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CRÍTICA | MAGALLANES

La culpa en el retrovisor

En el sustrato de la historia está el trauma colectivo del enfrentamiento militar del Perú con Sendero Luminoso

Toda comunidad parece levantarse sobre el yacimiento de culpa que la hizo posible: una culpa colectiva cuyo borrado suele ser gestionado por los nuevos mecanismos del poder y que quizá sólo algunos miembros de dicha comunidad seguirán experimentando como carga traumática propia. Y como responsabilidad propia. De todo esto habla una película como Magallanes, opera prima como director del actor Salvador del Solar que adapta la novela breve del peruano Alonso Cueto La pasajera. En el sustrato de la historia está el trauma colectivo del enfrentamiento militar con Sendero Luminoso y los abundantes daños colaterales que dejó el conflicto entre quienes tuvieron la mala fortuna de encontrarse con su fuego cruzado. La película funciona, con una gran solvencia, tanto como puesta al día de los postulados de la serie negra y como insidiosa exploración de una memoria incómoda que, latiendo bajo los cimientos de la república democrática, suele ser acallada con frases como la que pronuncia un personaje hacia el final del metraje: “Aquí no ha pasado nada”.

Magallanes

Dirección: Salvador del Solar.

Intérpretes: Damián Alcázar, Federico Luppi, Magaly Solier, Bruno Odar.

Género: thriller.

Perú, 2015.

Duración: 108 minutos.

El mexicano Damián Alcázar, capaz de pasar de la turbiedad a la indefensión con un simple afeitado (en el curso de una secuencia decisiva), da vida a Harvey Magallanes, gran corazón problemático de la película, chófer de su antiguo jefe militar y taxista ocasional que, un día, reconoce en una de sus pasajeras a un acusador eco del pasado. El personaje es la película: una presencia enigmática que va desvelando fragilidades y matices, al que contemplamos abocarse inexorablemente a la caída en busca de una esquiva redención o, en un gesto radical, ofrecerse como depositario de una culpa de la que fue parte, pero no arquitecto; una figura al mismo tiempo noble –un caballero andante degradado- y patética –un espectro enamorado sin esperanza en el horizonte-, que tiene en la mirada del actor todas las gamas de la derrota y en su presencia, la inquebrantable rabia del superviviente.

Que el coronel interpretado por Federico Luppi sea víctima del Alzheimer proporciona al actor el reto de comunicar (confusión, violencia, debilidad, crueldad) con certeros recursos mínimos, pero también le da a Magallanes su simbolismo más obvio. Actriz más eficaz en el ensimismamiento que en la palabra, Magaly Solier pierde algo de autoridad cuando, en una secuencia de confrontación con uno de sus verdugos, verbaliza con crispada explicitud todo lo que ya había quedado claro. Ninguno de estos reparos llega a estropear este sólido debut.

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