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‘Una carta desde Potsdam’ (1): ‘La despedida’

Virginia Yagüe, guionista de series como 'La señora', inicia su relato de verano

Elena Odriozola. Premio Nacional de Ilustración 2015
Elena Odriozola. Premio Nacional de Ilustración 2015

Para Surén.

 Leve se mueve el baile de las horas

Sobre los cabellos ya plateados,

Porque sólo al inclinar la copa

Se ve con claridad el fondo.

 

Stefan Zweig

Aquella tarde Davoud había vuelto a despedirse de ella, pero esta vez lo había hecho convencido de que al día siguiente estaría muerto.

Gerda no había podido hacer nada para convencerle de que, según le había dicho el propio doctor Kreuzmann, todo iba mucho mejor. La supuración de la herida cedía y en el hueco que el impacto de metralla había dejado estaba creciendo un hueso nuevo que, aunque débil, no tenía astillas dentro. Sin embargo, sus palabras de aliento no habían conseguido vencer aquel radical desánimo que había crecido cebado por el dolor físico y el olor nauseabundo de aquel lugar que se empeñaban en llamar hospital. Se había hecho tarde para animar a un marido que se sentía desahuciado y, aunque trató de disimularlo, Gerda se sintió impotente y rabiosa, súbitamente invadida por aquellas ganas de abofetearlo. ¿Es que no veía que no era el momento de rendirse? No podía dejarla sola, ahora que la guerra había terminado, los niños eran demasiado pequeños y todo estaba por reconstruir. Lo observó tendido en el sucio jergón y sintió que ella misma reducía en tamaño, sucia, mezquina y vieja, mientras todo alrededor se hacía demasiado grande y pesado. Todo se complicaba, pero como siempre sucedía en momentos extremos, algo le sacudió por dentro haciéndola reaccionar. Se inclinó, lo besó en la frente y se despidió de él asegurándole que al día siguiente se volverían a encontrar. Él trató de decir algo pero ella ya se había retirado, evitando una última mirada.

Avanzó por destartalado pasillo robando compostura a su espíritu, tratando de no pensar en lo cobarde que había sido en aquel último momento. Le aterrorizaba la idea de llegar al día siguiente, encontrar la cama de Davoud vacía y no contar con un hombro amigo en el que sollozar. Estaba sumergida en su desolación cuando el tacón de uno de sus zapatos vaciló sobre una baldosa saliente y su tobillo se torció en un traspiés ridículo. Se rehízo pero ya era tarde. Demasiados testigos de aquel momento habían colocado en ella sus miradas sorprendidas. Sintió como el rubor se apoderaba de sus mejillas y, contra todo pronóstico y por primera vez en mucho tiempo, recuperaba aquella sensación que había experimentado hace años en los salones de su familia, al ser presentada en sociedad. Recordó al apuesto Davoud, moreno, elegante, exquisito y persa, interesante y desafiante al dedicarle una mirada directa que sintió que la traspasaba y provocaba en ella ese mismo sonrojo que ahora la llenaba. Una reacción inesperada que le hizo emprender camino a casa con energías renovadas y también cierto aire nostálgico que recordaba su casa familiar y a sus padres.

Esa noche comenzó a escribir la carta a sus padres. Seis meses atrás la comunicación se había interrumpido y no había sabido nada de ellos hasta que el Sr Eisele había traído noticias. Recuperado el contacto y, con la certeza de su posible viudedad tan cercana, sintió la urgencia de contar todo lo vivido.

La memoria le traía el sonido nítido del bombardeo que había comenzado el 14 de abril. Su corazón volvió a palpitar con fuerza al recordar su urgencia por llevar a los niños al sótano donde entraron tan sólo unos minutos antes de que los aviones comenzaran a lanzar los pesados “Christbäume” sobre sus cabezas.