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CRÍTICA | TRABAJOS DE AMOR PERDIDOS

Amor, mejor que sapiencia

La estupenda versión de José Padilla y las interpretaciones, destacan en esta puesta en escena de la obra de Shakespeare

Representación de 'Trabajos de amor perdidos'.
Representación de 'Trabajos de amor perdidos'.

TRABAJOS DE AMOR PERDIDOS

Autor: Shakespeare. Adaptación: José Padilla. Intérpretes: Jesús Fuente, Alicia Garau, Julio Hidalgo, Pablo Vázquez, José Ramón Iglesias, Montse Díez, Alejandra mayo, Sergio Moral, Jesús Teyssiere, Raquel Nogueira, Lucía Quintana. Dirección: Rodrigo Arribas y Tim Hoare. Madrid. Teatro Alcázar, hasta el 11 de septiembre.

Berowne, cuyo nombre evoca al duque de Biron, aliado de Enrique IV de Francia, lo ve venir desde el primer momento: el propósito regio de consagrar al conocimiento tres años de su vida, sin conocer mujer entretanto, está destinado al fracaso. De un encierro tan largo, acompañado de ayuno, estudio, insomnio y abstinencia, nada bueno cabe esperar. Como los clowns en sus entradas circenses, en Trabajos de amor perdidos Shakespeare anticipa al público el desastre que viene, para que vaya larvando una risa interior que estalle en el momento oportuno.

Javier Collado (Berowne) y José Luis Patiño (Boyet), emisario de la princesa de Francia, sensual escollo en el que encallará la voluntad de Enrique a las primeras de cambio), encarnan con finura el escepticismo de aquel y la aséptica neutralidad, teñida pronto de sorpresa, del mensajero francés, en esta producción hispanobritánica cuya novedad estriba en la versión de José Padilla. El dramaturgo canario, secundado por Rodrigo Arribas y Tim Hoare, codirectores, espurga su versión de tramas secundarias, remienda los huecos con textos de Ricardo III, Titus Andronicus y Hamlet y reescribe el acto V, para conducir la comedia hacia el final feliz al que Shakespeare pretendía arribarla en una segunda parte, Trabajos de amor ganados, jamás escrita, perdida o reconducida en un nuevo título: Mucho ruido y pocas nueces.

Padilla resuelve la tensión con la que concluye esta obra primeriza, completa el proceso de transformación de los cuatro nobles navarros desde su inicial ingenuidad trufada de buenas intenciones hasta la madurez, y muestra de paso que el trato masculino también provoca un cambio en el feminil cuarteto francés.

La coproducción de la Fundación Siglo de Oro con el Globe londinense aúna calidad interpretativa con una voluntad plástica que se topa con el no demasiado holgado fondo escénico del Teatro Alcázar y con la altura del escenario, que no permite ver el suelo desde las primeras filas de la platea. Discutible, la elección de las telas del vestuario femenino, cuya rigidez y falta de vuelo encorseta las figuras de las actrices, cual si fueran de ajedrez. Dentro del buen nivel medio, cabe destacar a Montse Díez y Lucía Quintana, primeras espadas en segundos papeles, y la chispa juvenil de Raquel Nogueira.

La función va a más y cierra con una espléndida canción de resonancias isabelinas, compuesta por Xavier Díaz-Latorre sobre el texto shakespeariano e interpretada por todo el elenco luminosamente. El público dominical lo celebró con bravos y aplaudiendo largo, parte de él en pie. Buen augurio para un título que seguirá todo el verano en cartel.