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Descanse en paz, doctor Montes

Fue un profesional al que escogieron para desacreditar un modelo, el de la sanidad pública

El doctor Luis Montes, cerca de los juzgados de Plaza de Castilla, en Madrid en 2009.
El doctor Luis Montes, cerca de los juzgados de Plaza de Castilla, en Madrid en 2009.

Fue el desgraciado caso del doctor Montes, fallecido este jueves, el que probablemente despertó en mi conciencia una sensación que el tiempo iría haciendo más precisa: la furia y la mentira en Internet concederían más alegrías económicas a los dueños de las empresas que monopolizan este invento que la solidaridad. Y así lo ha expresado Jaron Lanier, uno de los inventores de la realidad virtual, que enseguida sostuvo un discurso crítico con esas redes que él había contribuido a crear. Ahora son ya muchos los destacados pioneros de Silicon Valley los que nos advierten sobre los peligros que, cuando eran jóvenes, hippies, socialistas y defensores a ultranza de la desregulación, no vieron o no quisieron ver.

El caso del doctor Montes fue paradigmático. Tanto, que serviría de ejemplo de cómo la derecha española comenzó a actuar a la manera de la alt right [derecha alternativa] estadounidense: escogieron a un tipo en concreto, Luis Montes, para desacreditar un modelo, el de la sanidad pública, y golpeándolo desde dentro y desde fuera de las instituciones, sin tregua ni piedad, trataron de que la injuria calara en la ciudadanía y que en el usuario se asentara la idea de que no era seguro ponerse en manos de tipos sin escrúpulos que matan ancianitas moribundas, para dejar camas libres o para barrer del mundo a las personas improductivas.

Así de bárbaros eran los cuentos que se narraban de este médico que desde entonces se convirtió para mí, e imagino que para mucha gente, en un héroe civil. Yo lo leía en blogs, en foros, y asistía estupefacta al linchamiento, porque reconocía a algunas de las personas que lo difamaban y estaba convencida, por tratarse de profesionales informados, de que mentían a caso hecho, sin escrúpulos, porque habían decidido alimentar la injuria contra un individuo con el objetivo de cargarse la estructura en la que trabajaba. Calcularon mal los acusadores su fuerza porque, aunque al doctor Montes y a sus compañeros les costó muchas horas ante los tribunales probar que su actuación en los servicios de urgencia del hospital Severo Ochoa había sido adecuada, si hay algo a lo que los españoles no quieren renunciar es a la sanidad pública, y de todos era sabido que uno de los planes del gobierno madrileño de entonces, que con tanto desparpajo capitaneaba Esperanza Aguirre, era socavar los recursos sanitarios públicos y ceder servicios a empresas privadas.

Sabíamos eso. Lo sabía el personal sanitario. También se dio la circunstancia, mala suerte para quienes lo difamaban, que el doctor Montes era querido por muchos de sus pacientes, que su historial como defensor de la sanidad para los necesitados era conocido, y que formaba parte de un movimiento progresista que pretendía humanizar el traumático paso de la vida a la muerte.

Ganó la razón, que tuvo que concedérsela la justicia, porque ni los políticos que protagonizaron tan sucia maniobra ni los periodistas que jalearon las denuncias anónimas pidieron jamás perdón. El político popular Miguel Ángel Rodriguez tuvo que apoquinar 30.000 euros por haberse paseado por radios y televisiones calificando a Montes de desarrapado, en el mejor de los casos, y en el peor, de nazi. Pero fue el único que pagó su cuenta en lo que constituyera una campaña en la que participaron muchos. Pintaban a Montes como un Verdoux de nuestro tiempo. Henchidos de pronto de piedad acusaban al doctor Muerte de quitarse de en medio a los más vulnerables. Tenían conocimiento, porque lo tenían, de que Luis Montes era ese tipo de médico que está, a la manera chejoviana, siempre al lado del desasistido, del desamparado. Eso es lo más sórdido de este asunto, que lo hicieron a conciencia para desprestigiar a quien representaba un modelo de ejercer la profesión.

De alguna manera, al extender en equipo el bulo y alimentar la mentira, hay que reconocerles el mérito maligno de haber sido pioneros en la propagación de información falsa. Aún esta semana,  cuando ya toda la injuria que pesó sobre él debería haber sido borrada, por haber sido eximido de cualquier mala práctica, ha habido titulares tendenciosos al informar de su fallecimiento, y se leen aquí y allá comentarios de ese tipo de gente propensa a priorizar siempre la conspiración a la verdad, porque la verdad resulta menos atractiva y demasiado simple.

¿Podría un partido político defender su ideario sin valerse de la mentira? Desde luego que sí, pero las redes han descubierto el camino más corto, y hay una parte de la clase política que está dispuesta a hacer uso de ese tipo de foros que enmierdan el ambiente. Aceptan su trabajo sucio.

Esta semana, en la revista de información tecnológica Select All, algunos de los creadores de las redes entonaban un mea culpa. Coreando a Mark Zuckerberg, decían: tan emocionados estábamos por tener el poder de conectar a ciudadanos de todo el planeta que obviamos el hecho de que la mentira, el resentimiento y la ira enganchan más en el mundo virtual que las buenas intenciones. En España tuvimos nuestro caso inaugural. Pero la defensa de la verdad prevaleció. El doctor Montes merece descansar en paz.