España, hoy un poco menos.

En el terreno de la poesía también se da una transformación. Pero más que de cambio radical habla de una diferencia en el grado de intensidad.

Entre 1990 y 2010 hay una crisis y una discusión sobre el papel de la poesía, que ya no aspira a hacer revelaciones trascendentes sino que se centra más en la experiencia. Es la desaparición de la herencia del simbolismo y la transformación de la poesía en un laboratorio para pensar. Se regresa a la voz, algo que hoy se ha intensificado con los slams y el spoken word.

¿Esta poesía cobra más vida en las redes sociales?

Bueno, el posmodernismo llegó al límite y creo que la novedad deja de ser un valor. La atomización de la opinión, manifiesta hoy en las redes, hace más difícil llegar a consensos, complica que las tendencias duren en el tiempo. Ha cambiado la relación entre valor e inmediatez, y esto paradójicamente revaloriza el papel, la edición impresa.

Escribe que también se rompió el vínculo del escritor con su herencia nacional.

La globalización llevó a imaginar una literatura sin anclajes locales, pero el regreso de lo nacional está a la orden del día.

¿Otro cambio de ciclo?

Hay una vuelta a lo político. La literatura como ejercicio íntimo se está acabando y se regresa a lo público.

 

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