CRÍTICA | TORTUGAS NINJA 2: FUERA DE LAS SOMBRAS
Crítica
Género de opinión que describe, elogia o censura, en todo o en parte, una obra cultural o de entretenimiento. Siempre debe escribirla un experto en la materia

Juguetes heredados

La película alterna los conflictos íntimos de los personajes por sus anhelos de integración con la rutinaria aventura superheroica

Kevin Eastman y Peter Laird crearon, a mediados de los 80, a las Tortugas Ninja con la mirada de fan puesta sobre las historietas de superhéroes que en ese momento estaba realizando Frank Miller. También con la festiva despreocupación del niño eterno dispuesto a entretener la tarde con juguetes heredados. Que la ocurrencia se convirtiera en fenómeno y, finalmente, en franquicia aporta una ilustrativa lección sobre la arbitrariedad que, a menudo, rige la transformación de una anécdota en categoría. Algún secreto poder de seducción tendrán estos cuatro personajes de nombre renacentista y apetito pizzero, pero su universo imaginario nunca ha podido quitarse de encima el espíritu de primaria fan fiction desarrollada a la sombra de los universos superheroicos dominantes.

TORTUGAS NINJA 2: FUERA DE LAS SOMBRAS

Dirección: Dave Green.

Intérpretes: Megan Fox, Will Arnett, Jeremy Howard, Pete ploszek.

Género: ciencia-ficción. Estados Unidos, 2016.

Duración: 112 minutos.

Cuando, en calidad de productor, Michael Bay decidió recuperar a los personajes en una nueva saga cinematográfica, abierta con la bastante desangelada Ninja Turtles de Jonathan Liebesman, los personajes de Eastman y Laird alcanzaron una suerte de trascendencia… de saldo: los quelonios mutantes, que fueron concebidos con tosco trazo de fan de Frank Miller, encuentran su destino en, por así decirlo, la liga infantil del más ensordecedor artificiero del megablockbuster.

Tortugas Ninja 2: fuera de las sombras alterna en su relato los conflictos íntimos de los personajes por sus anhelos de integración con la rutinaria aventura superheroica que, en esta ocasión, tiene al supervillano Krang como vistoso (y viscoso) icono y a dos matones mutados en rinoceronte y jabalí como eco del sustrato hortera que siempre han tenido Eastman y Laird. Hay una escena de acción en un avión que cumple el papel que, en la anterior película, desempeñaba la escena del descenso en la nieve: es el pico de espectacularidad de esta entrega. Del mismo modo que una temprana escena con una hipersexualizada Megan Fox marca el pico de perplejidad.

Normas

Archivado En

Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS