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Escribiendo con el móvil en las salas

Los exhibidores estadounidenses se plantean relajar los controles al uso de móviles

Una imagen de MovieMobile, festival de cine con cámara de móvil, organizado por el Ayuntamiento de Sant Feliu de Guíxols en 2008
Una imagen de MovieMobile, festival de cine con cámara de móvil, organizado por el Ayuntamiento de Sant Feliu de Guíxols en 2008

La CinemaCon en Las Vegas es –por así decirlo- una reunión de propietarios de cines estadounidenses. La verdad es que allí también pueden verse distribuidores y periodistas de todo tipo y pelaje así como los inevitables ejecutivos con ganas de saber qué se dice de sus películas. En este evento pueden verse avances de lo que –teóricamente- pondrá a reventar las salas en verano de 2012 y hasta imágenes de lo más esperado de 2013.

Así, el que haya seguido el asunto de cerca se habrá podido enterar de la cantidad de periodistas y exhibidores que habrían derramado lágrimas viendo el adelanto de Vida de Pi, de Ang Lee o de las bocas abiertas que dejó el remake de Desafío total o de lo contentos que estaban algunos con el primer test de El gran Gatsby, de Baz Luhrman, en 3D. Por otro lado, Scorsese daba la bronca a los señores propietarios por usar sus proyectores a mitad de potencia y ahuyentar a los espectadores con esa (patética) práctica de rebajar el impacto lumínico para ahorrar algo de pasta, y Pixar especulaba con la posibilidad de testar un nuevo sistema de sonido Dolby (el Atmos) en una quincena de salas aprovechando el estreno de su última criatura, Brave. A ver cómo va la cosa.

Sin embargo lo más polémico del megaevento llegó por otro lado: en primer lugar Warner ofreció las primera imágenes de El hobbit a 48 fotogramas por segundo (en lugar de los 24 acostumbrados), lo que no convenció a casi nadie por diversas razones y provocó la posterior respuesta de Peter Jackson para tranquilizar al personal. Esto por sí solo ya hubiera bastado para una crónica a lo gonzo de la convención (Internet, como viene siendo costumbre, se erigió en el juzgado universal donde se dictaba sentencia sobre los malditos 48 fotogramas por segundo), si no hubiera sido porque poco después tomaba el estrado una señora llamada Amy Miles. Miles es la presidenta de una de las cadenas de cines más importantes al otro lado del Atlántico (los Regal) y su conferencia sobre la asistencia a las salas (en franca bajada) se cerró con una observación/consejo que revolucionó a los cinéfilos de toda la vida: “Hay que permitir a los jóvenes que usen el teléfono móvil durante la proyección”. Para Miles el gran problema y la causa por la que los adolescentes han dejado de ir al cine es que “allí se sienten esposados” porque no pueden usar con libertad sus dispositivos móviles.

A continuación, el jefazo de los cines IMAX, Greg Foster, se ponía del lado de Miles. Foster, padre de un niño de 17 años, decía que a su hijo le molesta que no le dejen usar el teléfono en el patio de butacas y que creía que relajando los controles los chavales volverían al cine. Por último, Jeff Blake, un mandamás de Sony Pictures, argumentaba que quizás aquello serviría para que la juventud estadounidense volviera a abrazar los cines como lugar de ocio.

Las crónicas de lo sucedido después son bastante coincidentes en el sentido de que buena parte de la audiencia no pareció en absoluto disgustada con las ocurrencias de los antes citados ponentes. El único que saltó como un resorte fue Tim League, fundador y propietario de los archifamosos Alamo Drafthouse de Austin (que abrirán este mismo año en Nueva York), cines que son la quintaesencia de la cinefilia moderna y en los que el uso del móvil está vetado bajo riesgo de expulsión. En conversación telefónica con este periódico, League se reafirma en lo que ya dijo en Las Vegas: “Por encima de mi cadáver se van a usar los móviles para mensajearse en nuestros cines. Las salas –y eso es lo que muchos no parecen entender- son un lugar sagrado y hay que enseñar a los espectadores a comportarse en las mismas”. League, uno de los tipos más respetados por los amantes del séptimo arte en Estados Unidos, reconocía que es difícil predecir lo que va a pasar en el futuro: “Soy el primero que cree en introducir nuevos estímulos y considero absolutamente necesario innovar, ya que esa es la columna vertebral de este negocio. Ahora bien, no creo que dejar a la gente que envíe sms durante la función vaya a conseguir que más jóvenes acudan a las salas. Lo dudo mucho, la verdad”.

Algunas cadenas, como AMC, ya habían especulado con la posibilidad de acotar una zona para que los no pueden dejar de manosear el móvil ni durante dos horas se explayaran a gusto (previo pago de una entrada obviamente), y en el Reino Unido algunos exhibidores empezaban a promover sesiones donde el usuario podía enviar sus sms directamente a la pantalla, en lo que vendría a ser una experiencia interactiva. Para otros/as sin embargo la pesadilla de tener que aguantar las lucecitas y los ruiditos de rigor en lo que –en teoría- es una pacífica sala oscura se convierte ahora en algo tan tangible como el propio asiento numerado. Y es que estas ideas de bombero que surgen para taparse las vergüenzas (proyectores a medio gas, películas desenfocadas, precios irreales que no se mueven ni con las salas vacías, la estafa del falso 3D, etc) parecen asegurar un futuro negro para el último reducto de alegría cinéfila, donde el aficionado conseguía esconderse y darle esquivazo al mundo… El mundo les ha encontrado: llega con cobertura y a tope de batería.