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La fuerza de las almas perdidas

'Lincoln en el Bardo', la novela con la que George Saunders ganó el Premio Booker, es una obra maestra inspirada en la muerte del hijo del presidente estadounidense

Willie Lincoln, hijo del presidente de EE UU Abraham Licoln, en 1860. Ampliar foto
Willie Lincoln, hijo del presidente de EE UU Abraham Licoln, en 1860.

A comienzos del siglo XX, un grupo de escritores (Joyce, Virginia Woolf, Céline o Faulkner y, un poco después, Robert Musil) llevaron hasta sus últimas consecuencias la revolución que iniciara Henry James en el terreno de la novela. Lo que entonces parecieron audacias poco menos que ininteligibles, han acabado siendo moneda corriente y fecundando la narrativa del siglo XX.

Todos ellos pertenecían a un tipo de escritor audaz que carece de miedo a la hora de arriesgar y jugar fuerte. En el territorio del cuento americano, los últimos audaces fueron los minimalistas Raymond Carver y Tobías Wolff, e incluso su predecesor, J. D. Salinger, con sus historias de la familia Glass. Posteriormente, el cuento norteamericano ha seguido siendo realista, excelente y más bien previsible. Hasta que llegaron dos arriesgados de nuevo cuño, Stephen Dixon y George Saunders, y volvieron a abrir nuevos caminos.

Tras el éxito del libro de relatos Diez de diciembre (traducido por Ben Clark para Alfabia en 2013), Lincoln en el Bardo es la primera novela de Saunders (Amarillo, Texas, 1958), si exceptuamos una nouvelle de menor ambición, y es una obra maestra, un logro colosal, incluso en sus defectos. Dos son los antecedentes que la protegen; el primero, literario: la Antología de Spoon River, de Edgar Lee Masters (hay traducción de Jaime Priede en la editorial Bartleby y de Jesús López Pacheco en Cátedra), una suerte de crónica poética de una pequeña ciudad en la voz de sus muertos expresada en sus epitafios; el segundo, como imagen implícita: la Pietá de Miguel Ángel.

El relato se mueve exclusivamente por las voces de las almas, los pensamientos de Lincoln, la voz del vigilante vivo del cementerio y las citas históricas; no hay narrador ni nada semejante

El Bardo es el lugar donde, según el budismo tibetano, las almas se encuentran en tránsito de la vida terrena a otro lugar. En nuestra cultura su equivalente sería el limbo o el purgatorio (en cuanto lugares de paso, nada más). Allí ha ido a parar Willie Lincoln, amado hijo de Abraham Lincoln, de 11 años. Su padre acude desolado varias veces al cementerio y lo toma en brazos, como en la imagen de pena y dolor de la Pietá.

Lincoln —en una espléndida propuesta de retrato civil y moral— se encuentra agobiado por la muerte: la de su amado hijo, azarosa e ineludible, y la de los miles de hombres que van a morir en la recién iniciada guerra de Secesión, de la cual es último responsable. Esta doble condición de dolor le persigue, agobia y aturde su conciencia durante sus visitas a la cripta hasta que el paso de Willie al otro lado libera al padre, lo reconcilia con la muerte y le empuja a afrontar su destino como presidente de la nación.

Este es el primer plano narrativo. El segundo lo son, en el mismo Bardo, los tres personajes más destacados que, de un modo u otro, van dando paso a los demás. Los tres se compadecen del pobre Willie, pues no soportan que un niño, carente de culpas que purgar, deba permanecer un tiempo en el Bardo. Son: Hans Vollman, un impresor que no llegó a concluir su relación sexual con su pareja y por ello anda con un gigantesco miembro colgando; Roger Bevins, un gay lleno de ojos y orejas que representan su miedo a asumir su condición, y el reverendo Everly Thomas, el único equilibrado y templado de los relatores del mundo del Bardo.

El tercer plano narrativo lo constituyen las almas perdidas en el Bardo, que representan a aquellos muertos agobiados por sus deseos incumplidos durante su vida en la tierra. Estas almas aparecen y reaparecen a lo largo de la noche, actúan individualmente o como coro, o intervienen en familia o en grupo, como los solteros (muertos en plena juventud) o los negros (uno de los cuales, Thomas Havens, acompañará significativamente al presidente cuando abandone de modo definitivo el cementerio). Junto a estas intervenciones están presentes los textos tomados de fuentes históricas (unos reales, otros inventados por el autor) que terminan de redondear y situar la figura de Lincoln y su entorno personal.

Las almas perdidas poseen una cualidad: la de introducirse en el interior de otras personas (lo harán con el presidente) para intentar forzar una situación (en este caso, que haga lo que debe hacer, se despida del hijo, asuma su muerte y su pena, y le ayude a marchar del Bardo). Con todo ello, Saunders redondea esta soberbia obra de imaginería que, como el lector supondrá, no se agota en sí misma sino todo lo contrario, y de la que este comentario crítico es un pálido reflejo. Por último, señalar que el relato se mueve exclusivamente por las voces de las almas, los pensamientos de Lincoln y la voz del vigilante vivo del cementerio (Manders) y las citas históricas; no hay narrador ni nada semejante; ya Faulkner utilizó este modo narrativo de hacer desaparecer al narrador (y al autor) tras los personajes.

¿Se pudo recortar selectivamente el texto? Puede, pero ¿quién se atrevería a sugerírselo a semejante ingenio narrativo? Desde Cosmópolis, de DeLillo, no leía algo tan potente y tan atrevido.

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