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Muere Francesco Rosi, director de ‘El caso Mattei’

El cineasta italiano, fallecido a los 92 años, dedicó especial atención a la mafia

Franceso Rosi, durante el Festival de Cine de Berlín en 2008.
Franceso Rosi, durante el Festival de Cine de Berlín en 2008. afp

Hace medio siglo, el director italiano Francesco Rosi (Nápoles, 1922) recibió el León de Oro del Festival de Venecia por una película, Le mani sulla città (Manos sobre la ciudad), que en apenas una secuencia desvelaba el método del crimen organizado para convertir la especulación urbanística en una mina de oro. Aquella frase rotunda que, a modo de advertencia, Rosi ponía en boca de un mafioso —"todo está en nuestras manos"— se ha convertido ya en un epitafio de una sociedad que tan bien retrató.

El cineasta, que murió la pasada madrugada, a los 92 años, mientras dormía en su casa de Roma, era un referente en Italia por la belleza de su cine de investigación, por su determinación para llevarlo a cabo a pesar de las presiones y por su perfil de hombre corriente. Pero todo los malos augurios que filmó en blanco y negro hace más de medio siglo, la realidad los fue convirtiendo en color. Como recordaba en un reciente artículo el periodista Roberto Saviano, el cine de Rosi no ha dejado de ser necesario: "Rosi es una de esas estrellas que iluminan el camino y guían a los que están animados por la misma obsesión, por la consecución de un mismo objetivo: entender el Mecanismo. El mecanismo del poder, el mecanismo del dolor, las dinámicas físicas y morales del dominio del hombre sobre el hombre. Enseñar todo aquello que hay detrás, debajo y al lado de un hecho”.

Eso es lo que hizo, sin prescindir jamás de la belleza, Francesco Rosi durante toda su carrera como cineasta. Hijo de una familia de la burguesía napolitana, comenzó a estudiar Derecho y se ganó sus primeras liras como ilustrador de libros infantiles, pero enseguida su contacto con jóvenes políticos e intelectuales de la época —Raffaele La Capria, Luchino Visconti o Giorgio Napolitano— fue asfaltándole el camino hacia Roma, el teatro y por fin el cine. Al principio trabajó como ayudante de cineastas como Michelangelo Antonioni en su película I vinti (1953) o Lucchino Visconti y su La terra trema (1948) o Parigi é sempre parigi (1951). Pero su primer trabajo como director llegó en 1958. Con La sfida recibió el premio a la mejor ópera prima en Venecia y, solo cinco años después, logró el León de Oro con Le mani sulla città (Manos sobre la ciudad).

Aunque no solo —en 1965 dirigió en España una película sobre el mundo del toreo titulada El momento de la verdad y dos años después rodó con Sophia Loren y Omar Sharif el filme C’era una volta…—, Francesco Rosi será recordado por su cine de investigación centrado en los problemas sociales, la política, la corrupción y la mafia. En 1961 dirigió Salvatore Giuliano (1961), sobre la vida de un bandolero siciliano y los orígenes de la mafia, y en 1972 obtuvo con Il caso Mattei (1972) la Palma de Oro en Cannes. La película abordaba uno de los mayores misterios italianos, la muerte del que fuera presidente de la petrolera ENI Enrico Mattei, que falleció cuando explotó en el aire el avión en el que viajaba en 1962. Otros títulos de Rosi fueron Lucky Luciano (1973),  Cadaveri eccellenti (1975), Cristo si è fermado a Eboli (1978) y Tre fratelli (1981).

En el artículo-entrevista antes citado de Roberto Saviano, el ya nonagenario Rosi contaba por qué en la ya mítica Le mani sulla città no aparecía todavía la palabra Camorra —la mafia napolitana—: "Por aquel tiempo la Camorra no era todavía, a diferencia de la mafia siciliana, una industria sanguinaria. Era más un fenómeno de provincia, como ya había contado en mi primera película, La sfida, sobre el control que ejercía la pequeña criminalidad. Ha hecho falta tiempo para que la Camorra se convirtiese en lo que hoy es. Entonces no era percibida como un peligro real, no se movía todavía en un mundo tan cruel y despiadado. El cine, la literatura e incluso el periodismo se ocupaban de ella de un modo superficial, como si se tratara de un fenómeno pintoresco, sin entrar en el fondo". Rosi, en cambio, supo verlo, filmarlo y mostrárselo a los italianos. La muerte lo alcanzó mientras dormía, satisfecho de haber buscado a través de sus películas la verdad y la belleza.

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