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Arte desnudo en la ‘era Facebook’

Una exposición aborda en Fráncfort el exhibicionismo creciente de la 'era Facebook'

La muestra recoge obras de Warhol, Weiwei, Sophie Calle, Tracey Emin, Nan Goldin, entre otros

'Sin título' (1971), de la serie 'El parque'. Cortesía de la galería Yossi Milo, de Nueva York. Ver fotogalería
'Sin título' (1971), de la serie 'El parque'. Cortesía de la galería Yossi Milo, de Nueva York.

Existió un tiempo en que lo íntimo era sagrado. La vida privada constituía una fortaleza a la que solo los familiares y un reducido círculo de amigos lograban acceder. Lo que sucedía de puertas adentro no era asunto de nadie y quien se atrevía a mirar por la ventana se arriesgaba a ser juzgado por intrusismo e indiscreción. Pero eso fue hace mucho tiempo, a juzgar por un presente donde la privacidad parece una palabra desprovista de significado, el exhibicionismo se ejerce sin rubor y el voyeurismo se acerca al estatus de práctica socialmente normalizada. Las redes sociales se fundamentan en una intromisión aceptada por todas las partes implicadas y cualquier momento íntimo es susceptible de convertirse en imagen a exponer ante el prójimo en cuestión de segundos. Las redes de home-swapping nos incitan a intercambiar residencia con desconocidos durante las vacaciones. Y las páginas de couch-surfing, a dejar que se acuesten en nuestro sofá mientras dormimos en la habitación contigua. Como sentenció en 2010 el mismísimo Mark Zuckerberg, la privacidad es “una norma social que ha evolucionado” hasta quedar obsoleta.

El arte contemporáneo no ha quedado al margen de esta transformación, que en poco más de una década ha logrado convertir en regla lo que antes rozaba la patología. Privacy, una nueva exposición en el Schirn Kunsthalle de Fráncfort, inspecciona hasta el 3 de febrero la pérdida gradual de la intimidad y el exhibicionismo imperante a través de la creación artística. “En un momento en que la autorepresentación y la noción de privacidad están sujetas a semejante agitación, se me ocurrió preguntarme de dónde podía proceder todo esto. El arte nos da una posible respuesta”, explica la comisaria Martina Weinhart. La muestra recorre el trabajo de una treintena de artistas que no se ruborizan al hablar de asuntos privados en lugares públicos, desde los primeros brotes de esta tendencia al destape de lo íntimo, a finales de los cincuenta, hasta el actual dominio de las alegrías y miserias personales como motor creativo.

Emily, 2010. From the series Technically Intimate, 2010. Print on aluminum. 102 x 127 cm. © Evan Baden ampliar foto
Emily, 2010. From the series Technically Intimate, 2010. Print on aluminum. 102 x 127 cm. © Evan Baden

La exposición se inspira en la teoría de la post-privacidad formulada por ensayistas como Richard Sennett, Anthony Giddens y David Brin. Antes de la llegada de Facebook y Twitter, ya denunciaron la tiranía de la intimidad que se avecinaba. Hace medio siglo que el arte refleja este proceso de cambio a través de una exposición deliberada de la vida privada propia y ajena. Stan Brakhage, pionero del cine experimental, dio un decisivo paso adelante en 1959 con Window Water Baby Moving, crónica del parto de su primogénito, proyectado en esta exposición. Cuentan que los espectadores abandonaban la sala con náuseas y que las feministas reaccionaron de manera furibunda. Desde entonces, el arte contracultural se especializó en reflejar modos de vida que la doctrina oficial de los cincuenta, empeñada en pregonar el dogma de la familia perfecta de suburbio residencial, se obstinaba en ignorar. Las mujeres artistas, como Martha Rosler, protestaron contra la sumisión de género (y el consiguiente enclaustramiento en el espacio doméstico) diluyendo la frontera entre lo privado y lo público. Y Andy Warhol filmó el sueño eterno de su amante, el poeta beat John Giorno, en la instalación Sleep, donde le observamos durmiendo durante cinco horas en la penumbra de su habitación. Luego iría todavía más lejos con vídeos de títulos tan explícitos como Hand Job, Blow Job y Blue Movie (Fuck).

