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Las raíces de un gigante

De exquisito gusto visual, con un formidable aparato formal, la película es bella sin caer en el esteticismo, y recóndita como su figura protagonista

Handia
Eneko Sagardoy (izquierda) y Joseba Usabiaga, en 'Handia'.

HANDIA

Dirección: Jon Garaño, Aitor Arregi, .

Intérpretes: Eneko Sagardoy, Joseba Usabiaga, Ramon Agirre, Aia Kruse.

Género: drama. España, 2017.

Duración: 114 minutos.

Introducirse en el interior de la tierra, en las raíces, en lo que estas tienen de poderío casi atávico, para después extraer de ellas su misterio, lo que contienen de irreal, de onírico, incluso de alegórico. Y así hablar de lo que cambia y de lo que permanece, de lo inalterable ante la continua convulsión del tiempo. De sociedad, de política, de moral.

En Handia, Jon Garaño y Aitor Arregi han partido de semejantes bases tonales e históricas que Julio Medem en Vacas (1992), para acabar componiendo una película sobre el enigma de la naturaleza, la que hace crecer las raíces, y también a las personas. Una obra que naciendo de hechos reales ―la existencia a mediados del siglo XIX de un hombre aquejado de acromegalia, el llamado Gigante de Altzo―, desemboca directamente en lo mágico, allí donde, como decía John Ford, los hechos y las leyendas terminan confundiéndose.

Como Vacas, Handia también comienza su periplo histórico, su relato familiar, con las Guerras Carlistas ―la de Medem, en la Segunda; la de Garaño y Arregi, en la Primera―, pero quizá lo que diferencie ambas películas sea su dimensión política, mucho más clara en la primera, mientras la ganadora del Premio Especial del Jurado en el reciente Festival de San Sebastián, a pesar de una muy jugosa secuencia con una adolescente reina Isabel II, prefiere llegar al poder desde una órbita más enigmática, fabuladora y, por qué no, sombría.

El equipo de la preciosa Loreak, esta vez con Jose Mari Goenaga fuera del ojo de la cámara, en labores de coguionista y producción, y con la incorporación de Arregi en la codirección, huye del biopic convencional de una figura insólita y se acerca a la magia casi poética del relato de superstición, enlazando así con la obra de otro gran cineasta vasco, el Pedro Olea de El bosque del lobo y Akelarre.

Handia, de exquisito gusto visual, con un formidable aparato formal de fotografía, música y dirección artística, es bella sin caer en el esteticismo, y recóndita como su figura protagonista, un ser humano al margen del tiempo que le tocó vivir, un hombre elefante expuesto como atracción de feria en una época convulsa donde, finalmente, lo único inalterado es la tierra que le vio nacer y morir.

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