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ENTREVISTA

Santos Juliá: “En la Transición, el consenso duró un año”

El historiador rastrea en su nuevo ensayo, 'Transición', un concepto que apareció por primera vez en 1937, en plena Guerra Civil, empleado por Manuel Azaña y por un grupo de intelectuales franceses

Caravana de coches con carteles de Felipe González, candidato del PSOE a las elecciones del 15 de junio de 1977.
Caravana de coches con carteles de Felipe González, candidato del PSOE a las elecciones del 15 de junio de 1977.

El historiador Santos Juliá (Ferrol, 1940) lleva años criticando el “uso de la historia para las políticas del presente” y ha dedicado los últimos años a rastrear el concepto de transición desde que apareciera por primera vez en 1937, en plena Guerra Civil, empleado por Manuel Azaña y por un grupo de intelectuales franceses “por la paz”. El resultado es Transición (Galaxia Gutenberg). En su estudio de Madrid, Juliá cuenta que los editores le apremiaron a concluir el libro, que termina con el pleno del Parlament de Cataluña del pasado 7 de septiembre.

Pregunta. ¿Por qué se remonta a 1937?

Respuesta. La Transición, tal como sucede en 1977-78, no se entiende sin tener en cuenta que lo que se quiere no es solo pasar de una dictadura a una democracia sino también “clausurar la guerra”, como se decía entonces. El primer momento en que se pretende clausurar la guerra con una transición es en el 37.

P. ¿Transición equivalía a reconciliación?

R. Todo el discurso de la reconciliación, creación del PCE, pretende señalar que la línea divisoria no es la que trazó la guerra sino la que se trazará entre democracia y dictadura sin preguntar a nadie de dónde viene. De eso hablaban socialistas y monárquicos a finales de los 40 y comunistas y cristianos en los 50. El PCE es el que más insiste en que la amnistía incluya a los dos bandos.

P. Lo de libertad, amnistía y estatuto de autonomía viene de la posguerra.

R. El gran mito de la Transición es que se improvisó. Se enfrenta a problemas inesperados, cierto, pero de libertad y amnistía ya se empieza a hablar en los años 40. Y más tarde, de los estatutos.

P. ¿Cuándo terminaría la Transición?

R. Según sus protagonistas, con la Constitución de 1978. Todos, los que vienen del Régimen y la oposición, tienen la vivencia de que están en transición y de que esta se está realizando por consenso. Tanto [Adolfo] Suárez como Felipe González, lo primero que dicen cuando se convocan las siguientes elecciones es: “El consenso ha terminado”.

P. El famoso consenso duró poco.

R. Poco más de un año. Luego empieza una batalla de reproches de dónde viene cada cual, que es algo constante hasta que llega el PSOE al poder, momento en que el pasado deja de importar.

P. Sin embargo, se dice que la Transición impuso la amnesia.

R. Otro mito. En la Transición se escribe muchísimo sobre el franquismo. Si se pude decir que hubo un momento en que el pasado no preocupó, son los 13 años de Gobierno de Felipe González.

P. ¿Por qué?

R. Porque no les interesa políticamente revivir el pasado. Ni a ellos ni a la oposición de Alianza Popular, que había comprobado que presentarse como herederos del franquismo les había llevado a tocar techo. Por eso Aznar se inventa una vinculación centrista que no tuvo.

El historiador Santos Juliá, en el despacho de su casa de Madrid.
El historiador Santos Juliá, en el despacho de su casa de Madrid.

P. Pero usted mismo ha escrito que lo que se hizo en la Transición fue “echar al olvido”.

R. Echar al olvido es que tú te acuerdas de algo e incluso lo traes al presente pero no permites que influya en las decisiones que estás tomando. Es olvidarse voluntariamente, pero para eso tienes que recordar.

P. Pero los nietos quieren algo más que recordar.

R. Lo que quieren es que se haga justicia a su abuelo, que está en una fosa. Y tienen razón. Lo que falla es la política de Estado. Zapatero hizo mal con una ley lo que podría haber hecho bien con una simple comisión: ver dónde estaban las fosas y disponer de jueces y forenses. Hubieran resuelto el asunto en un año. En su lugar subvencionan a asociaciones para que procedan ellos.

