CRÍTICA DE 'NO'
Crítica
Género de opinión que describe, elogia o censura, en todo o en parte, una obra cultural o de entretenimiento. Siempre debe escribirla un experto en la materia

Mercadeando la utopía

'No' cuenta la transición con matices de lo que, a primera vista, parece un triunfo

En una secuencia de No, René Saavedra (Gael García Bernal), creativo publicitario encargado de dirigir la campaña opositora en el plebiscito convocado por Pinochet para consultar al pueblo sobre la continuidad del régimen, intenta convencer a sus clientes de que lo que necesitan no es un himno, sino una melodía publicitaria pegadiza. Es un momento clave, que sintetiza la auténtica carga de profundidad de la película: contar una transición sin desdeñar su letra pequeña, sin desatender aquellos detalles que matizan lo que, a primera vista, podía ser contemplado como un triunfo.

En dicha secuencia, los representantes de la izquierda se tienen que enfrentar al esbozo de su nada heroico futuro: un tiempo en el que la ideología deja paso a la tendencia de mercado y la utopía se diluye en estrategias de seducción para el potencial… ¿votante? ¡No, cliente! Viendo No, cualquier espectador español puede echar de menos en nuestro cine a un creador capaz de contar nuestra Transición con la lucidez con que Pablo Larraín narra aquí, a salvo de todo autoengaño y toda tentación épica, el fin de la dictadura de Augusto Pinochet.

Hijo de políticos vinculados a la derecha chilena —su padre fue expresidente de la Unión Demócrata Independiente y su madre ocupó el Ministerio de Vivienda y Urbanismo bajo la presidencia de Sebastián Piñera—, Larraín lleva ya dos películas, tras el debut, Fuga (2006), ejerciendo de conciencia crítica de la memoria dictatorial chilena: Tony Manero (2008) y Post Mortem (2010), dos ficciones alucinatorias con dictador al fondo que podrían emparentarse con algunas de las mejores pesadillas engendradas por la agonía del franquismo; un modelo cinematográfico que semeja la puesta al día de lo que por aquí supusieron Furtivos (1975) o Cría cuervos (1976). No es, al mismo tiempo, el brillante cierre de una trilogía y un eficaz cambio de tercio, porque aquí el cineasta abandona todo simbolismo para contar, de manera cristalina, por qué mucho tuvo que cambiar para que algo (lo importante) siguiera no solo igual, sino fortalecido. No, cuyo texto parte de un guion de Antonio Skármeta, narra un triunfo envenenado: la utopía perdiendo el pulso ante el lenguaje publicitario…

Larraín rueda su película en formato Umatic, reproduciendo una vieja textura de imagen videográfica y subrayando que no estamos aquí siendo testigos de la Historia, sino de su transubstanciación en materia espectacular y mediática. No es un trabajo de amarga lucidez.

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