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Isabelle Huppert: “El arte y la foto ya seducen más que el cine”

Comisaria por un día, la actriz ha escogido 40 imágenes para una muestra de Mappelthorpe

La actriz francesa Isabelle Huppert, en una imagen de 2009 en el festival de Cannes. Ampliar foto
La actriz francesa Isabelle Huppert, en una imagen de 2009 en el festival de Cannes. AFP

Isabelle Huppert ha sido otra de las protagonistas de Paris Photo. La actriz francesa ha comisariado una muestra efímera sobre el mítico Robert Mapplethorpe, fotógrafo que sembró el pánico en los círculos biempensantes estadounidenses con una fotografía inscrita en los márgenes e interesada en esos tabúes sociales que tanto cultivó la contracultura. Huppert seleccionó 40 imágenes representativas de las distintas aristas de su producción, respondiendo así a la invitación del galerista austriaco Thaddaeus Ropac, quien lleva una década llamando a comisarios estelares a interactuar con la obra de Mapplethorpe. Antes que ella, se enfrentaron al reto Cindy Sherman, David Hockney, Bob Wilson, Hedi Slimane y Sofia Coppola. Como todos ellos, la actriz tuvo acceso libre al catálogo completo de Mapplethorpe. “Escogí instintivamente”, asegura.

Huppert sabe más de fotografía de lo que parece dispuesta a reconocer. En 2005, la musa de Claude Chabrol y de Michael Haneke organizó una exposición en Nueva York –que luego pudo verse en París, Berlín, Tokio o Madrid– que recogía sus colaboraciones con todos los grandes fotógrafos de la última mitad de siglo, como Richard Avedon, Henri Cartier-Bresson, Robert Doisneau, Robert Frank, Helmut Newton, Nan Goldin, Annie Leibovitz o Juergen Teller. En ella se descubría como un personaje fascinado por la mirada de quien se sitúa tras el objetivo.

Pregunta. ¿Cómo escogió esas cuarenta imágenes de Robert Mapplethorpe?

Respuesta. Lo hice de manera espontánea, sin reflexionar demasiado. Conocía la obra de Mapplethorpe, pero tampoco demasiado. Al enfrentarme a sus imágenes, descubrí que podía ser transgresor y erótico, pero también poético e inocente. Por ejemplo, muy pocos saben que fotografió a niños. Quise reflejar esa parte menos conocida.

P. Mapplethrope decía que escogió el arte como forma de expresión porque fue la única manera que encontró de “explorar la locura de la existencia”.

R. Está claro que fue así. Existe algo plenamente transgresor en sus imágenes, una voluntad de enfrentarse a los tabúes y permitir que veamos cosas que, en principio, no tenemos derecho a observar. Me reconozco en esa voluntad de transgresión, aunque seguramente no en el mismo grado. En mi caso, diría que es algo que atañe mi relación conmigo misma. Cuando uno ejerce un juicio moral sobre sus propios actos, se está acortando su propia libertad. Hay momentos en los que se deben hacer las cosas con total libertad, sin preocuparse por cómo nos juzgarán los demás.

P. Hace tres décadas que colabora con los grandes nombres de la imagen, de Robert Doisneau a Rineke Dijkstra. ¿Qué representa la fotografía para usted?

R. Mi relación con la fotografía ha sido fruto del azar. A veces me solicitaban fotógrafos y otras veces lo he hecho yo. Siempre he estado dispuesta a dejarme retratar por ellos. En especial, cuando me llevaban hacia un territorio inhabitual para una intérprete conocida. Por ejemplo, cuando hago una foto con Josef Koudelka, me convierto en un personaje de Koudelka. Dejo de ser una actriz y me convierto en un ser anónimo.

P. De todos los retratos que se ha hecho desde los setenta, ¿cuál es su favorito?

R. Escogería a los llamados fotógrafos humanistas, porque me llevaron hacia un terreno natural, sin la espectacularidad y el artificio habituales en las fotos que nos suelen hacer a las actrices. Esos fotógrafos dirigían una mirada llena de gracia hacia el mundo que les rodeaba. Esa sofisticación de lo natural también la encuentro en artistas muy distintos, como Peter Lindbergh, que hace fotografía de moda. No tiene nada que ver, pero también me gustó mucho trabajar con Roni Horn, quien realiza unas imágenes muy crudas, que no persiguen la belleza. A las actrices nos suelen pedir que seduzcamos. Yo disfruto más cuando me piden otra cosa.

P. ¿Qué le aporta la fotografía que no le den el cine o el teatro?

R. Nada. Solo lo hago por el placer de terminar disponiendo de una imagen bella a cargo de un gran fotógrafo. Esa colaboración es igual que en el cine, pese a la diferencia importante de tiempo que supone. En el fondo, consiste en confiar en la persona que te observa y dejarte llevar. Después, cada fotógrafo trabaja de maneras distintas. Philip-Lorca Di Corcia tardó tres días en hacerme una foto, mientras que a Henri Cartier-Bresson le bastaron diez minutos. Algunos construyen una auténtica ficción entorno a sus imágenes, mientras que a otros les basta con encontrar ese instante decisivo.

P. En la bienal Mois de la Photo se exponen las fotos de insospechados fotógrafos amateur, como el escritor Michel Houellebecq. Y usted, ¿estaría dispuesta a exponer sus fotos?

R. No. Solo lo hago con mi móvil o mi tableta, de manera estrictamente íntima, para guardar recuerdos de los sitios adonde voy o compartirlas con las personas más próximas. De hecho, diría que la foto ha adquirido un carácter epistolar: las tomamos y las enviamos a los demás como si fueran cartas.

P. La fotografía vive su mejor momento. El mercado se ha multiplicado por dos en la última década y ciudades como París disponen de un circuito en pleno crecimiento. ¿Por qué?

R. No tengo una explicación, porque no soy historiadora del arte, pero tengo esa misma impresión. A principios de los noventa, recuerdo haber conocido a un pequeño grupo de coleccionistas fotográficos en Nueva York. Entonces era una escena muy minoritaria. El arte se ha popularizado inmensamente en solo un par de décadas. ¿Qué ha sucedido para que la fotografía protagonice semejante fenómeno, para que cada vez se construyan más centros de arte y para que los museos acojan exposiciones que son blockbusters? La verdad es que no lo sé, pero observo que hoy el arte y la fotografía ya seducen al mismo nivel que el cine, o incluso más.

P. En 1989, las crudas imágenes de Mapplethorpe generaron un inmenso escándalo en Estados Unidos. Asociaciones conservadoras protestaron contra lo que consideraban una vergüenza pública. 25 años más tarde, al observar la polémica provocada por la escultura de Paul McCarthy en la Place Vendôme, ¿se dice que las cosas no han cambiado demasiado?

R. Sí, aunque esos colectivos extremistas y moralistas son las dianas perfectas para ese tipo de arte. Es un arte que molesta porque, en el fondo, está pensado para molestar. No sé si es una reacción natural, pero sí previsible. Supongo que, para alguien que descubra la obra de Mapplethorpe por primera vez, le parecerá tan escandalosa como el primer día. Es un arte que no se ha banalizado, pero tampoco es deseable que se banalice. Si dejara de impactar, perdería su fuerza.

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