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Cuando Gabriel García Márquez aprendió a escribir

EL PAÍS ofrece toda la obra literaria y periodística de García Márquez

El escritor Gabriel García Márquez, en Barcelona, en 1972. Ampliar foto
El escritor Gabriel García Márquez, en Barcelona, en 1972.

“El coronel destapó el tarro de café y comprobó que no había más de una cucharadita...”.

“Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que...”.

El universo literario de Gabriel García Márquez (1927-2014) se gesta en la caribeña Aracataca, cuando vive su primera infancia con sus abuelos maternos: Tranquilina Iguarán Cotes y Nicolás Ricardo Márquez Mejía. Ambos lo envolvieron con las narraciones de sus historias. Ella aportó la imaginación con sus relatos de difuntos, fantasmas y misterios del más allá y más acá; y él, viejo coronel retirado, puso el pragmatismo y el raciocinio con sus recuerdos de la Guerra de los Mil Días y de las batallas de la vida diaria. Y en esa casa encontró, también, el libro que definiría su futuro como escritor: un diccionario que le regaló su abuelo y que el niño leyó como una novela, “en orden alfabético y sin entenderlo apenas”.

En aquella casa colombiana, bajo soles inclementes, anidaba el futuro. Con sus abuelos vivió hasta los 8 años. Su último recuerdo fue la hoguera donde, tras la muerte del coronel, quemaron sus ropas, entre ellas los liquiliques de guerra, como ese que él mismo lució en Estocolmo en la entrega del Premio Nobel de Literatura en 1982. Tenía 55 años. Aquella pérdida del hombre que lo crió en esa casa invadida de mujeres lo acompañó siempre, y dijo: “Hoy lo veo claro: algo mío había muerto con él. Pero también creo, sin duda alguna, que en ese momento era ya un escritor de escuela primaria al que solo le faltaba aprender a escribir”.

Son 20 libros en edición de lujo, a 9,95 euros cada ejemplar

En el primer tomo de sus memorias, Vivir para contarla, el maestro de cuentos y novelas inolvidables y artículos periodísticos ejemplares cuenta que le costó mucho aprender a escribir. Al final creó un mundo donde, como dice Mario Vargas Llosa, en Historia de un deicidio, “esta voluntad unificadora es la de edificar una realidad cerrada, un mundo autónomo, cuyas constantes proceden esencialmente del mundo de infancia. Su niñez, su familia, Aracataca constituyen el núcleo de experiencias más decisivo para su vocación: estos demonios han sido su fuente primordial”.

Otros demonios en su adolescencia y juventud fueron Kafka, Woolf, Sherezade, la Biblia...

El lenguaje de toda su obra parece estar hecho “para contar historias, para cambiar el mundo aterrador, para sumergir al hombre sin que se dé cuenta en los valles confortables del sueño. Como si de un gran caleidoscopio se tratase que mostrara la realidad de los trozos de colores, pero ordenados en vistosos encajes, mágicos, cambiantes, multiplicados por los engañosos espejos”, explicó Ricardo Escavy Zamora, de la Universidad de Murcia, en el congreso Quinientos Años de Soledad, celebrado en 1992.

Escribir bien para García Márquez “no es una exhibición de dotes estilísticas; es añadir la noción épica del idioma a las épicas existentes”, decía Carlos Monsiváis. Eso lo llevó a la exploración y conquista de nuevos territorios literarios que, en palabras de Carlos Fuentes, “no sólo reunía en un haz las grandes tradiciones de la literatura hispanoamericana —mito de fundación, épica de destrucción, historia de recreación—, sino que, magistralmente, generosamente, demostraba la compatibilidad de los géneros de una época de sequía literaria determinada por la dictadura del nouveau roman francés, empeñado en convertir la literatura en desierto”.

A García Márquez le encantaba escribir, por eso no entendía que alguien dijera que la literatura era un sufrimiento. “Otra cosa”, confesaba, “es lograr que el lector me crea. Esa sí es una desesperación hasta que se calienta el brazo y todo sale, y se mezcla, y empieza en fin, a tomar forma. Pero el lector tiene que creer siempre, si no todo ha fracasado”.

Lo intentó desde su colegio de la fría Zipaquirá en los Andes colombianos. Y se lanzó al gran público un domingo de septiembre de 1947 cuando el diario bogotano El Espectador le publicó su cuento La tercera resignación. Luego llegó el periodismo en todos sus géneros, mientras en los ratos libres hacía literatura. De allí y de esa lección salieron sus relatos de Ojos de perro azul o Los funerales de la Mamá Grande, o novelas como El coronel no tiene quien le escriba, Cien años de soledad, El otoño del patriarca, Crónica de una muerte anunciada, El amor en los tiempos del cólera o Del amor y otros demonios.

Aunque reconoció que lo que más le interesaba del trabajo de escritor era la concepción de la historia, y lo que más le aburría era escribirla. Pero una vez delante de la hoja en blanco era un conquistador. La progresión de una obra, afirmaba, “consiste justamente en continuar excavando dentro de uno para ver dónde se llega, dónde se encuentra el botón que se busca y que es el misterio de la muerte. El de la vida, ya se sabe, no se descifrará jamás”. Bajo esa premisa empezó a escribir frases como: “El día que lo iban a matar, Santiago Nasar se levantó a las 5.30 de la mañana para esperar el buque en que llegaba el obispo. Había soñado que...”.

“Era inevitable: el olor de las almendras amargas le recordaba siempre el destino de los amores contrariados...”.

Libros para no olvidar

Biblioteca completa Gabriel García Márquezes la nueva colección y propuesta cultural que ofrece EL PAÍS a sus lectores. Son 20 títulos de cuentos, novelas y artículos periodísticos que dan cuenta del valor incalculable de un clásico contemporáneo de las letras.

Una colección en ejemplares de lujo para leer, releer o regalar a 9,95 euros cada domingo. El primer título es el 22 de marzo. Abre la Biblioteca la obra más emblemática del autor colombiano: Cien años de soledad.

Sobre esta historia de la familia Buendía, transcurrida en el territorio imaginario y maravilloso de Macondo, García Márquez dijo: Ese desfile de historias de Cien años de soledad es mucho más que la anécdota, quiere ser una versión de la América Latina delirante, terrible, dolorosa, donde los esfuerzos se gastan inútilmente, donde las cosas se hacen pero todo estaba escrito, donde se cierne y perdura la peste del olvido”.

El orden de las siguientes entregas es: El amor en los tiempos del cólera, Relato de un náufrago, Crónica de una muerte anunciada, Vivir para contarla, El coronel no tiene quien le escriba, Del amor y otros demonios, Doce cuentos peregrinos, Memoria de mis putas tristes, El otoño del patriarca, La hojarasca, La increíble y triste historia de la cándida Eréndira y su abuela desalmada, La mala hora, El general en su laberinto, Los funerales de la Mamá Grande, Yo no vengo a decir un discurso, Noticia de un secuestro, Ojos de perro azul, La aventua de Miguel Littin y Notas de prensa.

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