Crítica | Órbita 9
Crítica
Género de opinión que describe, elogia o censura, en todo o en parte, una obra cultural o de entretenimiento. Siempre debe escribirla un experto en la materia

El encierro del futuro

En un panorama cinematográfico como el actual, distinguir el homenaje de la copia, el reciclaje de la referencia, no siempre es fácil ni justo

Fotograma de 'Órbita 9', con Álex González y Clara Lago.

ÓRBITA 9

Dirección: Hatem Khraiche.

Intérpretes: Clara Lago, Álex González, Andrés Parra, Belén Rueda, Kristina Lilley.

Género: ciencia ficción. España, 2017.

Duración: 95 minutos.

En un panorama cinematográfico como el actual, en el que (casi) cada semana algún estreno se alimenta de imágenes, métodos, giros, situaciones y personajes previos, distinguir el homenaje de la copia, el reciclaje de la referencia, la tolerable asimilación de conceptos de la vulgar caradura, no siempre es fácil ni justo. Órbita 9, debut en la dirección del español Hatem Khraiche, quizá beba de demasiadas fuentes en su imaginería visual y narrativa. Y, sin embargo, pese al evidente pastiche de ideas, estas aparecen engarzadas con cierta sagacidad, utilizando razonablemente bien sus referentes, sobre todo los expositivos, y otorgando a la película un aspecto de producción solvente y de digno acercamiento al universo de la ciencia ficción adulta.

Hijo de padre libanés y madre zamorana, formado en el cortometraje (Genio y figura, Audacia) y en el guión para otros (La cara oculta, Retornados), Khraiche parece tener una máxima como escritor de cine de género: nada es lo que parece. Los encierros y las amenazas invisibles, con la inclusión de sorprendentes giros dramáticos, están tanto en sus piezas breves como, sobre todo, en aquel libreto para La cara oculta, dirigido por el colombiano Andrés Baiz y protagonizado, como Órbita 9, por Clara Lago. Algo que repite en su ópera prima como director, a la que seguramente le sobran sus homenajes a 2001: una odisea del espacio y a Blade runner (¿era necesario que la pareja comiera tallarines orientales en un recipiente de plástico bajo los neones de ese bar ambulante?), a la que se le vislumbran diseños en la onda retro del Solaris de Tarkovski, y que, eso sí, sabe aprovechar de un modo avispado las esencias y los giros de El show de Truman, de Peter Weir, y de El bosque, de M. Night Shyamalan.

Sin embargo, entre los claroscuros, entre las virtudes y los defectos de este relato sobre la necesidad de nuevos mundos semejantes a la Tierra, para cuando vengan mal dadas por este barrio, hay un elemento, en principio nimio, que amenaza con hundirlo: el aspecto físico elegido para el científico loco interpretado por Andrés Parra, con esa perilla, esas gafas y ese peinado, más propios de una parodia a lo Austin Powers que de una obra con pretensiones de complejidad, es un error de bulto difícilmente comprensible en un producto, por lo demás, meritorio.

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