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Todo lo que yo le debo

La desaparición de García Márquez no solo era una noticia, sino un pequeño desliz del alma que muchos no olvidarán

Gabriel García Márquez fotografiado en 2010 por Daniel Mordzinski.
Gabriel García Márquez fotografiado en 2010 por Daniel Mordzinski.

Todos morimos, pero algunos mueren más. Tardé poco en entender, el jueves por la noche, que la desaparición de García Márquez no solo era una noticia, sino un pequeño desliz del alma que muchos no olvidarán. Lo entendí por los mensajes que llegaban, por sus frases que empezaban a llover y rebotar por todos lados. Y eso que era bastante tarde, por la noche, en esas horas en las que empieza a no caber nada más, en tu día, y si se atasca el grifo lo dejas pasar y lo aplazas a mañana. Sin embargo muchos nos paramos, un instante, y nos saltamos un latido del corazón.

Que luego, digámoslo, habíamos tenido años para acostumbrarnos a la idea. Gabo se ha deslizado a la sombra despacio, con cierta timidez, y, en el fondo, de la manera más gentil. Casi absurdo para uno que había escrito la eterna e hiperbólica muerte de la Mamá Grande. Es como si Proust hubiese muerto practicando esquí náutico. Pero, bueno, el tiempo para un adiós indoloro él nos lo dio. Creo que muchos niños lo han leído, estos años, e incluso amado, pensando que ya había muerto (al revés, chicos, a pesar de la apariencia, no morirá nunca). Sin embargo, en el momento final, cuando se ha separado de la vida, silenciosamente como un cromo de los futbolistas de un álbum viejísimo, nos hizo daño, y así ha sido.

Se ha deslizado a la sombra despacio, con cierta timidez, de manera gentil

A los demás no sé, pero a mí me hizo daño porque yo, a García Márquez, le debo un montón de cosas. Para empezar, los veinte segundos en los que leí por primera vez las últimas líneas de El amor en los tiempos del cólera: tenía alrededor de treinta años y creo que allí dejé, justo en ese instante y para siempre, de tener dudas sobre la vida. Le debo a una frase suya, que un editor seguramente habría cortado, la certeza de que si dios creó el mundo, los hombres luego crearon los adjetivos y los adverbios, transformando una hazaña al fin y al cabo aburridita en una maravilla (no, la frase la guardo para mí). Aprendí de él que escribir es una cuestión de generosidad, un gesto sin vergüenza, una acción imprudente y un reflejo desproporcionado: si no es así, lo que estás haciendo, como mucho, es literatura. Descubrí, leyéndole, que los sentimientos pueden ser repentinos, las pasiones devastadoras, las mujeres infinitas; que los olores no son enemigos, las ilusiones no son errores, y el tiempo, si existe, no es lineal: son todas cosas que no me habían dado como dotación cuando me enviaron a vivir. Le estoy agradecido por la respuesta que, removiéndose medio dormido en su hamaca, el coronel Buendía dio un día cuando le avisaron de que había llegado una delegación del partido para debatir con él sobre la encrucijada que había alcanzado la guerra: “Llevároslos de putas”. Y sobre todo: no conseguiré olvidarle porque no he leído ni una sola página suya sin bailar. Incluso en las páginas feas (las hay) no se deja nunca de bailar. No tenía que ver conmigo, yo no sé bailar, pero él sí, y no había manera de hacerle parar. Y cuando se van aquellos con quienes has bailado, metafóricamente o no, hay algo de tu belleza que se va para siempre.

Aprendí de él que escribir es cuestión de generosidad, un gesto sin vergüenza

Debo decir también que durante años amé los libros de García Márquez desde lejos, sin pisar nunca Sudamérica. Luego, una vez acabé en Colombia. Fue un poco como acabar en la cama con una mujer con la que te escribiste cartas durante años. Para entendernos, cuando a los colombianos les citas la expresión “realismo mágico” se echan al suelo de las risas. En cualquier caso no entienden qué significa. Porque lo que nosotros tratamos de definir, ellos lo poseen como desarrollo normal de las cosas, paisaje atávico del vivir, catalogación ordinaria de lo creado. Te paras a charlar diez minutos con un camarero y ya estás en Macondo. Es que somos pobres y habitamos una tierra complicada, me explicó una vez un poeta de allí. Así que las noticias no viajan, el saber se derrite, y todo se lega en la única manera que no tiene obstáculos y no cuesta nada: el relato. Luego, con cierta coherencia, me contó esta historia verdadera (aunque verdadera, lo entendéis, allí es una palabra bastante evanescente). Un pueblo de la costa, para la fiesta grande, contrata a un circo de la capital. El circo se sube a un barco y pone rumbo al pueblo. No lejos de la costa sin embargo naufraga: todo el circo se hunde, y las corrientes se lo llevan. Dos días después, en un pueblo cercano (aunque cercano, allí, significa poco porque si no hay una carretera que parte la selva podrías estar a mil kilómetros), los pescadores salen a recoger las redes. No saben nada del otro pueblo, nada del circo, nada del naufragio. Sacan las redes y se encuentran a un león. No se inmutan. Vuelven a casa. ¿Qué tal ha ido hoy?, le habrán preguntado al pescador, en casa, todos alrededor de la mesa, para la cena. Pues nada, hoy hemos pescado leones.

Descubrí que las pasiones pueden ser devastadoras y las mujeres infinitas

Nosotros esto lo llamamos “realismo mágico”. Entenderéis bien que esos no entiendan.

En fin, acabé en Colombia y entonces todo me pareció final y cumplido. Sobre todo si se adentra uno en las selvas caribeñas del norte, donde García Márquez nació y donde, invisible y sin fin, demora Macondo. Los cuerpos, los colores, la naturaleza voraz, los olores, el calor, los colores, la indolencia febril, la belleza exagerada, las noches, las soledades, cada piel, cualquier palabra. Cuando volví, tuve que releer todo de cero, y fue como escuchar de una orquesta una música que oí de una guitarra. Ahí entendí que solo hay una manera de bailarla: sudando. Con la camisa empapada, pues, seguiré bailando y no importa si el cromo se ha separado del álbum: son detalles. Tengo los bolsillos llenos de frases de Gabo, y cuando haga falta, en nada encontraré dos luces y un parqué sobre el que dejarme llevar lejos.

Alessandro Baricco es novelista y ensayista italiano. Texto cedido por La Repubblica.

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