Que si el vino alarga la vida, que si es más sano estar algo gordito... En nutrición, los números sí engañan

Si una persona come dos pollos y otra ninguno, la estadística considerará que, de media, cada sujeto se ha zampado un ave entera. Aunque parezca un chiste, el ejemplo ilustra perfectamente cómo esta rama de las matemáticas puede manejarse al gusto de mentes malintencionadas

¿No te pareció raro ese estudio que le animaba a comer chocolate y beber vino a todas horas para vivir dos años más?
¿No te pareció raro ese estudio que le animaba a comer chocolate y beber vino a todas horas para vivir dos años más?Tim Macpherson / Getty

Es posible encontrar estudios científicos a favor y en contra de casi cualquier lío nutricional. Los huevos, la carne de vaca, el veganismo, el simple hecho de beberse un vaso de agua (¿cuando tengas sed o por obligación?)... Formarse una opinión sólida en estas lides resulta altamente complicado. “Lo dicen los estudios”, soltamos cuando por fin decidimos afianzar nuestra postura. “Sin embargo, estos nunca demuestran nada. Pueden complementar lo ya sabido o iniciar una vía de investigación nueva, pero, por sí mismos, ni prueban ni desmienten”, resalta Eduard Baladia, coordinador del Centro de Análisis de la Evidencia Científica de la Academia Española de Nutrición y Dietética. Pues vaya.

En realidad, nos da igual: sabido es que los amamos. Y cualquier pequeña publicación sobre el efecto de un alimento en nuestra salud capta el interés de los medios de comunicación. Ahora bien, ¿cómo podemos interpretar correctamente sus resultados? Cuesta decirlo, por todas las variables que entran en juego. Nos detenemos en la estadística. Y no somos los primeros.... Hace casi 70 años, Darrell Huff, un prolífico escritor estadounidense, publicó su mayor éxito, Cómo mentir con estadísticas (editorial Crítica), una obra que se tradujo a 20 idiomas y se convirtió, según la revista Statistical Science, en el libro más vendido de la segunda mitad del siglo XX sobre esta rama de las matemáticas.

La obra, divertida a rabiar, está llena de ejemplos sobre cómo informar mal utilizando números, medias y porcentajes. Huff, fallecido en 2001, intentó resumir con una sola palabra, “estadisquear”, el hábito de confundir a la gente en beneficio propio. “El lenguaje secreto de las estadísticas, tan atrayente para una cultura que se basa en los hechos, se emplea muchas veces para causar sensación, deformar, confundir y simplificar en demasía. Los promedios y los datos no son siempre lo que parecen, y pueden desvirtuar los hechos importantes”, observó el autor.

En nutrición —seguimos con Huff— hay muchas maneras de “estadispular” (otra palabra inventada por el matemático para sugerir que en ocasiones las estadísticas manipulan, ya sea por falta de competencia en la materia o intencionadamente por interés): distorsionando la muestra, exagerando las conclusiones a partir de estudios observacionales, presentando como una relación causa-efecto lo que es en realidad una correlación, tomando la parte por el todo...

“Con tanta información disponible, cada vez resulta más difícil encontrar lo relevante”, admite Beatriz Robles, dietista-nutricionista, tecnóloga de los alimentos y autora de Come seguro comiendo de todo (Planeta). “Hay estudios muy buenos que conviven junto a otros que son mala ciencia. Hemos visto hace solo unos meses un ejemplo muy claro cuando varios medios de comunicación dieron voz a un doctor que aseguraba curar la covid-19 con un complemento alimenticio de lactoferrina”.

La investigación en que se apoyaba arrojaba la siguiente cifra: el 100% de los pacientes se ha recuperado en cuatro o cinco días. Pero, aun siendo cierta, la cosa se venía abajo por innumerables frentes: autores con conflictos de interés; muestra de solo 75 pacientes; ausencia de grupo de control... “En otras ocasiones, el problema son estudios realizados en líneas celulares o con ratones, cuyos resultados [también, aparentemente, escudados en sólidos datos] se extrapolan a seres humanos, lo que motiva titulares del tipo 'una copa de vino equivale a una hora de ejercicio”, prosigue Robles.

