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Hablan los científicos que quieren emigrar a España por Trump: “Tengo miedo al fascismo”

Centros punteros de Barcelona y Madrid reciben decenas de solicitudes de investigadores en Estados Unidos

A protest in Boston in early March in support of science following Trump's budget cuts.
Nuño Domínguez

En las últimas semanas, algunos de los centros de investigación más punteros de España han recibido decenas de solicitudes de científicos en EE UU que quieren mudarse a Europa huyendo de las políticas de Donald Trump. Este diario ha recabado varios de sus testimonios.

Ray Brown [nombre supuesto] es un biólogo molecular de 50 años que lleva buscando trabajo en Europa desde que Donald Trump ganó las elecciones, el 6 de noviembre. “A mi alrededor, todo el mundo habla de irse”, explica este jefe científico que dirige un equipo de nueve personas en una prestigiosa universidad de la costa este. Habla con EL PAÍS con un nombre ficticio por miedo a represalias contra él y su familia.

“Mi esposa es de ascendencia china”, explica. “En algún momento, los trumpistas irán a por las personas de origen étnico chino. Ella nació en Estados Unidos y es ciudadana estadounidense, pero ya no creo que eso nos proteja”, explica. “No veo muy probable que me deporten a mí, pero sí que si leen mi nombre me cancelen la financiación [tiene dos proyectos pagados por los Institutos Nacionales de Salud (NIH)] y también la de toda mi institución. Esos son mis temores. Supongo que realmente tengo miedo al fascismo”, reflexiona.

De la NASA a los NIH, pasando por las universidades más prestigiosas del país, existe terror a hablar por miedo a perder el trabajo o que el Gobierno la emprenda contra la institución a la que pertenecen, como ha sucedido ya con Columbia. Este campus neoyorquino que fue muy crítico con la invasión israelí de Gaza se arriesgaba a perder unos 400 millones de euros de financiación federal si no se plegaba a las peticiones del Gobierno de Trump, lo que ha acabado haciendo, a pesar de tener un presupuesto total de más de casi 15.000 millones con el que podría haber plantado cara. Otros campus han sufrido deportaciones de profesores y recortes de decenas de millones por sus programas de inclusión de personas transgénero.

Protesta de científicos tras los recortes anunciados por Donald Trump en Nueva York, el 7 de marzo.

Brown habla de las razones que le empujan a buscar trabajo en Barcelona, Copenhague u Oxford, incluso cobrando un tercio de su salario actual. “Los fascistas odian a las personas con educación y tratan de destruir el sistema educativo en los países que controlan”. “Es lo que estamos viendo en los ataques de Trump a las universidades y en todas sus políticas relacionadas con los Institutos Nacionales de Salud [NIH]”.

El NIH es el mayor organismo público de investigación del mundo. Cada año dedica unos 40.000 millones de euros a financiar grupos de investigación de todo el país, y también del extranjero. Es una de las agencias federales más castigadas por la incertidumbre y los recortes impuestos por Trump. “La financiación de costes indirectos ha caído del 60% al 15%”, explica Brown. “Las universidades ya afirman que pierden dinero con la investigación básica, porque no pueden pagar el coste de personal y de administración. Sé de varias instituciones que no podrán sobrevivir mucho tiempo”, alerta. La universidad en la que trabaja es una de las muchas que han paralizado por completo la entrada de nuevos alumnos este año; toda una promoción en el alero.

El investigador cree que miles de científicos de alto nivel perderán sus empleos, y muchos no tendrán cabida en Estados Unidos, especialmente los que no sean hombres blancos, los gais y otras minorías. “Dentro de cinco años ya no quedará investigación básica en Estados Unidos. Va a haber una enorme oleada de solicitudes en Europa”, asegura.

Un segundo científico de prestigio que ya tiene un pie en Europa advierte: “Las cosas aquí están mucho peor de lo que pensáis los europeos”. Los que más van a sufrir son los más jóvenes, que no tendrán otra salida que emigrar, advierte. Paradójicamente, los portavoces del primer movimiento científico que salió a las calles para protestar contra Trump son todos estudiantes jóvenes que no tienen miedo a dar sus nombres.“Es una tragedia para Estados Unidos y una gran oportunidad para Europa”, considera este segundo investigador, con décadas de experiencia en lo más alto de su campo. No quiere dar su nombre por miedo al impacto en su universidad, una de las más prestigiosas de la costa Oeste, y en su familia. Los “paralelismos” entre el Gobierno de Trump y el auge del nazismo en Alemania en el siglo XX son “asombrosos”, razona. “Mi mujer es muy activa en política, y además es judía. El hecho de tener ya un visado de trabajo y poder mudarnos rápidamente a Europa era muy importante para mí. En Alemania, si eras judío y te lo pensabas demasiado, ya era demasiado tarde”, añade.

The American computational biologist Adam Siepel, together with the rest of his research team.

