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El universo de Egoyan, pero diluido

"La temática pertenece al mundo de Egoyan, pero el lenguaje para desarrollarla me parece mediocre en esta ocasión"

El director de 'Condenados', Atom Egoyan, ayer en San Sebastián.
El director de 'Condenados', Atom Egoyan, ayer en San Sebastián.

Siempre me he acercado al cine de ese director tan personal como turbador llamado Atom Egoyan con la sensación de que saldré con el estado de ánimo alterado, de que durante un par de horas me va a envolver una atmósfera intensa y turbia, de que sus personajes y las tortuosas situaciones que atraviesan me van a crear desasosiego. Las historias, el clima y los interrogantes que plantea el cine de este hombre viene transmitido con imágenes hipnóticas. Le puede salir mejor o peor pero su personalidad es reconocible. En mi caso, algunas de sus películas, como El liquidador, Exótica, El dulce porvenir y Chloéme han dejado huella perdurable. Otras, bastante menos. De cualquier forma, Atom Egoyan es un director al que es recomendable seguir la pista.

El arranque de Condenados, basada en hechos reales, te remite al oscuro universo de Egoyan. Ocurre en un pueblo de Memphis durante 1993. Tres niños que han ido a jugar con sus bicicletas al bosque no regresan a su casa. Días más tarde encuentran sus atados y mutilados cadáveres. No se los ha comido el lobo. El crimen lo han perpetrado con especial ensañamiento seres humanos. La policía, el jurado, el juez, la gente del pueblo, las familias de los asesinados deciden sin pruebas concluyentes que los culpables son un trío de chavales excéntricos y apestados de los que se sabe que cultivan el satanismo, gente más descerebrada que inquietante, perfectos chivos expiatorios. Un detective que no ha perdido la racionalidad y lucha contra la pena de muerte, la legalizada y la delictiva, en todas sus variantes violentas, busca incansablemente pruebas que puedan cambiar un veredicto que ya está escrito antes de que comience el juicio. Y aparecerán dudas sobre la culpabilidad de los satánicos, comportamientos extraños en gente que parecía normal, pistas que la ley no ha seguido, sospechas de que existen las tinieblas en lo que se presentaba como diáfano.

La temática pertenece al mundo de Egoyan, pero el lenguaje para desarrollarla me parece mediocre en esta ocasión. No sé si Egoyan ha tenido demasiadas carencias en la producción, pero a veces Condenados tiene el inconfundible aire de un telefilme. Esa trama presuntamente angustiosa, con temas tan habituales en su cine como el sentido de culpa y la complejidad de los comportamientos, está narrada sin fuerza expresiva, con personajes que se diluyen, con interpretaciones pobres o desganadas, incluida la de un actor tan bueno como Colin Firth. Veo y escucho esta película sin demasiado esfuerzo, pero eso es algo muy decepcionante tratándose de un autor que nunca me había dejado indiferente.

La directora bosnia Jasmila Zbanic había buceado en el espanto que protagonizó la guerra de los Balcanes en su película Grbavica. Retorna a ella en For those who can tell no tales. Imagino que por algo tan legítimo y comprensible como que la obsesión ante aquella larga atrocidad marque el cine que deseas hacer. Aquí, la protagonista es una turista australiana que pasa sus vacaciones en la ciudad bosnia de Visegrado, animada por las guías turísticas y la visión de un puente con mucha historia. Allí descubrirá, primero por esa intuición casi sobrenatural que nos avisa de que algunos lugares han estado habitados por el infierno y después con datos terroríficos, que en esa ciudad el deporte favorito del ejercito serbio consistió en violar y asesinar a cientos de mujeres. También que muchos de los antiguos asesinos, que ya purgaron su delito y fueron recibidos como héroes por los suyos, imponen la ley del silencio o amenazan a aquellos que pretenden hurgar en la barbarie que cometieron. El tema es estremecedor, pero la película solo es discreta, sus intenciones son mejores que su arte.