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UNA REVISIÓN SIN COMPLEJOS OPINIÓN i

Insubordinada como quien más

La periodista y presidenta de la Fundación José Saramago recuerda cómo se implicó en el referéndum con el que se consiguió "que se nos descubriera y respetara como pueblo"

Toma de posesión de Rafael Escuredo, primer presidente de la Junta de Andalucía, el 4 de agosto de 1982.
Toma de posesión de Rafael Escuredo, primer presidente de la Junta de Andalucía, el 4 de agosto de 1982.

No fui ni imparcial ni independiente: en el referéndum del 28 de febrero de Andalucía milité como profesional del periodismo y como ciudadana, categorías, por cierto, que nunca he sabido separar, ni he querido. En aquellos tiempos tampoco pude entender el furor desencadenado en ciertas instancias del poder central contra la consulta. Recién llegados a la democracia como sistema, entendía como una consecuencia lógica que los ciudadanos pudiéramos opinar directamente sobre algunos asuntos, no siempre a través de nuestros representantes.

El referéndum por el grado de autonomía —y de responsabilidad— de que nos íbamos a dotar me parecía cuestión más que justificada para intervenir, así que me alcé en ira cuando oí decir, desde el poder central, que este no era nuestro referéndum, que no era necesario que opinara como andaluza, si ya alguien velaba por mí. Entonces pedí un mes libre en la radio en la que trabajaba y me fui a colaborar con los organizadores del referéndum en la Junta de Andalucía desde el gabinete de prensa. Se trataba de hacer circular, en tiempos sin Internet, las noticias que se producían en una comunidad levantada, la emoción de las personas en la calle, las banderas verde y blanca de las ventanas, los poemas de gente anónima y los recitales de la élite cultural. También de encontrar firmas nacionales —se encontraron— que apostaran por la autonomía que establecía el artículo 151 de la Constitución para esta tierra del sur, condenada por intereses ajenos a la identificación con los valores más rancios, nunca con la libertad, que sin embargo era una vivencia real, como quedó demostrado.

Teníamos que hacer que se nos descubriera y respetara como pueblo y lo conseguimos, vaya si lo conseguimos: de la pandereta pasamos a la insubordinación. Fuimos ejemplarmente democráticos. No quemamos contenedores de basura para protestar, simplemente acudimos a las urnas sin que nadie se quedara atrás. No era orgullo, era responsabilidad: fuimos atacados con una campaña necia por el Gobierno central y sus palmeros de otras instituciones públicas y privadas, medios de comunicación incluidos, intentaron cortarnos alas con obscenidad manifiesta y se encontraron con un pueblo señor de su tiempo, no manijero de nadie, principal como todos, como el que más.

Hablamos con voz clara y rotunda, el 28 de febrero fue un día de emoción en cada casa y en cada calle. Nunca más se vio a vecinos ayudándose de esa manera para ir a votar, jóvenes ofreciéndose para acompañar a mayores, enfermos buscando medios para acercarse a las urnas y encontrándolos, alegría y furia en la voz de Carlos Cano, la voz de ese día sonando en coches tan engalanados de blanco y verde como los balcones de mi calle, verde esperanza, verde obstinado. Las llamadas que ese día llegaron a mi lugar de trabajo todavía me estremecen. No era un artículo de la Constitución lo que se sometía a consulta, la pregunta de la papeleta, escrita en sánscrito por alguna lumbrera que se creyó magnifica, importaba poco, lo realmente grande, y que hizo grande ese día, fue que millones de personas dijeron, frente a tantos poderes sabiondos, que “en mi hambre mando yo”, y la autonomía era una forma posible de combatir males endémicos, causantes de tanta postración secular.

El 28 de febrero del año de gloria de 1980 entramos en el club de las comunidades históricas por voluntad propia, construimos historia en el presente y, de tal manera lo hicimos, que el poder central tuvo que aceptar la grandeza del acto democrático, reformar leyes, aplicar insólitos caracteres retroactivos y encajar la derrota del despotismo muy poco ilustrado del que hizo gala a lo largo de la campaña. La noche del 28-F fue un derroche de voluntades manifiestas. En mi doble acepción de ciudadana y periodista estuve en el centro de datos instalado en el Casino de la Exposición de Sevilla, conectada con cadenas de radio y con gente que preguntaba sin atender a directos o entrevistas. Así fui testigo de la expresión de solidaridad con Almería, cuando se supo que no alcanzaba el porcentaje establecido en la ley.

Conscientes de que el referéndum estaba ganado, aunque no se cumplieran todos los requisitos legales, se impuso la voz de la solidaridad con esa provincia: “Estarán rotos, hay que ir a abrazarlos”, se decía en las radios, o en la concentración ante la puerta del Ayuntamiento de Granada, o en el centro de datos de Sevilla, con miles de personas esperando los resultados y felizmente dificultando el trabajo de los periodistas, incapaces de moverse o llegar hasta los focos de atención. “Caravanas de solidaridad con Almería”, se gritaba aquí y allí, y nunca esa zona estuvo tan en el corazón de los andaluces como esa noche, sin reproches, con cariño, incluyendo, incluyendo, incluyendo. El referéndum, mal planteado por la Administración central, alentó la conciencia de una forma singular de estar en el mundo y el orgullo de haberla conquistado palmo a palmo, persona a persona. Fueron días magníficos, de dignidad que abrazaba. Esto ocurrió el 28-F de ahora hace 40 años. Estuve allí, colaboré, esa es mi gloria.

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