Adam Siepel, bioinformático del Laboratorio Cold Spring Harbor de 52 años, es uno de los pocos entrevistados que accede a dar su identidad real. Todavía no ha decidido si se mudará a Europa, pero está buscando opciones en Barcelona. “Tenemos miedo a decir cualquier cosa que pueda convertirnos en blanco de represalias”, reconoce. Pero “al mismo tiempo, es muy importante que el mundo sepa lo que está ocurriendo”. El científico, que lidera un grupo de nueve personas, dice que los recortes anunciados por Trump tendrán consecuencias “devastadoras”. “Cuando los políticos dicen que estamos en una carrera contra China por la supremacía científica, les tomo la palabra, porque creo en la importancia de la preeminencia científica para una sociedad libre y democrática”, explica. “Por eso no puedo entender por qué están tomando medidas que, en la práctica, desmantelarán la mayor infraestructura científica del mundo. Y puede que se sorprendan al ver lo rápido que todo esto se pierde, porque la ciencia es altamente internacional y móvil. Muchos científicos ya viven lejos de sus hogares y han hecho sacrificios personales para dedicarse a la ciencia. Si Estados Unidos no está dispuesto a apoyarlos, se irán a otro lugar. El liderazgo científico de Estados Unidos podría evaporarse sorprendentemente rápido”, alerta.

Todo este miedo y malestar empieza a llegar a Europa. El Centro de Regulación Genómica de Barcelona (CRG) ha recibido una docena de solicitudes de científicos en Estados Unidos en unas pocas semanas, algunas de ellas de alto nivel. El Instituto de Investigación Biomédica (IRB) de la misma ciudad, unas 10. El Centro Nacional de Supercomputación, al menos cinco. Se trata sobre todo de científicos del área de biomedicina que se concentran en instituciones de Barcelona y Madrid, explican desde Somma, la alianza de centros de investigación más punteros del país.

“Nos contactan investigadores con financiación del NIH y del Departamento de Defensa que tienen los fondos congelados”, explica el biólogo madrileño Luis Serrano, director del CRG. En su mayoría son europeos que se marcharon a Estados Unidos, aunque también hay estadounidenses, entre ellos Brown. “La última vez que se planteó algo así fue tras la caída del Muro de Berlín, pero la mayoría de científicos potentes se marcharon a Estados Unidos”, advierte Serrano, que ha sido un visible representante de la comunidad científica española. El científico cree que España debería hacer un esfuerzo presupuestario para atraer este talento. “Con unos 200 millones de euros podemos traer a unos 30 científicos de primer nivel. Solo falta voluntad política”, aventura.

El bioquímico Francesc Posas, director del IRB, destaca: “Estamos recibiendo muchas más solicitudes de la que esperaríamos, gente muy potente, algunos excepcionales en su campo”. Esta situación es consecuencia directa de las políticas de Trump que está haciendo “implosionar” muchos laboratorios del país, razona. El investigador coincide en que es el momento de aprovechar el tirón con más presupuesto y coordinación: “Los centros más punteros pueden atraer a estos científicos con programas ya creados, pero hace falta darles recursos adicionales. Necesitamos una estrategia de país”, destaca.

España es uno de los 10 países que han pedido a la Unión Europea que pase a la acción en este terreno con un plan coordinado y más financiación. La Comisión Europea ya está trabajando en ese proyecto y quiere duplicar el presupuesto existente para fichar científicos extranjeros de primer nivel con un ojo puesto en el bum de talentos que emigren de Estados Unidos, como publicó EL PAÍS. No se trata solo de más dinero, también de facilitar los visados, por ejemplo.

La física teórica Gilly Elor, en el acelerador de partículas KEK, en Japón.

España ya está cerrando acuerdos con al menos ocho científicos en Estados Unidos o de origen estadounidense para que muden sus investigaciones a nuestro país. Lo hace gracias al programa Atrae, que aporta ayudas de entorno a un millón de euros por candidato. El programa ha permitido repatriar a investigadores españoles, como la astrónoma española Noemí Pinilla, o acoger a estadounidenses, como la hidróloga estadounidense Audrey Sawyer. El año pasado, se dedicaron 30 millones de euros a este programa, y en 2025 el Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades que dirige Diana Morant quiere aumentar el presupuesto. Pero el programa no siempre funciona.

La física teórica Giily Elor, nacida en California hace 40 años, recibió en noviembre una buena noticia: le habían dado una ayuda Atrae. Cuatro meses después, la científica asume que nunca podrá venir a España. Elor explica por videoconferencia que no ha conseguido establecer una vía de comunicación estable con los gestores de la ayuda, que le dicen que hay un problema con su visado. “La única opción que me queda es contratar a un abogado para que se haga cargo del papeleo, y no tengo dinero para esto”, confiesa. Su caso es especialmente sangrante, pues Elor ya perdió un contrato Ramón y Cajal para establecerse en Madrid, en este caso porque las autoridades españolas no reconocían su título de doctora, emitido por la prestigiosa Universidad de California en Berkeley. El proyecto de Elor es demostrar con aceleradores de partículas una explicación para un pequeño desequilibrio entre partículas elementales de materia y antimateria que permitieron que el Universo pueda existir. Es una investigación arriesgada que de confirmarse significaría probablemente un premio Nobel. La investigadora espera que contando su historia pueda solucionarse el problema antes de la fecha tope para venir a España, en septiembre. ¿Y qué opina de las políticas de Trump? “Dado que es muy posible que tenga que quedarme en Estados Unidos, no voy a hacer ningún comentario”, contesta.

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Sobre la firma

Nuño Domínguez
Nuño Domínguez es cofundador de Materia, la sección de Ciencia de EL PAÍS. Es licenciado en Periodismo por la Universidad Complutense de Madrid y Máster en Periodismo Científico por la Universidad de Boston (EE UU). Antes de EL PAÍS trabajó en medios como Público, El Mundo, La Voz de Galicia o la Agencia Efe.
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