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El horror contado a golpe de libro

La literatura del campo de concentración es un género inagotable

Una valla de alambre de púas en el antiguo campo de concentración y exterminio nazi de Auschwitz.
Una valla de alambre de púas en el antiguo campo de concentración y exterminio nazi de Auschwitz. NurPhoto

El relato de vivencia y supervivencia en los campos de la muerte —tanto en la órbita estalinista como en la nazi— es todo un subgénero dentro de la vertiente memorialística de la literatura. Estamos ante una línea editorial que ha experimentado un auge imparable en los últimos años.

Fiódor M. Dostoievski publicó en 1862 sus Memorias de la casa muerta (Alba Editorial en su versión española), recuento autobiográfico de sus terribles experiencias en la cárcel y los campos de trabajo de Siberia. El escritor había sido condenado por el régimen zarista a ocho años de trabajos forzados por crímenes contra la seguridad del Estado tras asistir a un acto literario prohibido. En el libro, el personaje central —rapado, encadenado y en compañía de asesinos, ladrones y otras malas raleas— se convierte en espejo y víctima de la mentalidad carcelaria y de la psicología criminal.

Casi un siglo después, en 1947, el italiano de origen judío Primo Levi estremeció al mundo con Si esto es un hombre (Muchnik Editores), primera parte de su trilogía sobre los campos de exterminio, completada con La tregua y Los hundidos y los salvados. Tras ser detenido por la Milicia fascista y entregado a las SS, fue enviado a Auschwitz. “Considerad si es un hombre/Quien trabaja en el fango/Quien no conoce la paz/Quien lucha por la mitad de un panecillo/Quien muere por un sí o un no…”. Levi murió en 1987 tras arrojarse al vacío desde su casa de Turín.

El otro clásico del siglo XX que escribió sobre el horror del lager fue el psiquiatra austriaco y fundador de la logoterapia Viktor E. Frankl, autor de El hombre en busca de sentido (Herder Editorial). Su libro, publicado en 1945, evoca las penalidades sufridas en los campos de Auschwitz, Theresienstadt y Dachau.

Art Spiegelman contó magistralmente en forma de cómic (Maus, Premio Pulitzer en 1992, Planeta DeAgostini en español) la experiencia de su padre, judío polaco, como superviviente del Holocausto. Spiegelman revolucionó el relato de los campos de concentración convirtiendo a los nazis en gatos y a los presos en ratones.

En los últimos tiempos, varias editoriales como Salamandra (Y tú no regresaste, de Marceline Loridan-Ivens), Errata Naturae (Vivir, de Anise Postel-Vinay) y de forma muy destacada Editorial Periférica (Cuatro mendrugos de pan de Magda Hollander-Lafon; Sin flores ni coronas, de Odette Elina; o Una mujer en el frente, de Alaine Polcz) han tratado el tema de los campos de concentración y el horror de la guerra. Por su parte, la escritora y periodista polaca afincada en Barcelona Monika Zgustova registró en el extraordinario volumen Vestidas para un baile en la nieve (Galaxia Gutenberg) las trágicas experiencias sufridas por varias supervivientes del gulag estalinista. Aún más recientemente, Mercedes Monmany rescataba en su libro Ya sabes que volveré (Galaxia Gutenberg) la figura de las escritoras Irène Némirovski, Gertrud Kolmar y Etty Hillesum, las tres desaparecidas en los campos de la muerte.

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