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La agresión independentista

En un nuevo ensayo, ‘Contra el separatismo’, el filósofo español ofrece su lectura de la crisis catalana y plantea una respuesta

Secesión Cataluña
Manifestación en Barcelona, el 3 de octubre. REUTERS

Cuando le preguntaron a Frascuelo, torero muy popular en el XIX, qué le había parecido París, su primera salida a Europa, repuso con alarma y reverencia: “Aquello está lleno de extranjeros”. Es verdad, el mundo está lleno de extranjeros, es ancho y ajeno, como dijo Ciro Alegría, de modo que es lógico que amemos y protejamos lo que nos resulta más familiar. Hasta ahí el nacionalismo no tiene por qué ser malo, aunque a veces incurra en lo que Sánchez Ferlosio llamó una vez “la moral del pedo”: ese hálito que no nos molesta salvo cuando es ajeno. Es verdad que freecuentemente los nacionalistas menos exaltados también piensan en independizarse, pero para ellos la independencia es como para los cristianos el cielo: un lugar de perfección y delicias al que nadie tiene prisa por llegar…

Uno puede abominar del nacionalismo que ha ensangrentado Europa, como dijo Vargas Llosa en la gran manifestación antiseparatista de Barcelona, y sin embargo exhibir una bandera rojigualda con toda naturalidad. La supuesta contradicción entre ambas cosas se ha reiterado en las Redes y también en la prensa. “Dicen que rechazan el nacionalismo y van todos con su banderita. ¡Tienen una empanada!”, tuiteaba un tontaina, contento de sí mismo. Supongo que, según él, los que lloraron de emoción al ver la Union Jack que mostraban las barcas y barquitos que venían a rescatarlos en las playas de Dunkerque se ponían así al mismo nivel que los nazis que los rodeaban, esgrimiendo sus estandartes y cruces gamadas. Los que, en Barcelona, sacaron por fin a la calle la bandera constitucional española se rebelaban con ese gesto contra la imposición ideológica y la marginación cívica que sufren desde hace años en la orgía del separatismo obligatorio.

Las banderas que mostraron con orgullo no eran excluyentes de nadie sino inclusivas. Y, sobre todo, el suyo no fue un gesto narcisista sino una demostración de coraje en defensa propia. Porque lo que pretende imponerse en Cataluña no es simple nacionalismo, es decir, exaltación y apego a lo propio, aunque sea con desmesura; es separatismo, es decir, aborrecimiento de lo español, odio feroz al no nacionalista y, sobre todo, exclusión práctica de quienes no comulgan con el dogma del sacrosanto pueblo catalán y subversión de cuanto representa al Estado español.

El separatismo no es una opinión política o un ensueño romántico, como el nacionalismo, sino una agresión deliberada, calculada y coordinada contra las instituciones democráticamente vigentes y contra los ciudadanos que las sienten como suyas sin dejar por ello de considerarse catalanes. No es un delirio más o menos grave, sino un ataque en toda regla al núcleo más importante de nuestra garantía de ciudadanía, el Estado de derecho. Con algo de paciencia y sentido del humor se puede convivir mejor o peor con los nacionalistas; pero con los separatistas no hay más arreglo posible que obligarlos a renunciar a sus propósitos.

El separatismo no es solamente un movimiento político como tantos otros. Hay en él algo especialmente maligno, incluso desde una perspectiva mítico-religiosa. El diablo es, etimológicamente, el separador, diabolum, el que desune y rompe los lazos establecidos. La tarea diabólica es la fechoría antihumanista por excelencia, separar a los que conviven juntos y obligarlos a detestarse unos a otros, a alejarse: sembrar la discordia, el desgarro de los corazones. Es de lo más desdichado que tantos separatismos pequeños y grandes encuentren terreno abonado en España, hasta el punto de que cualquier símbolo regional —y si es posible excluyente— sea visto como algo liberador, progresista, por la izquierda lerda y sus asimilados: es prueba de que tenemos un país de todos los diablos…

En cuanto al proyecto separatista catalán: desde luego, la legislación internacional no está del lado diabólico, y así lo demuestra la declaración de la ONU sobre autodeterminación unilateral (1970), la cual sólo resulta comprensible en situaciones coloniales, pero nunca en casos en que el “pueblo” que quiere emanciparse forma parte de un espacio político “donde no se discrimina a nadie por su raza, credo o color”. O sea que más justificado estaría pedir la independencia de Alabama que la de Cataluña, región que ni los más distraídos confundirían con una colonia, tanto más cuanto que son los separatistas los que quieren introducir las discriminaciones que no existen y que ahora nadie padece salvo por su culpa (de lengua en la educación, por ejemplo).

