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IN MEMORIAM | DAVID ANTÓN

El apacible caballero de la calle Amsterdam

El escenógrafo más prolífico de México era además uno de los últimos testigos de una edad dorada de la cultura de su país y un anfitrión extraordinario

Antón, en su casa durante una entrevista para el EL PAÍS en noviembre de 2014.
Antón, en su casa durante una entrevista para el EL PAÍS en noviembre de 2014.

El mundo del teatro recordará con toda justicia a David Antón (San Francisco del Rincón, Guanajuato, 1923), fallecido el pasado 28 de diciembre en la Ciudad de México, como uno de los escenógrafos más prolíficos de Latinoamérica. También como uno de los últimos testigos de una edad dorada de la cultura mexicana cuyos recuerdos, singularmente las anécdotas vividas con personajes legendarios como María Félix, Diego Rivera o José Alfredo Jiménez, tuvo la generosidad de compartir con quienes lo acompañaron. En la corta distancia, era además un caballero, un hombre para quien la educación o el respeto no suponían penosas obligaciones ni una máscara impostada, sino más bien hábitos tan naturales como la respiración o la sonrisa.

Digno hijo del país más hospitalario del siglo XX, el que acogió a su padre, un comerciante leonés procedente de un pueblo de la zona de Riaño, a los exiliados de la República española o al apestado León Trotski, Antón era también un anfitrión delicioso. Pocas veces el “tu casa” con el que los mexicanos desconciertan a sus invitados -que tardan en darse cuenta de que en realidad se refiere a la casa del hospedador- tuvo un significado tan literal como en su caso.

Su casa era la que compartía con el escritor colombiano Fernando Vallejo, su compañero durante 47 años y hasta el final de su vida, y, en los últimos tiempos, con su perrita Brusca, a la que rescataron en la calle. Y también era la casa de sus amigos más queridos- la escritora cubana Nedda G. de Anhalt o los cineastas Tufic Makhlouf Akl y Enrique R. Mirabal- y de muchos otros que fueron sus invitados.

Quienes tuvieron esa suerte recordarán el espléndido departamento en la colonia Condesa de la capital mexicana, con una doble vista privilegiada: al oeste, sobre la calle Amsterdam, un paseo circular considerado uno de los más bellos de América; y al este sobre el Parque México. Recordaran las comidas suculentas, preparadas por Olivia Vázquez, con un menú casi estrictamente vegetariano, pues para no añadir más sufrimiento a este mundo incluía solo especies carentes de sistema nervioso central complejo, como los camarones. Y recordarán sobre todo, las tertulias de sobremesa, un espacio de libertad absoluta alejado de la corrección política en el que no había lugar para el escándalo por la opinión ajena.

Quiso ser pintor, pero se conformó con ser un escenógrafo extraordinario. Recibió muchos premios, entre ellos la Medalla Bellas Artes 2012 y un premio Ariel, equivalentes al Oscar mexicano. Pero, aunque se tomaba su trabajo con profesionalidad extrema, le quitaba solemnidad cada vez que podía. En la presentación del libro sobre su obra Los Andamios del Teatro, publicado en 2015, hizo una modesta definición de su labor: “Si una escenografía es buena no es mérito mío, sino del director que confió en mí”.

Siempre elegante, muy erguido al andar, le sobraba sentido del humor para ser un dandy. Tenía pequeñas manías de hombre de otra época, como su aversión a los pantalones vaqueros, que habían hecho que “todo el mundo se vistiera como si fuera a la fábrica”. Su aspecto apacible no era solo una fachada. Cuando sonaba la alarma sísmica en su barrio, probablemente el más inestable geológicamente de la Ciudad de México, y sus vecinos salían inquietos a las calles o subían a las azoteas, él permanecía impasible, sin dejar de hacer lo que estaba haciendo, fuera leer el periódico o dar un retoque a algunas de sus maquetas.

Tampoco parecía sentirse abrumado por la desaparición de tantos seres queridos como había dejado en el camino, un precio inevitable cuando uno llega casi a los 95 años. “Nunca pienso que estén muertos”, le escuché decir muchas veces al repasar las fotos en blanco y negro de amigos y estrellas del escenario que adornaban su salón. “Simplemente siento que los he dejado de ver”. Ahora nos toca dejar de verle a él. No será fácil, pero nos deja un entrañable recuerdo.