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UNA REVISIÓN SIN COMPLEJOS OPINIÓN i

No había podido dormir

El primer presidente de la Junta de Andalucía recuerda cómo se gestó el referéndum del 28-F

Niños, jugando con una bandera andaluza tras una manifestación de jornaleros en El Coronil (Sevilla) en 1983.
Niños, jugando con una bandera andaluza tras una manifestación de jornaleros en El Coronil (Sevilla) en 1983.

No había podido dormir. Sabía que estábamos ante una jornada trascendental para el futuro de Andalucía. Y me venían los recuerdos de aquella entrevista en la Moncloa con Suárez, en la que literalmente le arranqué una fecha para el referéndum que lo hiciera ya inevitable, y mi exclamación cuando todavía no habíamos abandonado los jardines de la Presidencia: “Qué gol le he metido”, fue la respuesta que le di a mi colaborador Enrique García, que me miraba con ansiedad para conocer el resultado del encuentro. Me venían las imágenes de los pueblos andaluces en los que cada casa era una bandera de Andalucía, de los autobuses y coches con la verdiblanca ondeando, de los mítines multitudinarios con los corazones estallando de entusiasmo e ilusión, de esperanza y rebelión ante siglo y medio de injusticia y abandono. Las caras de mis paisanos, las miradas confiadas y determinadas a luchar por su futuro. La huelga de hambre que hice como protesta ante todos los obstáculos que el Gobierno estaba poniendo para impedir la campaña por el Sí. Recordaba todo eso. Lo que habíamos puesto en marcha era muy serio y los andaluces lo habían hecho suyo. Sabía que nos esperaba un camino tan difícil como el que nos había traído hasta aquí. La responsabilidad era grande, y yo me había comprometido en primera persona.

Aquel día llovió en Almería, la provincia en la que había más dificultades para que triunfara el Sí. El censo, absolutamente desviado de la realidad, empezaba a hacer de las suyas, y yo mismo no aparecía en el listado de la mesa en la que me correspondía votar, y sí aparecía mi hija Patricia, de seis años. Cualquier persona fallecida que figurara en el censo era un voto en contra, ya que se necesitaba la mayoría de síes sobre el total de los censados. Por eso dije: “Este es el único referéndum en el que los muertos votan y los vivos tenemos dificultades para hacerlo”. Pero nada de eso me desanimaba.

Mi fuerza estaba en los andaluces

Mi convicción personal era que Andalucía ganaría. Todo parecía estar en contra, hasta la redacción malintencionada del texto que aparecía en la papeleta de voto pretendía confundir, todo el potentísimo aparato de comunicación del Estado, con su TVE, sus periódicos, su influencia en los medios privados, habían jugado fuerte hasta el final. Pero primaba lo que yo había encontrado en mi cercanía con los andaluces, lo que me transmitían en cada mitin o en cada paseo, que no se iban a dejar engañar, y que habían entendido lo trascendental del momento. Yo había tratado de evitar hacer uso en lo posible de lo emocional en mis mensajes, para centrarme en lo que estaba en juego, en el lugar que Andalucía tenía que ocupar en el diseño territorial del Estado, nunca por debajo de ninguna otra, y que eso sería para siempre, una conquista política sin caducidad. Y no podíamos perder. Por eso, cuando Felipe [González] me llamó a media tarde para decirme que un sondeo del PSOE daba que ganaríamos el referéndum no me mostré sorprendido. Faltaban pocas horas para que el Casino de la Exposición de Sevilla se convirtiera en el escaparate de lo que esa noche se viviría en toda Andalucía.

Las primeras noticias vendrían desde fuera, ajenas al aparato de seguimiento de la Junta. Ya a las 11.30 de la noche TVE daba por perdido el referéndum en cinco provincias. En esos momentos volvía a sentir la rabia que me había acompañado durante la campaña por tanto intento de engaño. Mi confianza en la victoria se mantenía intacta. Y crecía cuando en la pizarra del Casino, donde los resultados se iban apuntando a mano, Cádiz era la primera provincia en superar el listón del 50% y el Sí triunfaba. Reafirmación en que se podía conseguir. Orgullo de pertenecer a un pueblo que se había empeñado en defender su dignidad y cimentar su futuro. El principal apoyo me llegaba de los andaluces congregados en el Casino, sus gritos de entusiasmo, su fuerza cantando una y otra vez el himno de Andalucía. Me imaginaba una Andalucía viviendo la histórica noche en ese mismo sentimiento de lucha ganada, de esperanza. Y tenía claro que ya habíamos ganado. Luego los resultados que iban llegando traerían la decepción formal del pinchazo en tres provincias, pero se corrigieron en horas los resultados de Málaga y Jaén, y finalmente solo se perdió en Almería. Para mí habíamos ganado. Y sabía que los andaluces no admitirían nada en contra de esa voluntad política nítidamente expresada en el referéndum. Se instalaba en mi conciencia un nuevo compromiso personal, el de defender esa voluntad, sin que fuera adulterada lo más mínimo. Me sentía en la obligación y con la determinación de hacerlo. Y cuando en el Congreso se plantaban fórmulas intermedias, una alusión me dio la oportunidad de subir a la tribuna para expresarlo con rotundidad: “Mientras sea presidente de la Junta de Andalucía y cuente con la mayoría en la institución, Andalucía solo accederá a la autonomía por el artículo 151 de la Constitución”. Se encontró la fórmula legal, y Andalucía quedó equiparada para siempre con las nacionalidades históricas. Las banderas siguieron un tiempo colgadas en los balcones. Estoy convencido, como aquel día lo estaba de que ganaríamos, que ahora esas banderas están cuidadosamente guardadas por si hay que volver a sacarlas.

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