crítica | hombres, mujeres y niños
Opinión
Texto en el que el autor aboga por ideas y saca conclusiones basadas en su interpretación de hechos y datos

Insatisfacciones y soledades

Jason Reitman entrega una película coral de ambiciones extremas, planteamientos interesantes y resultados algo exiguos

Rosemarie DeWitt y Adam Sandler, en la película.
Rosemarie DeWitt y Adam Sandler, en la película.

A estas alturas parece más o menos claro que Internet, las redes sociales y las nuevas formas de comunicación no han hecho que los que se sienten solos dejen de estarlo. Quizá lo único que han provocado son nuevas formas de soledad, comenzando por la soledad en compañía de otros o, más allá, en compañía de todos, que ya es soledad. Jason Reitman, el autor de Juno, Up in the air y Young adult, siempre pendiente del aquí y ahora, lo que, a pesar de su bajón creativo, se agradece, rebusca de nuevo en las actitudes contemporáneas, en las dificultades para la conexión en la era de la hiperconexión, con Hombres, mujeres y niños, fresco moderno sobre la adolescencia y sus padres, en la cuarentena larga, sobre sus relaciones sociales y, sobre todo, sexuales, basado en una novela de Chad Kultgen. Una película coral de ambiciones extremas, planteamientos interesantes y resultados algo exiguos.

El prólogo, con narradora omnisciente de tono impersonal (Emma Thompson), y acudiendo nada menos que a la infinidad del Cosmos, a la pequeñez (o grandeza) del ser y al punto azul pálido de Carl Sagan, en un subtexto y unas imágenes que remiten a los Powell y Pressburger de A vida o muerte (1945), pone el listón tan arriba, resulta tan ambicioso, que la falta de respuestas final acaba perjudicando a la película. Se ha dicho con reiteración que el cine de Reitman es conservador, afirmación que tiene un punto de razón, pero también de sinrazón: las películas no son buenas o malas por ser más o menos conservadoras o progresistas; lo son porque los resultados se adecúan (o no) con eficacia y trascendencia a su discurso. Hombres, mujeres y niños, espíritu grande, proyección pequeña, podría ser el reverso explícito y ambicioso de Boyhood, espíritu sencillo, proyección grande, lo que no evita, para bien, que sea entretenida, interesante y más que bienvenida. Pero, planteando temas fascinantes y presentando situaciones muy reconocibles, incluso brillantes en algún caso, se empeña en solucionar los conflictos a través de giros tan esquemáticos como tremendistas, y sus desenlaces, aun pareciendo morales, nada solucionan, porque todos los problemas en los que se asientan siguen en el mismo sitio. En el lugar donde habitan nuestras soledades y nuestras insatisfacciones.

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Sobre la firma

Javier Ocaña

Crítico de cine de EL PAÍS desde 2003. Profesor de cine para la Junta de Colegios Mayores de Madrid. Colaborador de 'Hoy por hoy', en la SER y de 'Historia de nuestro cine', en La2 de TVE. Autor de 'De Blancanieves a Kurosawa: La aventura de ver cine con los hijos'. Una vida disfrutando de las películas; media vida intentando desentrañar su arte.

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