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Tranströmer recoge el Nobel por su poesía de "imágenes translúcidas"

La ceremonia, celebrada en Estocolmo y protagonizada por el premiado en la categoría de literatura, se convierte en un alegato humanista

Tomas Tranströmer escuchaba en la ceremonia de entrega de los premios Nobel, recién terminada en Estocolmo, el elogioso discurso de su amigo de juventud, Kjell Espmark, miembro de la academia. Nunca parecieron cómodos ni él ni su poesía con las estrechas fronteras del frac y otros protocolos. Entonces, Espmark dijo "querido Tomas" para invitarle a recoger el galardón. Empujado sobre su silla de ruedas se encontró en el centro del escenario con el rey de Suecia. Y se liberó en su rostro una contagiosa carcajada.

El auditorio de la Sala de Conciertos de la ciudad estalló entonces en aplausos. Y por un momento parecía posible el triunfo de la literatura de un hombre solo, de un escritor ante las inmensidades más inmediatas: el yo, la realidad y la naturaleza. Alguien que a base de contarse a sí mismo, en un incansable "viaje al centro de las cosas", en las palabras de Espmark, ha conseguido explicarnos lo inexplicable, el mundo, a lo largo de medio siglo de poemas llenos de "condensadas imágenes translúcidas", como las describió el fallo del jurado.

Tres físicos enfrentados a la inasible certeza de que el universo se expande más rápido de lo que creíamos; un químico perdido al final de su microscopio de electrones en un mundo desconocido de microcristales; dos profesores en busca de explicaciones al comportamiento del desempleo en las agitadas aguas de la macroeconomía que todo lo decide; y un grupo de médicos que estudian el sistema inmunológico, en guerra contra el mayor de los ejércitos, los virus, completan la nómina de los laureados de unos premios que este año han compuesto el relato de un inesperado alegato humanista. En realidad, para entonces la música ya sonaba familiar. Por la mañana, las liberianas Ellen Johnson Sirleaf y Leymah Gbowee y la yemení Tawakkol Karman habían llegado a Oslo para recibir el Nobel de la Paz en nombre de todas aquellas mujeres que se engrandecen cada día para enfrentarse al monstruo gigantesco de la desigualdad y sus infinitos tentáculos.

Fue Sven Lidin, académico de la ciencia encargado de presentar el premio de Química al profesor Dan Shechtman, quien citó una metáfora newtoniana para subrayar el alegato: "Somos como enanos a hombros de gigantes, de manera que podemos ver con más claridad que ellos y adivinar cosas a una mayor distancia". Acaso no por casualidad, uno de los momentos más emotivos de la ceremonia, por lo demás marcada al milímetro por las intervenciones de la Real Filarmónica de Estocolmo y la soprano Paulina Pfeiffer, tuvo que ver con la más tozuda de las contingencias humanas. Llegó durante la recepción del Nobel de Medicina, compartido por los profesores Bruce Beutler, Jules Hoffman y Ralph Steinman. El último estuvo representado por su viuda; Steinman murió pocos días antes de darse a conocer la distinción. Investida de la dignidad del luto, recogió el premio quién sabe si con la certeza de lo inútil de dejarse cegar por la vanidad los reconocimientos.

Eso parecía aconsejar también la burlona sonrisa que Tranströmer dirigía al auditorio y que ha marcado el fin de la ceremonia sobre el fondo de una pieza de Hugo Alfvén. Los 1.500 invitados se han dirigido al "solemne banquete de gala", que se celebra hasta pasadas las 22.00, prestos a descifrar la segunda incógnita del día: la configuración del menú, elaborado por chefs de renombre, con el que serán obsequiados. La primera fue el color de las 8.000 flores (lirios, rosas o jacintos amarillos, rojos, y naranjas) que envía cada año la provincia italiana de Imperia, donde murió Alfred Nobel, inspirador de los galardones, tal día como hoy hace 115 años.

Por lo demás, el día había amanecido exactamente como lo había imaginado en 1954 Tranströmer, poeta de la premonición que escribió sobre la parálisis del lado derecho de su cuerpo 16 años antes del derrame cerebral que le provocó la afasia. Fue en Epílogo, último de los 17 poemas de su primer libro: Diciembre. Suecia es una extenuada / barca en tierra. Sus ásperos mástiles, / contra el cielo del anochecer.

De esa oscuridad invernal tantas veces descrita por Tranströmer surgieron los helicópteros, que permanecieron todo el día suspendidos sobre la ciudad, quietos como libélulas atónitas, mientras los agentes peinaban con sus perros las zonas sensibles, como las inmediaciones del Palacio Real, en la parte vieja, o en torno al Ayuntamiento, en cuyo salón azul, que es rematadamente rojo, se celebra anualmente el banquete. Esta vez era algo distinta: varias manifestaciones se convocaron simultáneamente a favor y en contra de que "Suecia sea solo para los suecos" y obligaron a los caminantes a dibujar grandes rodeos para sortear los cordones policiales.