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OPINIÓN

Excelente Ozon y una ‘road movie’ tonta

Solo reconozco y agradezco una virtud a 'El muerto y ser feliz' y es que solo dura 90 minutos

El realizador, Javier Rebollo, posa junto a los actores, José Sacristán, y Valeria Alonso.
El realizador, Javier Rebollo, posa junto a los actores, José Sacristán, y Valeria Alonso. EFE

El director francés François Ozon siente vocación ancestral por las historias turbias, el psicologismo retorcido, los personajes con taras y enigmas inquietantes, el terror que amenaza a situaciones aparentemente cotidianas, las relaciones cruzadas. A veces ha resuelto esos jeroglíficos pasionales con eficiencia, le funciona el suspense, contagia al espectador el desasosiego de lo que está ocurriendo en la pantalla. En otras ocasiones todo obedece al disparate, su efectismo emocional resulta vacuo, lo que pretende que sea trágico resulta grotesco. En Dans la maison, los defectos de su cine están ausentes, ha conseguido una película misteriosa y excelente.

Adapta una obra de teatro que desconozco. Y el argumento es apasionante. Un profesor descubre entre las redacciones que le encarga a sus alumnos que hay una dotada con estilo poderoso. También de maldad, ya que se ceba con la personalidad de un compañero de la clase. El profesor previene al adolescente feroz sobre la corrosión que despliega, pero no puede evitar el morbo que le provocan las sucesivas crónicas de este sobre su víctima y la vida familiar de ese, gente de la burguesía más vulgar. La introducción a ese ambiente al parecer tiene una única meta, que es acostarse con la guapa madre de su compañero. Ni el profesor ni el espectador sabemos si esas redacciones obedecen a la ficción o a la realidad. Pero el juego que nos propone Ozon sobre la mezcla de mentiras y verdades tiene capacidad para engancharte perdurablemente. Paralelamente, esta historia se cruza con otra que retrata la vida marital del profesor, un hombre enamorado del arte clásico que observa el fraude pretencioso y banal que la peor modernidad intenta poner de moda en la galería de arte que dirige su esposa. Ozon crea una apasionante tela de araña, coronada con un final en estado de gracia. Todo resulta hipnótico y perturbador. Es una película que sigue dando vueltas en tu cabeza mucho tiempo después de que haya terminado.

La rumorología con buenas intenciones había propagado que la última película de Javier Rebollo no era tan hermética (el adjetivo es piadoso) como su cine anterior, que se trataba de una comedia negra con formato de road movie. O sea, que previsiblemente ocurrían cosas, algo que no pude captar en sus tan pedantes como infames Lo que sé de Lola y La mujer sin piano, de las que no conservo en mi memoria ni una sola de sus imágenes, pero sí el aburrimiento y la irritación que me provocaron. Esta incursión de Rebollo en ese cine de carretera que tradicionalmente acostumbra a ser entretenido se titula El muerto y ser feliz, enunciado que denota haberse estrujado el cerebro y vocación surrealista, pero que extrañamente me provoca tanta grima como los títulos esforzadamente líricos e intensos, aunque transparentemente cursis, de las películas de Isabel Coixet.

También deduzco que no será una road movie al uso, que no utilizará esos recursos tan facilones y convencionales de la narrativa tradicional, que habrá experimentalismo con la marca de la casa. Y así es. El deslumbrante hallazgo del guion consiste en que las voces en off de una mujer y de un hombre, en alguna ocasión mezcladas, nos van contando lo que van a hacer los personajes, piensan, sienten, recuerdan, viven y padecen antes de que ocurra. Se supone que la historia es trágica pero los narradores se encargan de aportar humor dadaista y sarcasmo. Con relativo éxito, ya que que había tres o cuatro personas que se partían de risa en la sala con esas ocurrencias geniales. Por supuesto, no se me ocurriría pensar algo tan vil como que ese jolgorio con claves lo protagonizaban los autores de la película o los amiguetes que jamás te dejan solo en ese momento tan tenso de los estrenos. ¿Y dónde está la gracia? Lo ignoro, pero seguro que existe. José Sacristán interpreta a un asesino profesional que ya es incapaz de cumplir sus encargos. Ocurre que está corroído por el cáncer, pero una enfermera muy mona que se resiste a enseñarle las tetas, aunque sí le hace pajas, le vende un cargamento de morfina para espantar provisionalmente al espantoso dolor. El terminal se embarca con su costroso coche en un viaje al final de la noche, a la nada, o a lo que decida el capricho de la guionista. Lo hace a través de carreteras secundarias de Argentina, paisajes desolados y hoteles de otra época. También se le agrega una dama de la que nos cuentan que es coja, aunque a los cinco minutos nos aclaran que no es coja, que era una broma. ¿Y qué hace el asesino canceroso? Nada particularmente fascinante para el espectador. Meterse picos de morfina en la barriga, fumar crack con la funda de un bolígrafo, machacarse el tabique nasal con cocaína cuando no hay posibilidad de encontrar jaco, cantar aflamencadas coplas, intentar recordar el nombre de la gente que mató, improvisar chistes, lo que se le ocurra caprichosamente sobre la marcha a los autores de este pretencioso e insufrible buceo en la nada. Sacristán hace lo que puede, que no es mucho, ya que nos enseñan todo antes de que pueda expresarlo. Y es tan generoso que se presta a enseñar sus genitales cuando se lo pide este director tan moderno que detesta todo lo que huela a convencional. Solo reconozco y agradezco una virtud a El muerto y ser feliz y es que solo dura 90 minutos. Se hacen larguísimos, pero podría ser peor si Rebollo hubiera decidido que necesitaba tres horas para transmitir su gratuito universo.