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Hombres enfurruñados

Cada mujer acudió a la manifestación con su propio manifiesto en la cabeza

Participantes en la manifestación feminista del 8 de marzo en Madrid. Vídeo: Atlas

Cuando ya me encontré con el tráfico cortado en la calle Alcalá camino del punto de encuentro con mis compañeras sentí una profunda alegría. Sí, alegría. Se me aceleraba el corazón al ver a grupos de señoras mayores tomadas del brazo, como así paseaban cuando eran muchachas y tomaban la anchura de la acera; chicas coreando eslóganes llenos de furia y descaro, madres con criaturas a las que tendrían que tomar en brazos a la media hora. Esa visión completa de las edades de la vida te hacía pensar en nuestras madres, que nacieron con el destino escrito; en nuestras contemporáneas, que hemos sido en gran parte luchadoras solitarias, fuertes pero también forzosamente contemporizadoras para poder sobrevivir, y en estas chicas que han decidido acelerar el paso, porque tienen prisa y tienen razón, y nos han obligado a las demás a andar más rápido.

Era tal la sensación de revolución pacífica que se palpaba en el ambiente que me entretuve en pensar cuáles son las razones por las que este movimiento está provocando tanta irritación en algunos hombres que insisten en argumentar, siempre por nuestro bien, por qué vamos por el camino equivocado; es enternecedor cómo se afanan en señalarnos el correcto. Llevan una temporadita de un mansplaining tan desaforado que no puedo sino pensar que están aterrados por dejar de ser los gallos del corral. Jamás reconocerían que su pánico es a que se produzca un cambio que modifique su posición en el mundo, tal vez ni tan siquiera han contemplado la autocrítica, pero se intuye el miedo. Y debo reconocer que sus temores son fundados: se trata de arrebatar el poder a quien siente que tiene un derecho natural a monopolizarlo. Como leo y escucho a esos hombres, les presto atención e incluso hay alguno al que aprecio, expondré aquí aquellas afirmaciones que exhiben con mucha autoridad y contundencia pero que denotan una gran confusión:

—Sería absurdo que una jornada como la del 8 de marzo que se ha desarrollado en 170 países obligara a la fidelidad ciega a un manifiesto. Según observé, cada mujer acudió a la manifestación con su propio manifiesto en la cabeza, aún diría más, rumiando su historia íntima y personal, porque son muchas las maneras, de la más agresiva a la más tenue, en las que una mujer ha podido sentir el menosprecio a lo largo de su vida. Así que no os preocupéis por el tema manifiesto: llegadas a este punto nadie nos va a hacer pensar lo que no queremos.

—A los que afirman que fue una movilización pija porque en ella abundaban las mujeres profesionales. Qué hartazgo. Este razonamiento responde a la vieja idea de que en cuanto una mujer es profesional, tiene una carrera o ha ganado algo de dinero ya tiene que andar dando las gracias por no llevar un burka. Nuestra protesta, añaden ahora con retorcimiento, mostró una gran insolidaridad con las mujeres del mundo oprimido. En fin, se trata de dar un rodeo tramposo para mandarte callar.

—A los que dicen que por lo menos inspiraremos a las mujeres de los países árabes: esto es irrisorio y paternalista. Ellas tienen sus propios movimientos feministas liderados por mujeres valientes e intelectuales brillantes (Lean el libro El tiempo de las mujeres, de Ángeles Espinosa).

—A los que para demostrar que tienen en alta consideración a las mujeres recuerdan solo a aquellas que pasaron a la historia por su excelencia. Gracias de corazón, pero los derechos son para las brillantes y para las que no saben leer. Por lo demás, exigir que una mujer sea excepcional para alcanzar un puesto suele ser algo habitual en hombres con una desproporcionada consideración de sí mismos.

—Y cómo olvidar a aquellos que por un lado critican a las mujeres que se manifiestan en Europa, y por otro, se indignan furiosamente con esos países en los que las mujeres no pueden manifestarse. Esto denota, valga la redundancia, tener la picha hecha un lío.

—¿No será que jode bastante que la mayor manifestación que se ha organizado en un país con crecientes problemas sociales haya sido liderada por mujeres?

—Esta misma semana, la Unión Europea alertaba de que la recuperación de la economía no estaba favoreciendo a los sectores más vulnerables: ¿sobre qué hombros creéis que recae fundamentalmente la falta de ayuda, asistencia, trabajo, guarderías, conciliación y desamparo? ¿Quiénes son las cuidadoras silenciosas?

—Estos días hemos visto a muchos hombres explicarnos qué es el feminismo: para enmendarnos la plana o para sobreactuarlo. Un poco de prudencia, por una vez, no vendría mal.

—También sé del miedo de algunos a ver amenazada su masculinidad. Esto merece una encuesta: ¿siente usted que desde que la causa feminista ha entrado en el debate público ha empeorado su vida sexual? ¿Se siente censurado o disminuido en la intimidad?

—Qué pena de aquellos que enfermos de prejuicios no supieron disfrutar de una jornada gloriosa.

Por unos días, el protagonismo cambió de sexo, y de verdad, queridos, qué mal lo habéis llevado algunos. Por mi parte, expreso un deseo: que no decaiga.

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