Alarma social por el aluvión de plantas de biogás: ¿cómo diferenciar los proyectos buenos de los que no lo son?
Aunque pueden reducir el impacto de los residuos orgánicos, estas instalaciones generan posturas encontradas incluso dentro del ecologismo


La alarma social generada por el aluvión de nuevos proyectos de plantas de biogás y biometano en toda España está llevando a una situación inesperada: aunque teóricamente estas instalaciones que generan una energía renovable a partir de la descomposición de residuos orgánicos suponen diferentes beneficios ambientales en la reducción de emisiones y el tratamiento de los residuos, cada vez es mayor el rechazo no ya a las plantas mal diseñadas o mal planteadas, sino a todas en general.
El asunto ha adquirido tal complejidad que la propia organización Ecologistas en Acción ha sacado de forma reciente una guía con pautas para evaluar estas plantas, recomendando “analizar caso a caso”. “No estamos en contra de la tecnología, sino de los malos proyectos”, explica Marina Gros, representante de Ecologistas en Acción, que también reconoce que “existen discrepancias dentro de la organización porque hay debate, hay visiones diferentes”.
Estas instalaciones consisten en grandes tanques cerrados (digestores) donde se descomponen de forma anaeróbica (sin oxígeno) desechos orgánicos de la agricultura, la ganadería, la industria alimentaria, las depuradoras, la recogida urbana... De esta forma, se obtiene gas y queda una materia (el digestato) que puede emplearse como fertilizante. En Europa hay más de 19.000 plantas que producen biogás (una mezcla de metano y CO₂ usada para generar calor o electricidad) y unas 1.700 de biometano (metano de alta pureza que se inyecta directamente a las redes de gas natural). En España, ha sido un sector muy minoritario, hasta ahora. De pronto, existen más de 200 proyectos pendientes de conseguir luz verde de las administraciones, si pasan los procesos de evaluación ambiental. Sin embargo, al mismo ritmo que aparecen planes de nuevas instalaciones, también surgen plataformas en contra.
Una de las voces más críticas es la del biólogo Fernando Valladares, investigador del Museo Nacional de Ciencias Naturales, que realiza una enmienda a la totalidad: “Con la escasa experiencia en España, y en general, con plantas de tamaño medio o grande de biogás, lo que se está proponiendo es una locura, y sin un mínimo de planificación territorial”. “Las plantas de biogás no son economía circular; la fermentación no hace desaparecer los residuos, de los miles de toneladas que entran en una planta, solo te quita el 5%”, argumenta. “Es greenwashing [lavado verde]”.
Para Xavier Flotats, profesor emérito de Ingeniería Ambiental de la Universidad Politécnica de Catalunya, que lleva 45 años en el sector, este rechazo generalizado constituye ”una contradicción extraordinaria”. “Para algunos activistas, es mejor que un vertedero esté emitiendo metano a la atmósfera antes que llevar los residuos a una planta de biogás para hacer algo provechoso con ellos”, se queja este especialista, que asegura que aunque la materia que sale de las instalaciones sea en peso el 95% de la que entró, su composición es muy distinta, convirtiéndose en un producto más mineralizado.

Flotats tiene claro que no todos los casos son iguales. Para él, la oposición a estas plantas tiene que ver con la forma de actuar de algunas empresas promotoras, “que están acostumbradas a presentar un proyecto a la Administración para que les den permiso sin pisar antes el territorio y hablar con la gente”. Pero, al mismo tiempo, responsabiliza a un sector del ambientalismo de alimentar el rechazo para impedir el lavado de cara de la ganadería industrial, por la reducción del impacto de sus desechos que puede implicar. “Si estos residuos ganaderos se utilizan para fabricar biogás, se evita que estén almacenados en balsas en las granjas emitiendo metano”, señala.
