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CRÍTICA | UN DÍA PERFECTO PARA VOLAR

Una partida de campo

La sensibilidad ni se compra ni se aprende. Se tiene, o no se tiene.

Sergi López y Roc Recha, en el filme.
Sergi López y Roc Recha, en el filme.

La sensibilidad ni se compra ni se aprende. Se tiene, o no se tiene. Igual que el talento. Marc Recha tiene ambas cosas y en Un día perfecto para volar ha compuesto una pequeña maravilla de poco más de una hora que es al mismo tiempo una comedia familiar de aventuras, una tragedia social, una fábula psicológica y un cuento de horror. Una memorable miniatura que, con los datos mínimos, aúna misterio y concreción, que huye de lo críptico sin dejar de ser sutil, donde todo se entiende sin explicación alguna. Una preciosidad marcada por el día de voladura de cometa de un crío en la montaña, en la que el paisaje interior es aún más importante que el paisaje exterior, en la que la película que no se ve es aún más hermosa que la que se ve, en la que el objetivo de la cámara, la vista del espectador, siempre se coloca en el lugar perfecto, ya sea fuera o dentro de campo, en las palabras o en las reacciones, en las miradas o en las respiraciones.

UN DÍA PERFECTO PARA VOLAR

Dirección: Marc Recha.

Intérpretes: Sergi López, Roc Recha, Marc Recha.

Género: fábula. España, 2015.

Duración: 70 minutos.

Recha, de carrera tan reposada como su cine, personalísimo desde su debut en 1991, ha compuesto su mejor obra junto a su hijo, el niño de la cometa. Y lo de Sergi López es simplemente acongojante. El Goya (o no) será lo de menos. Su actuación es inolvidable, en lo artístico y en lo personal.