¡Qué bello es emigrar!

En una de las secuencias de Almanya. Bienvenido a Alemania, un inmigrante turco, que en su niñez había soñado con una Alemania edénica poblada de inagotables botellas de Coca-Cola, se abraza a un inflable publicitario del refresco en los pasillos de un supermercado. En esa imagen están cifrados todos los problemas de la película que han firmado las hermanas Yasemin y Nesrin Samdereli (coguionista), movidas, por lo que parece, antes por el deseo de recibir una palmadita de Angela Merkel en el hombro que por la responsabilidad de hacer justicia a un proceso histórico —la difícil integración de los inmigrantes turcos en la Alemania Occidental del milagro económico— que inspiró obras tan insoslayables como el Cabeza de turco de Günter Wallraff.
Volvamos a esa imagen: en ella los ecos de ese Amarcord (1973) de Fellini empeñado en rescribir su propia memoria sentimental como mágico (y, en ese caso, poético) mundo de colores se diluyen en ese gesto tan propio de Amélie de proponer la imagen publicitaria como afirmación de una mirada amable sobre el mundo. En el resto del metraje, el espectador podrá reconocer latencias del impulso fatuamente carnavalesco del peor Kusturica e incluso ecos de esa Pequeña Miss Sunshine autoerigida en emblema del cine hecho para seducir, al precio que sea, al público global.
Almanya propone un doble viaje al origen, a través de la memoria oral e idealizada de quien fue el inmigrante 1.000.001 y del trayecto físico a una Anatolia que ha dejado de ser paraíso perdido. Esta ceremonia de la integración, donde el sentimentalismo mata toda ideología y la propia Angela Merkel comparece en calidad casi de hada buena, es cine seductor y virtuoso, una película llamativa y destinada a gustar, pero al servicio de una mentira.
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