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crítica | justi&Cia

El pueblo se rebela

Álex Angulo y Hovik Keuchkerian, en 'Justi&Cia'. pulsa en la foto
Álex Angulo y Hovik Keuchkerian, en 'Justi&Cia'.

A alguien se le tenía que ocurrir, al menos en la ficción. Un par de aparentes pobres diablos, seres humanos a la deriva, golpeados por la España de la corrupción, las preferentes, las subcontratas y la caradura del poder en su máxima extensión, deciden vengarse a su manera y convertirse en “los Charles Bronson de este país”: secuestrar al alcalde que se gastó 20.000 euros en habanos y que se coma su propio puro, al que se fue de putas y coca con dinero público, al que se libró de la cárcel gracias a las influencias de los de arriba, al que... La lista, claro, interminable: Justi&Cia.

Ignacio Estaregui ha puesto en imágenes lo que muchos habrán pensado que debería ocurrir en estos años de hundimiento económico, social y moral, y lo ha hecho en tono de comedia negra.

JUSTI&CIA

Dirección: Ignacio Estaregui.

Intérpretes: Hovik Keuchkerian, Álex Angulo, Antonio Dechent, Marta Larralde, Juanma Lara.

Género: comedia. España, 2014.

Duración: 90 minutos.

Hovik Keuchkerian, magnífico en Alacrán enamorado, aquí igual de potente en presencia y voz, y el fallecido Álex Angulo, en su último papel para el cine, comandan una película cuya intrahistoria podría dar para otra película —el director capitalizó su paro y concursó en el programa de televisión Atrapa un millón para poder pagarla—, encajando a la perfección con el espíritu contestatario, revolucionario del proyecto. Eso sí, con una realización que apenas llega a la categoría de funcional y unas situaciones siempre demasiado alargadas, el cineasta no logra hacer trascendente su engranaje más allá de su idea inicial.

Como en Los justos, pieza teatral de Albert Camus, el vengador se clava en una de sus acciones ante la presencia de niños, pero Estaregui huye de la problemática moral igual que su protagonista, hasta culminar con un final de aliento clásico pero estereotipado, digno pero menor. Que Justi&Cia fuera una buena película sería un acto de justicia. Pero vivimos en un mundo injusto, y no lo es. Así nos va.

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