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“Ya no puedo rodar más historias de nazis o neofascistas”

El alemán abandona los ajustes de cuentas con su país y las adaptaciones literarias para hablar en 'Regreso a Montauk' de un viejo amor que le cambió la vida

El director de cine alemán Volker Schlöndorff, el pasado 5 de julio en Madrid | Tráiler

Durante décadas, Volker Schlöndorff (Wiesbaden, Hessen, 1939) ha ilustrado en el cine las vergüenzas de Alemania con historias que hablaban no tanto del alma de su país como del peso de su oscuro pasado. Su primera película, El joven Törless (1966), se estrenó en el festival de Cannes y su proyección fue interrumpida por el agregado cultural de la Embajada alemana en Francia al grito de "¡esto no es una película alemana!". Hasta cierto punto llevaba razón: la dirigía un chaval que llevaba años viviendo en Francia, estudiando en el instituto con compañeros como Bertrand Tavernier, ganándose la vida como asistente de realizadores como Jean-Pierre Melville, Alain Resnais o Louis Malle (el meollo de la nouvelle vague), que le empujó a volver a su país para debutar detrás de las cámaras y le produjo ese primer largometraje.

Después llegarían títulos como Fuego de paja (1972), El honor perdido de Katharina Blum (1975), El tambor de hojalata (1979) —el primer Oscar para Alemania tras la II Guerra Mundial—, El ogro (1996), El silencio tras el disparo (2000), El noveno día (2004), Diplomacia (2014)... Sí, tiene más películas, unas treinta, pero Schlöndorff y amigos suyos como los escritores Heinrich Böll y Günter Grass en sus mejores obras han mostrado sin sutilezas lo más pavoroso de Alemania. "Nunca estuve de acuerdo con el imperio de la eficiencia en mi país. Eso poco tiene que ver con la cultura. Aunque reconozco que últimamente veo una apertura de mente que hace que casi me sienta orgulloso de ser alemán", dice en un inglés pausado, meditado.

Por ese espíritu crítico con el pasado, una película como Regreso a Montauk bebe del alma artística de Schlöndorff y a la vez conforma una digresión en su filmografía. Habla sobre "el arrepentimiento y las oportunidades perdidas", asegura. Y cuenta como coguionista con un escritor, Colm Tóibín, basándose en trabajos de otro literato, su amigo el ya fallecido Max Frisch. Sin embargo, el cineasta abandona sus habituales adaptaciones literarias y por una vez habla de sí mismo, de sus amores y remordimientos más íntimos. "Ya me tocaba. Durante muchos años he comprometido mi cine con el presente, para entender mejor el pasado alemán. Y he hecho lo mismo conmigo: contar algo en el presente para comprender mejor mi vida".

Billy Wilder, el hermano mayor

A mitad de la entrevista, Schlöndorff se detiene en su libro y su serie documental ¿Cómo lo hiciste, Billy?, sobre su amigo Billy Wilder: "Le engañé". Eso merece una explicación. "Si Melville fue como un padre, Billy era mi hermano mayor. Me encantaba charlar con él. Me reía tanto... Nunca fue un cínico, sí irónico. Desmenuzaba sus películas como si fueran mecanismos de relojería y te las explicabas. Aquella serie la grabé a su pesar, a escondidas, porque no le gustaba salir con la gorra ladeada, relajado en su despacho. Robé aquellos momentos. Y cuando le mostré la serie, se enfadó muchísimo: '¡Me has rebajado, salgo sudando!', me gritó. Me demandó y llegamos al acuerdo de que la serie solo se estrenaría en EE UU tras su muerte. Cumplí el pacto".

Su protagonista, un escritor interpretado por Stellan Skarsgard, llega a Nueva York a promocionar su nueva novela. Allí le espera su joven esposa, que ha estado preparando el lanzamiento durante meses. ¿El libro? Una inmersión en un antiguo y fracasado amor. El novelista ataja las preguntas: es solo ficción. Pero miente porque ella existe, reconvertida en abogada de éxito, y él se lanza a su encuentro. "He contado tantas historias de otros, que pocas veces he usado mi propia voz. Me propusieron adaptar otra novela de mi amigo Max, y esta vez decidí que mi historia era mejor". El alemán vivió, efectivamente, en los ochenta en Nueva York, y conoció a una mujer que le cambió la vida. "Sé cómo contar obsesiones. Era mi momento, aunque lo he ficcionado con la ayuda de Tóibín. Él me dio aire fresco". Al final, Tóibín ha escrito una novela que absorbe, en su tercio central, la trama del filme. "En pantalla nunca vemos un flash back, solo se habla de lo pasado, como en películas de Éric Rohmer o Marguerite Duras. Es mi lado francés".

La conversación salta de su Palma de Oro con El tambor de hojalata, compartida con Apocalypse Now ("A pesar de todas esas historias, yo nunca vi el enfado de Coppola por no ganar en solitario. Conmigo fue muy amable, nos hicimos amigos y me dejó su casa de Napa Valley para escribir un guion"), a su aprendizaje con Jean-Pierre Melville ("Fue quien más me enseñó, el que me insistió en que menos es más"), los años del Nuevo Cine Alemán ("Éramos jóvenes y concienciados, lo disfrutamos"), los escritores mujeriegos ("Uno podría pensar que son solo los latinos, pero fíjate en Ibsen, Strindberg... O el gran donjuán escandinavo, Ingmar Bergman, Aunque es curioso, siempre he soñado que la mujer de la que me enamoré en los ochenta y yo acabaríamos muy viejos —como lo soy ahora— en un barco en el Amazonas, estilo El amor en los tiempos del cólera") y sus viajes por medio mundo: "Con tanta carretera, me sentido muchas veces muy solo, como en Muerte de un viajante". Efectivamente, el alemán también adaptó a Arthur Miller.

Acaba la charla. Schlöndorff mira el móvil preocupado por el bienestar de su esposa, que se ha roto una cadera. Ha cancelado sus planes veraniegos. Se quedarán en Berlín. "Ya no puedo rodar más historias de nazis o neofascistas [se refiere a su versión de 1990 de El cuento de la doncella, la novela de Margaret Atwood que ahora triunfa en televisión] o dramas históricos [estalla en carcajadas]. Necesito escribir guiones actuales, más cercanos a mí. Y en ello ando. No tengo planeado retirarme".