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OBITUARIO

Tabu Ley Rochereau, leyenda musical del Congo y maestro de la rumba africana

Fue uno de los cantantes de África con mayor proyección dentro y fuera de su continente

El músico Tabu Ley Rochereau, en 2003.
El músico Tabu Ley Rochereau, en 2003. GETTY

Cuando Tabu Ley Rochereau nació —en 1940, en la provincia de Bandundu— el Congo todavía estaba gobernado por los belgas. Y, en un hospital de Bruselas, con 73 años, falleció el sábado este popular músico africano. Antes de trabajar por su cuenta, había sido cantante de la African Jazz, la orquesta de Joseph Kabasele, alias Le Grand Kalle, primera estrella de la música congoleña y máximo rival entonces del legendario Franco, como se conocía a su amigo Luambo Makiadi. Ellos tres —Franco murió en 1989 y Kabasele en 1983— fueron las grandes figuras de la rumba congoleña, inspirada en el son, la pachanga o el chachachá, e impulsada por guitarras amplificadas con cierto aire hawaiano, que se propagó como un virus implacable por el continente africano. Los congoleños recuperaban las raíces africanas de los ritmos afroamericanos y les inoculaban elementos tradicionales como el sebene, una parte instrumental improvisada, que permite bailar libremente.

Su voz de tenor, melodiosa y elegante, acabó por ser la medida para todos los aspirantes a cantante. Rochereau, que tenía 18 años al entrar en el African Jazz, dejó a Kabasele para formar junto a compañeros como el guitarrista Dr Nico la orquesta African Fiesta y fundar más tarde su Afrisa International, con la que, en 1974, actuó en los prolegómenos del combate de boxeo de Muhammad Ali contra George Foreman. El nombre de Rochereau se lo pusieron en la escuela sus compañeros de clase para burlarse del tímido Pascal Ley —lo de Tabu, por el apellido paterno, no llegaría hasta principios de los setenta, cuando la “africanización” ordenada por el dictador Mobutu—, el único alumno que supo contestar a una pregunta del profesor de historia sobre Denfert-Rochereau, militar de la guerra franco-prusiana de 1870.

En 1966, la Léopoldville de la colonia belga, a orillas del río Congo, se convierte por deseo de Mobutu en Kinshasa, una ciudad con una vida nocturna intensa. En las décadas anteriores imperaba la rumba cubana, llegada por el puerto de Matadi, con los marineros caribeños y sus discos de 78 rpm, y bailada en decenas de dancings.

Tabu Ley Rochereau cantaba en lingala y afirmaba haber escrito casi 10.000 canciones —probablemente unas cuantas menos, repartidas entre más de 150 discos—, entre ellas, éxitos como Kelia, Mokolo nakofuka, Trop c’est trop, Mokitani ya wendo o aquella Bésame muchacha que con solo 15 años le había llevado al Gran Kalle, su héroe. En diciembre de 1970, y por dos noches, llenó el Olympia de París. Por primera vez un artista africano agotaba las 2.000 localidades del templo musical del empresario Bruno Coquatrix abriendo las puertas a la rumba congoleña. Y lo hacía al frente de cinco trompetistas, tres trombonistas, cinco guitarristas y las Rocherettes, unas bailarinas, novedad que pronto copiarían otras bandas congoleñas. Organizó ambiciosas giras por África —poseía condecoraciones de Senegal y Chad— y tocó en Europa, Estados Unidos y Japón. Aunque el cuartel general lo tenía cerca del aeropuerto de Kinshasa, en el Type K, su club, donde se refugiaba en épocas de vacas flacas.

Estuvo emparejado con la cantante M'Bilia Bel, a la que había contratado para su Afrisa International, y con la tuvo un hijo al margen de los que ya tenía de su esposa: se le atribuyen más de 60 de numerosas relaciones. Ante las turbulencias políticas en Congo, decidió instalarse en París y Estados Unidos. Como creía que si alguien no se ocupa de la política, ella terminaría ocupándose de él, trabajó para el Gobierno de Laurent Kabila y, en 2005, aceptó el cargo de vicepresidente de Kinshasa que ocupó hasta el derrame cerebral que sufrió en 2008 y del que no se recuperó plenamente. Contaba que, a principios de los sesenta, había coincidido en Alemania con unos jovencitos ingleses que iban a hacerse famosos con el nombre de The Beatles y aseguraba que, en los camerinos de aquel club de Hamburgo, les había enseñado a cantar al unísono.