P. ¿Por qué la reivindicación de los estatutos de autonomía es posterior?

R. En el exilio lo que se reclama es el reconocimiento de la personalidad de los pueblos de España. A partir de los años 70 empieza a introducirse la autonomía de nacionalidades y regiones. Contra lo que se piensa, no es una diferencia que suponga que las nacionalidades vayan a tener competencias más elevadas, al contrario. Autonomía y solidaridad van juntas siempre. En el primer debate de política general de 1977 de la única autodeterminación de la que se habla es de la del pueblo saharaui. La Constitución no hubiera resultado como fue sin una muy activa participación de los nacionalistas, sobre todo de los catalanes.

P. ¿El café para todos fue el problema?

R. Esa fue una fórmula desdichada de [Manuel] Clavero Arévalo, el ministro de UCD. A veces nos perdemos por hacer el chiste a costa de procesos complejos.

P. Tampoco le gusta la fórmula de Alfonso Guerra…

R. De ‘cepillar’ el Estatut de 2006. Lamentable.

P. Aquel café fue el problema.

R. Ni siquiera. Cuando [Jordi] Pujol habla entonces de hechos diferenciales se refiere sobre todo a la lengua. A partir de 1996 el problema de fondo es la financiación. Entonces arranca la idea de reformar los estatutos.

P. ¿Quién se equivocó con el de Cataluña? ¿El Congreso al ‘cepillarlo’ o el Constitucional?

R. Cuando hay políticas que resultan en crisis profundas no suele haber un solo culpable. Están el tripartito llevando las cosas al límite de lo posible al principio y, al final, la denuncia del PP ante el Tribunal Constitucional.

P. ¿Qué arreglo tiene?

P. No sé. Yo soy historiador. Quienes sostienen que todo viene de la Transición dicen que aquellas lluvias traen estos fangos, pero se olvidan de lo que llovió en los años 80, 90 y 2000. La impresión actual es de indeterminación porque no se ve que el poder central tenga recursos claros para poner fin a esta gran desavenencia. Ni que quienes pretenden una ruptura dispongan de recursos suficientes para seguir su camino. Es una situación típica de enfrentamiento cuyo último recurso está en la violencia. Y eso sería una catástrofe.

R. ¿Las cargas policiales del 1-0 fueron un balón de oxígeno al independentismo?

R. Fue un error, el recurso a un medio que nunca debía haberse empleado. Puedes cerrar un colegio electoral y poner tres filas de guardias armados, pero si no has sido capaz de hacerlo, no puedes pegarle a la gente que va a votar.

P. ¿La reforma de la Constitución podría arreglarlo? La Transición no tiene la culpa de todo pero hay cosas que, dicen algunos expertos, no se hicieron bien.

R. Quienes hicieron esa Constitución no imaginaron esta situación. Era tal el grado de solidaridad y acuerdo que redactaron un título que era sobre todo procedimental: cómo se llega a los estatutos. Y no es solo la Constitución, ha habido un trabajo constante del Tribunal Constitucional que en general ha sido muy favorable a los derechos de las autonomías en sus pleitos con el Estado. Respecto a la reforma ahora, si los nacionalistas no van a intervenir salvo que esa reforma contemple ser independiente, ¿para qué?

P. ¿Todo sería distinto sin la crisis económica?

R. Las tensiones constitucionales son anteriores, pero en Euskadi el bloqueo al plan Ibarretxe no dio lugar a una rebelión, todo lo contrario.

P. ¿Qué ha pasado en Cataluña?

R. A la tensión del Estatut se sumó la indignación por los recortes de la Generalitat. El cerco al Parlament no tiene nada que ver con el Estatut. La independencia es también una manera de desviar la atención. Y todo coincide con un momento de debilidad del Gobierno del Estado por la eclosión de casos de corrupción. Lo que falla es la política.

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