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¿A quién le interesa Arco?

La profesionalización de la feria la convierte en un espacio atractivo para coleccionistas pero con pocos alicientes para el público común

Arco 2017. The red Base, Alexsander Calder.
Arco 2017. The red Base, Alexsander Calder.

Desde que Juana de Aizpuru se inventó Arco, allá por 1982, la feria ha ido, poco a poco, cambiando el papel que las circunstancias políticas y culturales le habían otorgado. Era entonces, y lo fue durante mucho tiempo, casi la única opción de contemplar el arte contemporáneo que se hacía tanto dentro como fuera de España. Jugaba el papel que en otras partes tenían las bienales de arte, una sección de las propuestas más rompedoras del arte contemporáneo a las que la prensa dedicaba espacios ahora inimaginables.

Pero los tiempos han cambiado tanto que en la edición que el domingo cierró sus puertas, lo más celebrado es el predominio de piezas de museo, muchas de ellas con precios que pasan del millón de euros, y la ausencia casi total de obras de contenido directamente político o provocaciones más o menos facilonas. Resulta inimaginable ver ahora piezas como aquella escultura de Eugenio Merino, Always Franco, con el caudillo metido en un ataúd de Coca-Cola que tanto impactó en 2012.

El lema del equipo de Carlos Urroz ha sido profesionalizar la feria y depurar la selección de galerías hasta el punto de que obras como la mencionada no tengan lugar en los pabellones. El espectáculo es cosa de tiempos pasados y lo que importa es atraer al coleccionista internacional porque son los que más compran (Ifema destina 1,5 millones de euros en invitaciones de coleccionistas internacionales). A la vez, se han ido podando muchas de las actividades culturales paralelas a la feria que podían distraer a los visitantes pero que no aportaban gran cosa al puro negocio que se persigue en Arco.

Si se logran o no las soñadas transacciones habrá que dejarlo a la imaginación porque Arco, al igual que ferias tan importantes como las de Basilea, no hace públicas las ventas. Ni siquiera facilita el número de piezas vendidas como, en cambio sí hacen en Feriarte. La información queda en manos de las galerías que voluntariamente quieran hacerlo, aunque a la preguntas de qué es lo que han vendido, la invariable respuesta es que les ha “ido muy bien”. Los únicos que difunden sus adquisiciones son los coleccionistas públicos españoles como, por ejemplo, el Reina Sofía.

Frente a la opacidad del negocio, Ifema sí da el número aproximado de visitantes. El público tiene acceso los tres últimos días de la feria. Los dos primeros están reservados a los coleccionistas. El pasado año, acudieron unas 100.000 personas que pagaron 40 euros por su entrada (30 el domingo y 20 si se trata de estudiantes) y alrededor de un 15% usaron invitaciones. Estas últimas jornadas es también el de los coleccionistas más modestos, aquellos que se gastan entre 3.000 y 500 euros. Otros, los más van a mirar o a buscar provocaciones y lo que se encuentran es una feria con nombres ya asumidos institucionalmente, una situación ante la que cabe preguntarse si para piezas de museo ¿no será mejor ir directamente a los museos?.