El secretismo que envolvía la vida privada saltaría para siempre por los aires. La muestra destaca a dos mujeres entre los responsables de la proliferación de lo privado en el arte de las últimas tres décadas. A lo largo de los ochenta, Sophie Calle impuso lo vivido como material privilegiado en el arte conceptual de nuestros días. Por ejemplo, al retratar su matrimonio fallido con el fotógrafo Greg Shephard, que expuso en la serie Des histories vraies (“Historias verdaderas”). Si todo estudiante de arte se cree hoy con derecho a tirar de su autobiografía para crear, está claro que Calle se encuentra entre las culpables. Por su parte, Nan Goldin estableció otro canon igual de vigente: la fotografía como forma de expresión de una intimidad en bruto y de estética amateur, a menudo circunscrita en la vida en los márgenes, que numerosos artistas se han esforzado en imitar. La exposición recoge a algunos de ellos, como el cotizado Ryan McGinley y el malogrado Dash Snow, fallecido por sobredosis en 2009 tras haber documentado un mundo de sexo, drogas y violencia.

Simon and Jessica Kissing in the Pool, Avignon, 2001. From: Heartbeat, 200001. Compiled 2012. Digital slide show. Soundtrack: Prayer of the Heart by John Taverner, performed by Björk and the Brodsky Quartet  Courtesy Nan Goldin.
Simon and Jessica Kissing in the Pool, Avignon, 2001. From: Heartbeat, 2000/01. Compiled 2012. Digital slide show. Soundtrack: Prayer of the Heart by John Taverner, performed by Björk and the Brodsky Quartet Courtesy Nan Goldin.

Otros reconocidos artistas, como Richard Billingham, Marilyn Minter o Mark Morrisroe, también fundamentan su trabajo en traumas familiares y descalabros sentimentales. Pero su exhibicionismo resulta hoy poco rompedor, tal vez porque el arte se ha visto aventajado por el fenómeno social en el que se inspiró. La británica Tracey Emin, una de las jóvenes airadas que zarandearon el arte de su país en los noventa, escandalizó al exponer su propia cama en la Tate Gallery, que ahora recrea en la muestra de Fráncfort. Reproducía el estado en el que se encontró durante la depresión suicida que sucedió a una de sus rupturas: las sábanas estaban manchadas por fluidos corporales y rodeadas de ropa interior usada, medias de color carne y un par de preservativos. En 1999 creó polémica, pero se diría que hemos visto cosas bastante peores en cualquier programa de telerrealidad. Solo algunos artistas, como el joven estadounidense Leigh Ledare, consigue hacer saltar las alarmas de la moral con su serie fotográfica en la que retrata a su madre practicando sexo con amantes a quienes dobla en edad. ¿La última frontera en materia de intimidad? “No está claro que exista una”, responde la comisaria.

La muestra concluye con un repaso a los artistas que se sirven de las nuevas tecnologías en su trabajo. Empezando por Ai Weiwei, que expone las más de 7.000 imágenes que publicó en su controvertido blog, con el que convirtió el exhibicionismo respecto a su cotidianeidad en arma de resistencia ante el implacable acoso del régimen. Pero también a artistas menos publicitados, como Laurel Nakadate, que se infiltró en dormitorios de adolescentes y las atosigó hasta conseguir que se desnudaran, tal como sucedería en cualquier página de contactos. Mientras tanto, Christian Jankowski reinterpreta con actores el diálogo por chat con el que rompió con su novia. Y Evan Baden pone en escena imágenes de alta carga erótica, protagonizadas por jóvenes que venden sus atributos en las redes sociales. Nadie parece forzarlas a descubrir sus vergüenzas e incluso parecen disfrutar con la operación. Para una joven generación que se cree desprovista de historia, el sinceramiento respecto a su intimidad ya no tiene nada de proyecto político. Un estudio reciente de dos investigadores en neurociencia de Harvard puede dar una pista para entenderlo. Concluyeron que compartir nuestra privacidad en las redes sociales activa el sistema de recompensa cerebral del usuario. Es decir, la misma zona en la que se genera la sensación de placer que comportan el sexo y las drogas. Si se encuentran en lo cierto, no es extraño que lo confidencial se haya convertido en prehistoria.

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