Para Valladares, esta es una cuestión capital. “No se pueden entender las plantas de biogás sin las macrogranjas industriales de aves, cerdos y vacas”, un modelo de producir carne que, a su juicio, “no necesitamos”. Y aboga por cerrar estas explotaciones ganaderas. Pero también cuestiona los proyectos gasistas que utilizan desechos que nada tienen que ver con animales, incluso algunos innovadores con patente española que aprovechan la paja de cultivos de arroz que hoy se quema en el campo, con un gran impacto en el entorno de la Albufera de Valencia. “Esto no es basura, es mejor triturarlo y usarlo directamente como enmienda orgánica [para mejorar los suelos]”, defiende. “Por resumirlo, las únicas plantas viables son pocas, pequeñas y seguras, pero esto es muy caro”, concluye Valladares. “No tiene sentido analizar cada caso por separado, el problema es el modelo. No hay mierda para tanto gas”.
Discernir entre proyectos sostenibles y los que no lo son
Como señala Marina Gros, en Ecologistas en Acción no ven problema al proyecto de la paja de arroz. Según su documento “para saber discernir entre los proyectos sostenibles e insostenibles”, resulta clave ubicar las plantas cerca de los residuos, “en un ámbito comarcal para evitar los desplazamientos”, con un suministro estable, continuo y asequible de materia prima. La guía de esta organización se fija en el tamaño, pero no establece un criterio, y recomienda plantearse preguntas como: “¿Responde el proyecto a la necesidad de gestionar mejor residuos que ya hay en la zona?”. Asimismo, también recalca la importancia de que el material resultante del proceso de descomposición de los residuos, el llamado digestato, sea luego aprovechado como fertilizante, para que haya “una economía circular”.
“Nos estamos encontrando proyectos que compiten entre ellos en una misma región por los residuos”, incide Gros. “También vemos muchas plantas muy grandes previstas cerca de gasoductos y no de los residuos”, asegura la activista. Otro de los puntos centrales para Ecologistas en Acción es el tipo de desechos que se utilicen. Las opciones mejor valoradas son los lodos de depuradora y los restos biodegradables que van a vertedero. Y las que peor: los cultivos intermedios (especies vegetales sembradas entre cosechas principales para proteger el suelo), y los purines (orina y excrementos del ganado) y demás residuos ganaderos.
“Sabemos que la ganadería industrial no es sostenible a largo plazo, ni dietéticamente, ni por una cuestión climática, ni nada”, defiende Gros. “Aunque estos residuos sean ahora un problema, no podemos depender de ellos, porque entonces nos estaríamos obligando a producirlos”, señala la ecologista, que cree necesario un mayor esfuerzo para reducir la producción de los desechos en general.
En las plantas de biogás, la descomposición anaerobia (sin oxígeno) de la materia orgánica se produce en digestores cerrados, por lo tanto, si está bien construida, no debe haber malos olores durante la fermentación. No obstante, el profesor Xavier Flotats considera que un aspecto determinante para diferenciar este tipo de instalaciones es cómo están diseñadas las entradas y cómo se realiza la recepción de los residuos para evitar molestias a las poblaciones cercanas. “Una planta en la que la recepción sea tirar los desechos a una fosa de hormigón es un desastre”, recalca el ingeniero. “El vaciado de los residuos debe ser en circuitos cerrados: cuando son líquidos, enganchándose a una tubería que vaya a un depósito herméticamente cerrado, y cuando son sólidos, se mete el camión dentro de una nave, se cierra esta, se pone en marcha el sistema de tratamiento de aire y, solo entonces, se descarga”.
Para este experto, los proyectos que están pidiendo permisos sin decir qué harán con el digestato “no deberían ni presentarse”. Además, cuenta que al salir el digestato todavía está caliente y puede producir emisiones de metano residuales. Por ello, como recalca, “por toda Europa lo que se está haciendo cada vez más es cubrir el digestato y recuperar este metano residual, lo que aumenta la producción de gas y evita también malos olores”.
En cuanto al tipo de residuos, el ingeniero considera un sinsentido la oposición al aprovechamiento de desechos ganaderos que generan emisiones en la actualidad. “Si preocupa la insostenibilidad de la ganadería industrial, el centro del problema sobre esta cuestión es nuestro sistema alimentario, la discusión debería estar ahí, no en el biogás”, defiende.
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