La Escuela de Salud Pública de Harvard ha detectado el problema y ha lanzado el mensaje de que los estudios nutricionales tienen por misión iluminar, en lugar de deslumbrar. “Evidentemente, cuando tantas personas investigan cada tema de tantas maneras diferentes es natural que los resultados no siempre sean los mismos. Sin embargo, lo que es clave y lo que impulsa las recomendaciones de salud es el peso del conjunto de la evidencia sobre un tema en particular”, señala Baladia, con conocimiento de causa, pues no en vano es editor de la Revista Española de Nutrición Humana y Dietética y revisor externo de British Journal of Nutrition.

Que no te engañen: el tamaño sí importa

Más allá del terreno abonado para la posverdad, que sacude la salud tanto como la política, hay un problema en torno al desconocimiento del método científico, “que nos puede llevar a pensar, erróneamente, que todos los estudios son igual de válidos”, apunta la dietista-nutricionista Robles. Para la Universidad de Harvard, el proceso de investigación viene a ser como colocar piedras en una balanza antigua: cuando se acumula suficiente peso en un lado, la báscula se inclina a favor de una recomendación en particular. Y cuanto más peso hay, más fuerte es la pauta y más evidencia se precisa para llegar a cambiarla.

Un apunte importante: la posibilidad de que la balanza se incline hacia uno de los dos lados no solo depende del número de cantos colocados en cada plato, sino también del tamaño de los mismos. Es decir, un par de rocas grandes (los estudios más completos, mejor diseñados y con más participantes) hacen que el aparato se incline más rápido que un cúmulo de chinas pequeñas. He ahí otro indicio: cuanto más reducido es un estudio científico, más fácil resulta que sus conclusiones contradigan el conocimiento existente.

En el libro Cómo mentir con estadísticas, Huff pone este ejemplo: “Echa una moneda al aire. ¿Cuántas veces saldrá cara? Aproximadamente, la mitad”. Sin embargo, si pruebas diez veces y consigues que ocho de ellas caiga por el lado de la cara, te verás tentado a afirmar que, al lanzar una moneda, sale el rostro en el 80% de los casos. Sería un error. “Si tu paciencia aguanta hasta las mil tiradas podrás estar casi seguro (aunque no completamente) de alcanzar un resultado de aproximadamente la mitad de caras, que es el que representará la posibilidad real. Solo cuando se realiza un número importante de ensayos, el cálculo proporciona una predicción útil”, estima el escritor americano.

El estudio que indignó a la Universidad de Harvard

Hay muchas formas de mentir con estadísticas en nutrición. Una de ellas es ignorar la letra pequeña en beneficio del gran titular. El dietista-nutricionista Julio Basulto todavía recuerda cómo hace unos años un buen número de medios de comunicación titularon Las personas con sobrepeso tienen un 6% menos de riesgo de morir, la conclusión de un estudio que parecía indicar que mejor estar ajamonado (un poco gordito) que amojamado (muy delgado). El informe se publicó en Journal of the American Medical Association, pero, evidentemente, su traslación a la opinión pública fue defectuosa. En contra de lo sugerido por el titular, tener sobrepeso no reportaba ninguna protección a la población en general, sino que, en realidad, las personas con algunos kilos de más, conscientes de su situación, se sometían a más revisiones periódicas y atajaban con mayor celeridad cualquier enfermedad crónica derivada de su estado.

Walter Willett, director del Departamento de Nutrición de la Escuela de Salud Pública de Harvard, estalló contra la propia investigación por generar confusión en una presunta búsqueda de fama. “Por supuesto, a muchos les gustaría escuchar que no hay ningún problema en tener sobrepeso u obesidad”, comentó sobre el estudio, al que llegó a calificar como “un montón de basura”. Baladia retoma la idea: “Decir lo que la mayoría quiere escuchar, funciona. Y una consecuencia de las malas investigaciones es que la gente deja de prestar atención a las cosas que son realmente importantes”.

