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CRÍTICA | UNOS DÍAS PARA RECORDAR

Lecciones de vida

El filme de Jean Becker demuestra sensibilidad y conocimiento de las taras del ser humano

Fotograma de 'Unos días para recordar'.
Fotograma de 'Unos días para recordar'.

La obra del director francés Jean Becker siempre ha estado marcada por el humanismo, por la exaltación de las cualidades inherentes del ser humano, por la comprensión del mundo a través de una ética del comportamiento inspirada en la belleza del arte y de la naturaleza, atemperando así el desconcertante y siempre agitado mundo que nos devora. La mayoría de sus películas son combates donde una persona a la deriva, normalmente elevada intelectual o profesionalmente, se enfrenta a un elemento exterior, en principio alejado de su estatus, que acaba aportándole calma, inspirándose en un cierto sentido común.

UNOS DÍAS PARA RECORDAR

Dirección: Jean Becker.

Intérpretes: Gérard Lanvin, Fred Testot, Jean-Pierre Darroussin, Anne-Sophie Lapix.

Género: comedia. Francia, 2014.

Duración: 81 minutos.

En Unos días para recordar su cine humanista sigue ahí, perenne, con sus virtudes y sus defectos. Porque, aunque tenga películas preciosas (Conversaciones con mi jardinero, de 2007), dependiendo del grado de explicitud y azúcar utilizados, las recetas morales de Becker lindan peligrosamente con lo melifluo, e incluso con lo grueso, y ahí Mis tardes con Margueritte (2010) quizá sea el exponente más claro.

En su nueva película, ambientada casi en su totalidad en una habitación de hospital convertida casi en escenario de comedia loca americana, su protagonista se recupera de un extraño atropello automovilístico que acabó con él en el Sena, y en pijama. Agradable, escueta, de apenas hora y cuarto, y con una excelente corte de secundarios, demuestra sensibilidad y conocimiento de las taras más cotidianas del ser humano, pero narrativamente resulta algo brusca.

Como si no se fiasen del todo del escenario único, Becker y sus coguionistas añaden unos cuantos flashbacks que, aunque puedan ser jugosos en materia informativa, perturban el devenir natural de su relato en el hospital. Lo que, unido a la más bien idiota explicación final de las razones por las que un hombre puede acabar en el río como si acabara de salir de la cama, lleva a la película, a pesar del enorme carisma de Gérard Lanvin, hasta un territorio intermedio entre sus trabajos perdurables en la memoria y aquellos olvidables por sus azucaradas lecciones de vida.

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