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Colonia Dignidad, la secta alemana que llevó el infierno a Chile

Pedofilia, torturas, tráfico de armas, esclavitud… La publicación de ‘Sprinters’, de Claudia Larraguibel, trae a España la historia de uno de los esquemas de dominación más infames y eficaces del siglo XX

La entrada a Colonia Dignidad. En vídeo: Tráiler de 'Colonia'.

Durante más de tres décadas, en un predio a 350 kilómetros al sur de Santiago de Chile hubo violaciones de menores, esclavitud, torturas y asesinatos de opositores, secuestros, tráfico de armas, retenciones forzosas, adiestramiento de paramilitares, cánticos germanos y mucha, mucha verborrea religiosa. Colonia Dignidad, la secta dirigida allí por el alemán Paul Schäfer, reprodujo desde 1961 uno de los esquemas de dominación más infames y eficaces del siglo XX ante el silencio y la indiferencia de todo el mundo. Cuando a mediados de los noventa se destapó todo, la sociedad chilena pudo ver a unos extraños alemanes, muy pobres, que se hacían llamar colonos,que no hablaban español, no sabían qué era un ordenador, cuándo era su cumpleaños o que vivían en un país que había sufrido una dictadura atroz. Pero, ¿realmente nadie sabía nada? “El lema de Colonia Dignidad era ‘Silencio es fortaleza’. Parece que al final fuera también se optó por eso” cuenta a EL PAÍS Claudia Larraguibel, que acaba de publicar en España Sprinters (Salto de Página), un libro híbrido que recurre a la autoficción y la mezcla de géneros para contar de cerca las consecuencias de esta aberración.

La sonrisa del Tío Paul

Colonia Dignidad, la secta alemana que llevó el infierno a Chile

La historia de Paul Schäfer solo puede ser leída con horror. Médico en la II Guerra Mundial, huyó de Alemania acusado de pederastia y llegó a Chile a principios de los sesenta con algunas de sus víctimas. Convencido de que Dios le había encomendado una misión por la pureza y contra el comunismo, durante su declaración solo se justificó, no pidió perdón, no explicó nada. “En el juicio no paraba de sonreír. Ya tuvo su cielo en la tierra”, cuentan los testigos.

Sprinters eran los niños que Schäfer tenía a su disposición. Niños alemanes arrebatados a los miembros de la secta para siempre –en Colonia Dignidad no existían familias y la separación por sexos era radical– o menores chilenos secuestrados o adoptados ilegalmente. Niños de servicio, como los llamaban Schäfer y su grupo de jerarcas, esclavos en el campo y en la cama. Cuando Larraguibel conoció el caso de Hartmut Münch supo que tenía la historia que quería. La muerte no resuelta de ese niño sometido por el tío Paul, como llamaban a Schäfer, es uno de los muchos interrogantes que dejan décadas de represión y olvido. “Según investigas te das cuenta de que es una madeja de ramificaciones cada vez más complejas y delirantes. Por eso usé la autoficción”, afirma antes de explicar que ya había muchos trabajos sobre Colonia Dignidad en Chile, pero que ella quería ir al drama de las víctimas, de los colonos, del día después, cuando su realidad se derrumba y tienen que enfrentarse al mundo. “Durante la investigación estuve mucho con los colonos, aunque te hartas de ellos. No se aprovechan, es feo decirlo así, pero como el gobierno chileno no ha hecho nada por compensar a las víctimas, se agarran a lo que pueden. En algún momento quieres hacer lo que hizo todo un país: olvidarlos”, relata con sinceridad. “Me planteo una pregunta: ¿hasta qué punto preferimos mirar a otro lado? Esa pregunta incómoda es la que quiero que se haga el lector”.

Al contrario que otros cultos radicales, en vez de multiplicarse, Colonia Dignidad estaba condenada a desaparecer. Schäfer prohibió los matrimonios, obligó a las mujeres a abortar y mató a niños recién nacidos. La secta empezaba y terminaba en él. “Es algo que no se entiende. Aunque solo fuera por sus propios intereses, un pedófilo necesita niños”, comenta Larraguibel. Las mujeres fueron las otras víctimas de este infierno. Esclavas consideradas como elemento de pecado, objeto de palizas, torturas y vejaciones, la fascinación que genera Schäfer las deja también fuera del relato. “Por eso usé a Lutgarda, que es la síntesis de muchas colonas” cuenta Larraguibel, que pone a esta mujer en el centro de la trama de su libro.

¿Por qué casi nadie escapó? Sencillo: vallas electrificadas de dos metros, minas en los alrededores, torres de vigilancia, hombres armados y perros adiestrados lo impedían. El sistema fue montado, como todo, piedra a piedra por los colonos. Jornadas diarias de 16 horas sin salario dan para mucho.

Cuando ya no era posible mirar más tiempo a otro lado, el cerco judicial contra Colonia Dignidad se fue cerrando. Aparte de todas las aberraciones contadas por los pocos que pudieron escapar e ignoradas una y otra vez por Chile y Alemania, el régimen de Pinochet usó el lugar como centro de torturas y exterminio. Al menos 38 opositores murieron allí. Schäfer y los suyos también vendieron a la dictadura armas por cantidades ingentes que nunca se han podido recuperar. Incluso el entramado de túneles que recorrían la hacienda fueron copiados por la dictadura para sus centros de represión. A pesar de los esfuerzos de Hernán Hernández, abogado de las víctimas, nadie ha sido compensado por todo esto. Solo la película Colonia, con Daniel Brühl y Emma Watson, movilizó al gobierno. “¿Cómo no se habían enterado antes?” se pregunta, irónica, la autora.

Claudia Larraguibel esta semana en Madrid.
Claudia Larraguibel esta semana en Madrid.

Tras una huida espectacular, Schäfer fue apresado en Argentina en 2005, juzgado y condenado y murió en una cárcel chilena en 2010. Hoy, el rostro visible del lugar, ahora llamado Villa Baviera, son dos chilenos sometidos por Schäfer cuando eran niños. Detrás, según abogados y expertos, los mismos oscuros intereses que permitieron a la secta pervivir durante tanto tiempo. El esquema de dominación se cierra cuando los colonos deciden quedarse aunque nadie los someta. “¿Cómo entender que sigan ahí?” se pregunta Larraguibel. “No saben vivir en el mundo y lo que les ofrece es también terrible. La colonia fue un espejo de los horrores de Chile”.