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Crónica:

El Pele pone en pie al público del Canal

El cantaor cordobés protagoniza a la segunda noche del XVII Festival Flamenco Caja Madrid junto a Marina Heredia y María José Pérez

Manuel Moreno Maya, El Pele, cantaor cordobés de trayectoria irregular, puso anoche patas arriba con su cante los Teatros del Canal. El cordobés se entregó a un público que se mostró un tanto frío hasta la actuación del último cantaor. Fue el broche a una noche llena de buen cante y muchos nervios, que arrancó con una joven promesa, la almeriense María José Pérez y que, antes de El Pele, mostró también el arte de otra cantaora joven y ya consagrada, la granadina Marina Heredia. Con el recital de anoche y después de dos jornadas de festival, queda confirmada la impresión de que los protagonistas de esta edición son los jóvenes, cantaores de mucha capacidad que aseguran el futuro, en permanente cuestionamiento, de este arte.

Después de una primera jornada de lleno total, anoche la sala B de los Teatros del Canal presentaba algunas filas vacías y los comentarios sobre la incomodidad de los asientos comenzaban a sonar en el ambiente tan sólo unos días después de la apertura del espacio. Las butacas de patio, demasiado juntas entre ellas. La balconada, con una valla metálica demasiado alta que impide la correcta visión del escenario.

Nada de esto impidió que los cantaores dieran lo máximo de sí mismos. María José Pérez, una joven almeriense finalista en el concurso de cante del Festival de las Minas de La Unión en 2002, fue la encargada de abrir el fuego junto al guitarrista Miguel Ochando. Lo hizo elegante, vestida de negro y verde, con una malagueña rematada en un tango granadino que luego repetiría en un cante soberbio Marina Heredia. Tiene la joven cantaora de 24 años una voz poderosa que maneja a su antojo. No necesita cantar con el gesto ni manejando las respiraciones. Todo su poder está en su voz, que suena a antigua, que recuerda a la de otras grandes cantaoras como La Paquera en sus bulerías de cierre y que se mostró más caracolera o más preciosista en otros cantes, como las malagueñas del arranque. Cantó también por alegrías, una soleá correcta que seguro crecerá con la cantaora, unas bulerías en las que incluyó la copla Mi niña Lola y que cerró de pie, cantando sin micro, en un alarde de voz.

La granadina Marina Heredia tomó el relevo y entró con el Pregón del Uvero, también de pie, también sin micro, vestida de oro y negro y con un mantón color chocolate que le daba una estampa majestuosa y le hizo llenar el espacio con su imagen además de con su voz. Estuvo acompañada por las guitarras de José Quevedo Bolita y Luis Mariano, y los coros gitanos y palmas de Anabel Rivera Mora y Reyes Martín Figueres. Cantó por alegrías y se exhibió en la soleá, en la que estuvo doliente, contenida en las notas más bajas, doliente en las más altas. A pesar de ser una cantaora joven, está ganando madurez en su voz y en su cante, que maneja con más soltura, pese a los nervios que dijo sentir en su saludo al público tras el pregón. En el cante por malagueñas estuvo soberbia, se entretuvo en los tercios disfrutándolos, saboreándolos, también el remate por los tangos que ella domina como ninguna. Luego cantó por tangos, en los que quiso exhibirse y logró una cerrada ovación del público. El cierre, descalza, de pie, arrancándose casi a bailar, lo puso por unas bulerías que dejaron con ganas de más.

Por fin, El Pele salió "con ganas de cantar", según dijo varias veces. Cantó por malagueñas rematadas en verdiales, una soleá apolá (que quiso dedicar "a los buenos aficionados"), alegrías y bulerías (en las que llegó a meter la letra de la copla María de las Mercedes con mucho acierto en la interpretación) y lo hizo todo a su aire, gustándose, arrebatado, casi como poseído, y añadiendo toda la expresividad de su gesto, de su cuerpo retorcido en la silla, a la potencia de su voz. La guitarra de Patrocinio Hijo estuvo atenta, dándole espacio a los cambios del cantaor. El Pele se encontró a gusto anoche en el escenario. El público le pedía que cantase todo tipo de palos, y él disfrutó del momento. Lo dijo varias veces. "Que no se acabe esto nunca, que es lo más bonito del mundo, nuestro flamenco", decía, y el público se lo agradeció. Los oles y los aplausos que rompían los cantes fue la constante en el último tramo del recital.