Pero hay un requisito que algunos juristas invocan como posible justificación de la secesión y al que se agarran hoy los separatistas catalanes: que se diera una represión brutal, criminal y exterminadora, que no respete los derechos humanos, como la que llevó a cabo el ejército serbio de Milosevic en Kosovo o el ejército chino en el Tíbet. En Kosovo funcionó el invento y los expertos vieron con buenos ojos una “secesión terapéutica”, que sería la única formulación mediante la cual una Cataluña independizada unilateralmente podría ganarse algún reconocimiento internacional.

Pero en Cataluña no hay nada parecido a eso, de modo que no queda más remedio que inventarlo. De ahí viene el gigantesco bulo de la feroz represión violenta el 1-O, con la correspondiente trola de los 800 o 900 heridos, etcétera. Los separatistas catalanes, con astucia diabólica (si no suena demasiado melodramático), intentan hacerse pasar por kosovares o tibetanos europeos, pacientes de una represión sin mesura e indiscriminada.

Y estén seguros de que también en el futuro se procurará magnificar el uso de la fuerza legítima de la policía y la Guardia Civil, provocándola todo lo que haga falta y utilizando como carne de cañón a niños o ancianos, para presentarlo ante la ingenuidad (hipocresía, más bien) de medios de comunicación y Gobiernos extranjeros como posible legitimación del atropello separatista. Una satánica desvergüenza. Pero recordemos que son del Mediterráneo, tralará, donde se inventó la Mafia, la Camorra, la ‘Ndrangheta y otros milagros asociativos dignos de figurar en el Ómnium Cultural.

Hay esfuerzos por hacer creíble este indigesto pastel de posverdades y ellos me han motivado para escribir este panfleto. Por ejemplo, la Carta abierta sobre la represión política en Cataluña, promovida por profesores catalanes afincados en EE UU y por estadounidenses persuadidos por ellos, entre los que está el venerable Noam Chomsky, que sabe de Cataluña sólo un poco menos que yo de gramática generativa. El ampuloso infundio ha tenido su prolongación en una carta abierta a la firma en Change.org, encabezada por más académicos catalanes seguidos de Peter Singer —toda una recomendación— y otros miembros del resto de las universidades españolas. Si no fuera porque hay una mayoría de profesores españoles de derecho constitucional y de otras materias que han firmado escritos de muy distinto tenor, sería el caso de repetir el aforismo de Lichtenberg que complementa al de Oscar Wilde: “Debiera haber universidades para restaurar la antigua ignorancia”. Lo que más me duele es que la mayoría de estos firmantes dicen ser filósofos o, al menos, profesores de filosofía. ¿Cómo vamos a reivindicar un puesto más destacado en el currículo del bachillerato para la filosofía, apoyándonos en el argumento de que refuerza el pensamiento crítico, cuando existen tantos evidentes contraejemplos? Y, además, bastantes son amigos míos, de modo que su única disculpa es que les haya pasado como a mí otras veces: que hayan firmado por complacer a alguien sin leer el texto. Pero no me hago demasiadas ilusiones; los años de lucha en el País Vasco ya me han acostumbrado a estas decepciones. Cuando era muy joven me consideraba de un pesimismo atroz porque tenía a casi todos los seres humanos en la más baja estima y sólo la cohorte dorada de mis amigos me parecía digna de aprecio; después, la experiencia de la vida me demostró que aún seguía siendo demasiado optimista…

Extracto de ‘Contra el separatismo’, que Ariel publica el 14 de noviembre.

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