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ANÁLISIS

Ciencia no-ficción

¿Por qué nos fascinan los dinosaurios? La respuesta puede estar en que vienen de otro mundo, del nuestro pero de otro tiempo

Fotograma de 'Parque Jurásico III', de Steven Spielberg.
Fotograma de 'Parque Jurásico III', de Steven Spielberg.

Desde el relato más breve de la narrativa hasta la película más taquillera de la Historia, los dinosaurios parecen ejercer sobre nosotros un atractivo magnético, una seducción fatal y engañosa como el canto de las sirenas que a punto estuvo de disuadir a Ulises de su misión. ¿Por qué?

El tamaño importa, desde luego. Cuando Spielberg estaba preparando Parque Jurásico, que salió en 1993, se enamoró en seguida del velocirráptor, uno de los dinosaurios fósiles del mundo real que le habían mencionado los expertos. Rápido y saqueador, bípedo, malencarado y dotado de una uña larga y curvada como una cimitarra, aquel depredador cretácico prometía convertirse en el malvado más temible que el cine había producido desde Christopher Lee. Pero cuando Spielberg se enteró de sus medidas —medio metro de altura y 15 kilos de peso, un peso pluma de Hollywood— optó por abandonar el realismo y multiplicó sus dimensiones por seis.

La voracidad también cuenta, por supuesto, pero lo cierto es que el dinosaurio más famoso desde el primer cuarto del siglo XX, el brontosaurio que debutó en la película muda de 1925 El mundo perdido, era un vegetariano de gesto torpe y con menos peligro que el inspector Clouseau. Para colmo, en los albores de este siglo se descubrieron unos fósiles de mamíferos que, según todas las evidencias, se dedicaban a comer huevos de dinosaurio: una indicación paleontológica de dónde se encuentra el verdadero peligro.

Tal vez la gran razón de nuestra fascinación por los dinosaurios es que vienen de otro mundo. No de un planeta remoto en los confines de la Vía Láctea, ni del agujero negro que mora en el centro exacto de la galaxia de Andrómeda. Pero sí de un mundo cuya lejanía no reside en el espacio, sino en el tiempo. La cuarta dimensión del cosmos. Y es esto lo que convierte esta rama taquillera de la ciencia-ficción en el muy noble género de la ciencia no-ficción: el arte de predecir el presente.

El cerebro del que bebió Spielberg para su primer Parque Jurásico, el médico y escritor de éxito Michael Crichton, mostró una percepción extraordinaria en su novela de 1990. Su idea de extraer ADN de mosquitos conservados en ámbar tan antiguos como para haber picado a los dinosaurios parecía en aquellos años un puro y simple parto mental. Pero henos aquí en nuestros días con el genoma secuenciado del hombre de neandertal, y con las técnicas de clonación y resucitado de especies extintas avanzando a velocidad de velocirráptor.

¿Lo más terrorífico de los dinosaurios? Que, cuando despertemos, pueden volver a estar aquí.

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