La Transición y la firma de la paz

Juan Luis Cebrián reivindica, en el foro transatlántico de la Universidad de Brown, la llegada de la democracia como el proceso que puso fin a la Guerra Civil

Juan Luis Cebrián, presidente de EL PAÍS, en el foro transatlántico de la Universidad de Brown.
Juan Luis Cebrián, presidente de EL PAÍS, en el foro transatlántico de la Universidad de Brown.Rythum Vinoben

Nunca, en las últimas cuatro décadas, la Transición había sido tan cuestionada como ahora. Nunca había sido objeto de tanto interés académico y artístico en EE UU. La Transición ya es historia, y como tal se estudia, pero también es presente: un debate sin resolver. La interpretación de este periodo, entre la muerte de Franco en 1975 y la consolidación de la democracia en los años ochenta, se encuentra en el centro de la pelea política en España: una seña de identidad de movimientos como Podemos o el independentismo catalán es el cuestionamiento del consenso de 1978.

“Hoy día está de moda, hay una especie de tendencia a creer que la Transición española es un fracaso”, dice Julio Ortega, veterano crítico literario peruano y profesor de estudios hispánicos en la Universidad de Brown, en Providence (Rhode Island). “Pero eso mismo es parte de la Transición: las transiciones tienen un momento de reflexión crítica y negativa sobre sus propias hechuras”.

Ortega es el instigador del llamado Proyecto Transatlántico, una especie de hub cultural entre las dos orillas del océano, el “valle longitudinal”, tal como lo bautizó en el siglo XIX el explorador alemán Alexander von Humboldt, “el verdadero descubridor de América”, en palabras de Simón Bolívar.

Las nuevas fuerzas políticas o movimientos sociales tratan de culpar a la Transición de los problemas que tenemos ahora”

La Transición española —y sus ecos y espejos en Argentina y Chile, hace unos años, y ahora en Cuba y en Colombia, países embarcados en un momento de cambio, el primero, y de paz, el segundo— ha ocupado esta semana buena parte de la VII Conferencia Internacional de Estudios Transatlánticos, que se ha celebrado en Brown. ¿Es válida aún? ¿Modélica? ¿Desechable?

“Las nuevas fuerzas políticas o movimientos sociales tratan de culpar a la Transición de los problemas que tenemos ahora”, dijo este jueves Juan Luis Cebrián, presidente ejecutivo de PRISA y presidente de EL PAÍS, en Brown. “Con toda seguridad muchas cosas se hicieron mal”, añadió, “pero la Transición fue un éxito en un sentido: cuando Franco murió todos esperábamos que los españoles empezáramos, si no una nueva guerra civil, sí un conflicto bastante serio entre españoles”.

Cebrián, miembro de la Real Academia Española, habló en calidad de protagonista—fundó EL PAÍS en 1976 y fue su primer director— y de analista con la perspectiva de cuatro décadas. Los críticos, explicó, la describen como un proceso que habría generado un sistema de castas y habría obviado la reparación y la justicia con las víctimas del franquismo. Estas críticas, añadió, no comprenden que la Transición representó la auténtica firma de la paz, “un ejercicio de posibilismo entre los hijos de los vencedores y los hijos de los vencidos”, un pacto para mirar adelante y homologar a España con las democracias europeas occidentales.

“Creo que el problema fundamental que tienen las nuevas generaciones que no vivieron el franquismo a la hora de hacer la crítica política de la Transición es que no comprenden que el proceso político que lleva a la Transición en realidad era el fin de la Guerra Civil”, dijo.

A los que hicimos la primera lo que nos preocupa es que se pueda transitar a peor"

Otra idea errónea, según Cebrián, consiste en pensar que la Transición fue resultado de un pacto entre las clases dirigentes y “los más listos de la oposición” para repartirse el poder y el dinero. En realidad, sostiene, fue todo más improvisado día a día. Y los poderes fácticos, como se les llamaba entonces, que eran el Ejército, la Iglesia y el Gran Capital, eran menos poderosos de lo que parecía. El Ejército, al morir Franco, se supeditó a su nuevo jefe, el Rey; la Iglesia, con el Cardenal Tarancón al frente, evitó entrar en la competición política; y en la España de los años setenta no podía hablarse verdaderamente de grandes capitalistas al estilo estadounidense o alemán.

“La actual crítica a la Transición coincide con una crisis mundial nuevamente”, constató Cebrián. Porque durante la Transición, España también vivía bajo el golpe de una crisis global: la del petróleo. La diferencia es que entonces hubo un consenso sobre las políticas económicas: los Pactos de la Moncloa. Ahora, dijo, el Partido Popular, en el Gobierno, ha actuado unilateralmente. La crisis económica ha generado una crisis política que ha llevado a algunos a pedir, como ya hizo el presidente José María Aznar en los años noventa, una segunda transición.

“A los que hicimos la primera lo que nos preocupa es que se pueda transitar a peor”, dijo. “Hay valores esenciales en la Transición que los españoles no deben olvidar”. Cebrián, que este viernes participa en otro coloquio, esta vez con la escritora Elvira Lindo, sobre el mismo tema en el Instituto Cervantes de Nueva York, citó la asistencia sanitaria y la educación, que se han universalizado, y la renta per capita, que se ha triplicado”. Sí, los ingresos están mal repartidos y ha aumentado la desigualdad. “Pero”, concluyó, “todo eso ha sido obra de la democracia española y de la generación de la Transición”.

En el congreso participaron 160 ponentes —entre otros, el expresidente chileno Ricardo Lagos y la viuda de Jorge Luis Borges, María Kodama— de 113 universidades y 19 países: una ONU de las humanidades.

El reflejo de aquel momento histórico en las series de televisión o en el humor gráfico de nuestra época, tan parecido en algunos aspectos al de los años setenta, la radiografía de la Transición —y sobre todo de su representación artística— ha sido uno de los ejes del foro de Brown. Isabelle Touton, de la Universidad de Burdeos-Montaigne, recordó que algunas de las objeciones que ahora se plantean a la Transición ya se hicieron entonces: las feministas, por ejemplo, pedían el no a la Constitución por monárquica, machista y capitalista. Josebe Martínez, de la Universidad del País Vasco, abordó el auge de la memoria histórica en la década pasada como artículo de consumo y analizó la figura de lo que denominó “las víctimas aristocráticas”, víctimas del terrorismo con un estatus superior a otras víctimas y un poder político del que las otras carecen. Y Alison Ribeiro de Menezes, de la Universidad de Warwick, habló de la “argentinización” de la memoria histórica en España.

En el congreso participaron 160 ponentes —entre otros, el expresidente chileno Ricardo Lagos y la viuda de Jorge Luis Borges, María Kodama— de 113 universidades y 19 países: una ONU de las humanidades. Uno de los momentos más destacados fue la clase magistral del profesor Ottmar Ette, eminencia en los estudios humboldtianos y la filología románica. Ette, de la Universidad de Potsdam, no imparte una clase: la declama, la convierte en una performance. Alexander von Humboldt, el científico y viajero que redescubrió América, el hombre que “pone orden y belleza en el mundo”, el que “es capaz de vincular cosas que nunca habían sido vinculadas”, en palabras de Ette, “no nos habla del Atlántico como una separación sino como un espacio en pleno movimiento”.

La Transición española fue un modelo al otro lado del valle longitudinal. ¿Ya no lo es? “Era el modelo privilegiado. Parecía una transición que había salido bien”, responde Julio Ortega en su despacho de Brown. “Quizás a largo plazo sus logros se ven como naturales pero sus limitaciones se ven como inaceptables”.

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