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crítica | el desconocido del lago

El cuarto claro

No es un 'thriller', aunque lo parece; no es una película de sexo, aunque se base en el encuentro furtivo y se muestre explícito

Pierre Deladonchamps y Christophe Paou, en el filme.
Pierre Deladonchamps y Christophe Paou, en el filme.

El microcosmos de un lago natural, en pleno bosque, como alter ego luminoso del clásico cuarto oscuro. El encuentro homosexual, el cruising, pocas veces se había visto en el cine con tal naturalidad como en El desconocido del lago, sexto largometraje del francés Alain Guiraudie, hasta ahora inédito en España, ganador el año pasado del Festival de Cine Europeo de Sevilla y del premio al mejor director en la sección Una cierta mirada del Festival de Cannes. No es un thriller, pero lo parece; no es un película romántica, pero hay amor desbocado; no es una película de sexo, aunque se base en el encuentro furtivo y este se trate con explicitud. Estamos ante una pequeña gran sorpresa amparada en la rigurosidad formal; una historia que esconde una visión desoladora del encuentro homosexual, pero que, al mismo tiempo, ejerce de catarsis emocional.

EL DESCONOCIDO DEL LAGO

Dirección: Alain Guiraudie.

Intérpretes: Pierre Deladonchamps, Christophe Paou, Patrick d’Assumçao.

Género: drama. Francia, 2013.

Duración: 95 minutos.

Se supone que los visitantes de este lugar de citas tienen una vida ajena al lago, claro está, pero esta nunca se ve. Al terminar la diversión, o la frustración, según el caso, siempre viene la elipsis. Así, el escenario no se conforma solo como habitáculo, sino también como verdadera esencia formal. Guiraudie, con arriesgada escrupulosidad en el punto de vista, nunca saca la acción de allí, uniendo cada jornada por un reiterado plano del aparcamiento, casi malsano, donde los coches van marcando el paso del tiempo. Película casi feísta debido a su naturalismo, a una puesta en escena tan funcional como exacta y a una fotografía de luz desangelada, perfecta para el tono del relato, El desconocido del lago no evita la crudeza, el impacto: aunque hay secuencias donde el intríngulis del sexo es tapado por piernas o espaldas, el director epata con un primer plano de un miembro en plena eyaculación y hasta con una felación a unos centímetros del objetivo de la cámara. Opciones no solo válidas; también precisas dentro de su metodología formal.

Eso sí, más allá del sexo, la luz que desprenden las conversaciones entre el protagonista y su orondo amigo, y sus visiones de la vida y del amor, del paso del tiempo y de la amistad, son lo mejor de una película donde los crímenes y la intriga, que las hay, son meros pretextos, simples macguffins que mueven a los personajes.