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Revista de verano
crítica | llenar el vacío

La vida de los otros

La película explora el dilema íntimo que sufre una joven, Shira, en el seno de la comunidad jasídica en Tel Aviv

Fotograma de 'Llenar el vacío'.
Fotograma de 'Llenar el vacío'.

Primer largo de la directora conversa al judaísmo ortodoxo Rama Burshtein, Llenar el vacío es capaz de inspirar interesantes preguntas sobre una de las funcionalidades del cine. Por ejemplo, ¿para qué necesitamos las películas: para reafirmarnos en nuestras convicciones o, por el contrario, para tender vías de comprensión hacia eso que podemos considerar la otredad, aquello que nos resulta radicalmente ajeno? Llenar el vacío explora el dilema íntimo que vive una joven, Shira —encarnada por la actriz Hadas Yaron, premiada con la Copa Volpi por este trabajo—, en el seno de la comunidad jasídica en Tel Aviv, cuando, tras la muerte de su hermana, su entorno religioso y familiar intenta gestionar la conveniencia de que se case con su cuñado viudo y asuma la crianza de su sobrino recién nacido.

LLENAR EL VACÍO

Dirección: Rama Burshtein.

Intérpretes: Hadas Yaron, Yitchaf Klein, Irit Sheleg, Charim Sharir, Razia Israeli, Renana Raz.

Género: drama. Israel, 2012.

Duración: 90 minutos.

El punto clave aquí, aunque el plano final pueda abrir un civilizado margen de ambigüedad, es que Rama Burshtein no está denunciando ninguna situación opresiva sufrida por su protagonista, ni hablando de la claustrofobia sentimental en un universo hermético, sino ahondando en los matices de un conflicto personal, al tiempo que describe, con singular pasión por el detalle y una enorme elegancia expositiva, el funcionamiento de un complejo mecanismo de protocolos sociales que los espectadores ajenos a esa realidad corremos el riesgo de malinterpretar. El deseo y la pasión no tienen cabida en este contexto regido por el bien común y la idea rectora de la decisión correcta en el momento oportuno.

La directora menciona la literatura de Jane Austen como fuente de inspiración y este crítico no pudo evitar acordarse de La edad de la inocencia (1993), la lectura que propuso Martin Scorsese del clásico de Edith Wharton, por su condición de película obsesionada en desvelar las sutilezas sociales de un universo tan remoto que resultaba casi extraterrestre: Burshtein habla desde el interior, pero el público al que va dirigido somos nosotros, los otros, que no estamos en la butaca para ser convencidos de nada, sino para entender una lógica ajena, frente a una galería de contrastados y complejos retratos femeninos.

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