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El museo de la mafia

La polémica colección consagrada al crimen organizado recuerda a algunos de los delincuentes más conocidos de EE UU

Modelo de la silla eléctrica en la que en 1944 fue ejecutado el gánster Louis Buchalter.
Modelo de la silla eléctrica en la que en 1944 fue ejecutado el gánster Louis Buchalter. REUTERS

Apuestas ilegales, tráfico de drogas, prostitución, falsificación de dinero y documentos… La mafia, su evolución, sus protagonistas, lucen en un edificio de tres plantas ubicado donde terminan los clubs de Las Vegas y comienza el desierto de Nevada. Información detallada de las cinco familias de Nueva York, la ley seca, el contrabando. Una sucesión de rostros familiares, estampas que parecen salidas del cine. Un estereotipo tras otro, de vitrina en vitrina. Tres pisos completos para el llamado Museo de la Mafia, donde se cuenta la historia de los delincuentes más conocidos de EE UU. Imágenes familiares, recordatorios de primera comunión, y actas de defunción y de matrimonio incluidas...

¿Qué sentido tiene dedicar un museo a las actividades de los mafiosos? Gran parte de la ciudad se opuso a su construcción durante más de dos años, especialmente los ciudadanos de origen italiano. Se organizaron y manifestaron en contra de lo que consideran una lacra para su evolución e integración en la sociedad estadounidense. Pero el 14 de febrero de 2014, un museo consagrado al crimen organizado, un eufemismo común para referirse a la mafia, abrió las puertas en la parte antigua de Las Vegas. La efeméride no es casual, la localización tampoco. El día de San Valentín de 1929, Al Capone, el más célebre de los personajes, mandó aniquilar a siete miembros de la familia Morgan, la única que se decidió a plantarle cara en su territorio, Chicago. Atención especial merecen la ley seca o aquellos trabajadores de casinos que terminaron perdiendo el control y sisaron a la banca.

Por un lado se esgrime el innegable valor histórico. Branda Hengel, directiva del centro, defiende su función, no tanto con cifras, pues es el tercer museo en visitantes en la costa Oeste, como por lo que se cuenta. “Las Vegas creció de la mano de muchos de los personajes que aquí aparecen. Para bien y para mal. Negarlo no tiene sentido”, dice. Por otro, los interesantes avances tecnológicos que trajo consigo la sofisticación del crimen: “Los primeros métodos para la detección de huellas dactilares se crearon en las comisarías del centro. Lo mismo con las herramientas de escuchas. La investigación forense, con su primera escuela, nació aquí”, subraya Hengel. Aporta un dato más: las primeras motos para patrullar, algo común hoy en todo el mundo, se inventaron para ir de punta a punta de este extraño vergel en zona rocosa.

Bajo la tutela de Ralph Lamb, el sheriff entre 1961 y 1979, Las Vegas pasó de ser un oasis milagroso en la sequía de la tierra roja a un centro de ocio y diversión sin aparente freno. En la sala central, a modo de altar, se exhiben su silla de montar, su winchester y sus espuelas.

En el museo, ubicado en el edificio que sirvió de antigua comisaría, palacio de justicia y oficina de Correos, la sala central recrea un juicio. Una proyección con luces bajas busca la inmersión del visitante en la escena. A pesar de mostrar el lado romántico de la vida en el hampa, también se condenan los actos delictivos. Para finales de este año plantean una exposición fuera de lo normal, Mujeres que defienden la ley, un reconocimiento a las primeras asistentes legales, confidentes —en muchos casos prostitutas— y policías que se involucraron para luchar contra esta lacra.

La tienda de souvenirs está colmada de sombreros negros de felpa con una cinta blanca, esposas, pijamas de rayas propios de presidiarios y libros con guiones de películas. Al salir, una advertencia de despedida, antes de cruzar la calle que pone fin a la antigua Las Vegas: “Tengan cuidado ahí fuera”. Muy propia del comandante Furillo de Hill Street. Buen consejo para volver a la maraña de neón y bodas que solo duran hasta el siguiente amanecer.