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‘Rara’, conflicto adolescente por los prejuicios heredados

Pepa San Martín se inspiró en la lucha de la jueza lesbiana Karen Atala por la custodia de sus hijas

Paula y su pareja, Lía, junto a sus dos hijas.
Paula y su pareja, Lía, junto a sus dos hijas.

Sara está a punto de cumplir 13 años. No sabe si celebrar su cumpleaños, si le gusta o no un chico de su colegio, si fumar entero su primer cigarrillo o dejarlo tras la primera pitada, si confesar a su mejor amiga un secreto o guardárselo. Ese mar de dudas en el que se mueve a las puertas de la adolescencia se vuelve aún más tormentoso por tener que asimilar que su madre está en pareja con otra mujer y darse cuenta de que esa relación, en la Chile conservadora en la que vive, puede provocar que su hermana y ella sean obligadas por un juez a irse a vivir con su padre. A partir de esa confusa mirada adolescente, la debutante chilena Pepa San Martín retrata en Rara cómo los prejuicios adultos caen sobre las nuevas generaciones y alteran sus vidas.

La batalla de la jueza chilena Karen Atala por la custodia de sus hijas, que fueron apartada de ella por su orientación sexual, fue el germen de esta película, que se estrenará la próxima semana en Argentina y el próximo octubre en Chile. El caso de Atala, que terminó con un fallo de la Corte Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) contra Chile, no es el único, detalla San Martín en una entrevista telefónica. En el trabajo de investigación que realizaron antes de comenzar el rodaje se dieron cuenta de que "hay decenas de casos iguales" en el país.

El primer guión tenía como protagonista a Mariana Loyola en el rol de Paula, una madre lesbiana que lucha para mantener junto a ella a sus hijos. El foco cambió por el camino hacia la niña pre-adolescente, interpretada por Julia Lübbert. "La primera idea estaba rodeada de tribunales y era muy fría. Me interesaba meterme en ese mundo y ahí nos dimos cuenta que lo que más llamaba la atención era el personaje de la hija, que veía a sus padres en posturas tan distintas y decidimos dar un vuelco al guión", recuerda la cineasta. La coproducción chileno-argentina ganó en la última Berlinale en la categoría KGeneration, orientada a un público joven.

El hogar de Paula y Lía, la veterinaria argentina con la que vive, es festivo y alocado. La pareja recibe a amigas en casa, se quedan bailando hasta altas horas de la madrugada -mientras Sara, obligada a irse a dormir a la habitación de su hermana, no puede pegar ojo por el bullicio-, recogen un gato de la calle y ruedan todas juntas por el suelo muertas de risas. La casa del padre, Víctor, y su nueva mujer, Nicole, es mucho más ordenado: se toma el té siempre a la misma hora, los pies no pueden estar sobre el sillón, no se pueden hacer burbujas en la leche chocolatada, no se aceptan gatos. "Siempre no", explota Cata, la hermana pequeña, mientras Sara oscila entre los dos mundos, a veces sintiéndose más cerca de uno, a veces del otro, y buscando el difícil equilibrio entre ambos.

Sara y Cata, las dos hermanas.
Sara y Cata, las dos hermanas.

A diferencia de Cata, que acepta con naturalidad la relación de su madre, Sara es consciente de la mirada reprobadora con la que la ve gran parte de su entorno adulto. Desde el juicio iniciado por su padre, hasta la conversación con el maestro que la recomienda cambiarse a "un ambiente más normal", pasando por las advertencias de su abuela materna a la pareja - "Son muy ingenuas. Creen que están en Nueva York y esto es Viña del Mar"- y las miradas incómodas de los progenitores de sus compañeros del colegio cuando su madre les presenta a Lía.

"Los niños no nacen con prejuicios, los heredan de nosotros", aclara la directora, quien cree que eso se ve muy nítidamente en las dos hermanas, una ya consciente del mundo que la rodea y la otra, que "aún logra vivir en el mundo que ella se construye”. Esa mirada desprejuiciada, mayoritaria entre el público joven que la vio por primera vez en Berlín, es la que San Martín espera que las nuevas generaciones propaguen por este continente.