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TRIBUNA

Amistad entre secuencia y secuencia

El director de cine José Luis Borau, fotografiado en su casa de Madrid. Ampliar foto
El director de cine José Luis Borau, fotografiado en su casa de Madrid.

Borau se ha muerto. Me llega la noticia temida y esperada, y no por eso menos amarga. Los últimos meses han sido así, temer que en cualquier momento el teléfono se llene de mensajes que me comunican que se ha muerto uno de mis mejores amigos. Me embarga una pena profunda, y la sensación de haber perdido algo muy valioso. Precioso. Único. Y con la pérdida, la gratitud. No se puede perder lo que no se tiene, y me doy cuenta de que he sido muy afortunada al haber contado con su amistad. Porque a mí, ser su amiga me pareció siempre un regalo. Un lujo. Una de esas cosas buenas de la vida que te pasan sin tú buscarlo. Lo conocí de la mano de Manolo Gutiérrez Aragón, rodando Malaventura. Él interpretaba a mi padre, y yo a su hija descarriada. Entre plano y plano, entre secuencia y secuencia, me prendó su personalidad. José Luis Borau era un hombre muy divertido, sin pretenderlo, incluso cuando se enfadaba y daba voces. A veces no solo daba voces; también pataleaba en el suelo, y entonces era desternillante, por más que su furia pusiera los pelos de punta a más de uno.

Era peculiar en todo. A pesar de ser director y guionista era incapaz de recordar una línea de su texto ni ninguna de las acciones que le marcaba Manolo. Pero lo intentaba, con cómica tenacidad, y como un niño que quiere cumplir y hacerlo bien, cuando Manolo decía “¡acción!” el actor Borau también se decía “¡acción!” a sí mismo y solo entonces, a su propia orden, movía su cuerpote desgarbado tropezándose con el decorado y los extras que le esquivaban como podían.

Y ya entonces Borau, en aquel rodaje, decidió regalarme su tiempo. Eso me pareció siempre. Que me regalaba su compañía, su conversación inteligentísima, y también desde el principio, su cariño incondicional, al que espero haber correspondido durante 24 años.

En ese tiempo hemos rodado juntos sus dos últimas películas, Leo y Niño Nadie, hemos compartido infinidad de comidas, de charlas. Ha sido testigo del nacimiento de mis hijos, ha comentado con ojo crítico, a menudo muy crítico, todas mis películas. A la última se empeñó en ir y llegó a duras penas, cuando casi no salía ya de casa, ayudándose con muletas. Los últimos meses lo vi más que nunca, en su casa. A pesar de verle apagarse, poquito a poquito, físicamente, visitarle era siempre un reto, porque me exigía que le contara cosas. Si tú le preguntabas a él se enfadaba, decía que no tenía nada que contar y que la que le visitaba era yo, así que tenía que traerle noticias y novedades. Y antes de ir a su casa hacía mentalmente los deberes, buscando algo que este hombre tan culto no supiera ya, o no imaginara. Y escuchaba las noticias que le traía con la ilusión de un niño, los ojos abiertos, el cuerpo ya disminuido por la inactividad y los años, inclinado hacia delante, atento, ávido. Se reía con las bromas, y aunque se agotaba, quería oír más. Borau era así; intenso, extremo, ávido, curioso y enormemente generoso.

Y tantas cosas más que otros glosarán: escritor, productor, director, académico de la lengua, maestro... Yo solo quería recordar y despedir hoy desde aquí al amigo. A mi amigo José Luis Borau.