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Papá está en el fondo del mar

La relación entre el mítico Jacques Cousteau y su hijo Philippe proporciona a este 'biopic' insidioso su conflicto central

jacques
Lambert Wilson, en una imagen de 'Jacques'.

JACQUES

Dirección: Jérôme Salle.

Intérpretes: Lambert Wilson, Audrey Tautou, Pierre Niney, Benjamin Lavernhe.

Género: biopic. Francia, 2016.

Duración: 122 minutos.

En un viejo libro de Jacques Yves Cousteau, el protagonista de Rushmore (1998) se encontraba una nota manuscrita en los márgenes: “Cuando un hombre, por cualquier motivo, tiene la oportunidad de llevar una vida extraordinaria, no tiene derecho a guardársela para sí mismo”. Era una frase del célebre oceanógrafo, personaje que tuvo que desempeñar un importante papel en la educación sentimental de Wes Anderson, toda vez que el cineasta volvió a él dedicándole una película entera –The Life Aquatic (2004)-, donde le imaginaba como su padre simbólico: una inmadurez melancólica bajo icónico gorro rojo que había dejado afectos filiales desatendidos en cada puerto.

Jacques, el biopic que Jérôme Salle ha consagrado a Cousteau, es como el complemento de no ficción al fantaseo generacional de Anderson: aquí también hay un padre remoto y no uno, sino dos niños perdidos, castigados por el fulgor narcisista del patriarca. Uno de ellos, Philippe, será el predilecto y, al mismo tiempo, el mayor problema de ese descendiente del capitán Nemo al que nunca le gustará demasiado que se las canten claras en cuestiones de afecto familiar y coherencia medioambiental. El otro, Jean-Michel, autor de uno de los dos libros –Mon père le commandant- que sirven de base documental para la película -el otro es Capitaine de La Calypso, de Albert Falco e Yves Paccalet, miembros de la tripulación-, condenado a ser el eterno segundón, el no elegido para prolongar el proyecto paterno. En la superficie de Jacques, una idea disfuncional de la familia mece su crispación sobre el silencio y la belleza inabarcables de ese mundo submarino que Cousteau convirtió en refugio y territorio de su propia automitificación.

La relación entre Jacques y su hijo Philippe proporciona a esta película su conflicto central, mientras no deja de sonar el rumor de la ruina económica sobre el pulso entre utopía y pragmatismo que define la trayectoria de su icono colocado en el cadalso del biopic insidioso. Esa relación paternofilial se revela más llena de matices y contradicciones que la interpretación de un Lambert Wilson que ahoga todo trazo amable o positivo que podría aportar al personaje. La película resume la vida del comandante como el viaje épico desde su propio ombligo a la toma de conciencia (ecológica), mientras una puesta en escena, obcecada con el sentido del espectáculo, le da idéntico énfasis a un correteo infantil por el campo y al encuentro con una imponente ballena.