El problema, según la Escuela de Salud Pública de Harvard, es que los estudios buscan deslumbrar en lugar de iluminar. Además, la institución recuerda que la evidencia es como una balanza antigua: la recomendación nutricional nace del lado hacia el que esta se incline.

Por ejemplo, es frecuente que los estudios financiados por la industria beneficien a esa misma industria, según confirma Plos Medicine en un artículo en el que participó la investigadora española Maira Bes-Rastrollo, y en el que se pudo comprobar que mientras un 83,5% de los estudios científicos que no tienen conflictos de interés constatan una relación causa-efecto entre consumir bebidas azucaradas y el aumento de peso y la obesidad, esta asociación se diluye como un azucarillo en agua en los estudios patrocinados por los fabricantes y sus pujantes organizaciones sectoriales.

Basulto pone más ejemplos de investigaciones que cocinan y condimentan las conclusiones. “La estadística señala que la gente que desayuna más frecuentemente tiene mejor salud, pero no explica que a lo mejor sucede al revés: aquellos que gozan de mejor salud tienen el hábito de desayunar a menudo”, dice. “La estadística señala que la gente que bebe una copa de vino al día tiene menos eventos cardiovasculares, pero silencia que las personas que toman una única copa de vino al día son muy distintas en muchas cosas (por ejemplo, suelen fumar menos, suelen ser menos sedentarias, suelen pertenecer a un nivel social, cultural y económico más elevado, tienen un mayor acceso a una medicina de calidad, etcétera), y por todos estos motivos presentan menos trastornos coronarios”, continúa. “La estadística apunta que las personas mayores que toman café tienen mejor salud, pero, en realidad, es al revés: gracias a llegar a mayores en un óptimo estado físico pueden seguir tomando café sin tener molestias digestivas, hipertensión...”, precisa. “Las estadísticas forman parte muchas veces del marketing nutricional más depredador”.

No respetan ni el chocolate. Ni el queso ni las nueces...

Es el turno de Baladia. Entre los estudios metodológicamente insalubres, el experto destaca los que plantean falsas relaciones de causa-efecto, como sucedió con uno publicado en The New England Journal of Medicine en 2012, en el que se sugería, como una broma estadística, que el consumo de chocolate podría hipotéticamente mejorar la función cognitiva, hasta el punto de existir una correlación entre su nivel de ingesta y el número total de premios Nobel en un país. Sin embargo, aunque suene fantástico, una correlación dada no indica nada y responde, en la mayoría de los casos, a una coincidencia sorprendente. Las falsas relaciones causa-efecto son tan frecuentes en la ciencia que han surgido páginas en Internet como Spurious Correlations, que se dedican a recogerlas y a desmentir, por ejemplo, que comer queso a mansalva guarde relación alguna con el hecho de morir enredado entre las sábanas.

Otra buena pista para separar los buenos estudios científicos de los que nos lían con los números consiste en poner en duda aquellas conclusiones que resultan demasiado bonitas para ser ciertas. Sobre este particular, Baladia destaca uno que concluye que un mayor consumo de chocolate (otra vez: cómo nos conocen) se asocia con menores niveles de grasa corporal en los adolescentes. “Se trata de una causalidad inversa: son las personas con menor porcentaje de grasa corporal las que se permiten comer chocolate”, aclara.

John Ioannidis, profesor de medicina en la Universidad de Stanford (EE UU) y un referente a nivel mundial en metaanálisis y estadísticas, se ha referido a este hecho en varias de sus editoriales en British Medical Journal. Conclusiones inverosímiles, a porrillo. ¿Una más? “Comer tres porciones de nueces a la semana puede disminuir la mortalidad en un 39%”. Tampoco es cierto.

Al unísono de estas argucias, han surgido iniciativas como That’s a Claim, una web que desmiente tópicos, falacias y errores típicos de los estudios relacionados con la salud, como latiguillos del tipo “estudio revisado por pares” o “resultado estadísticamente significativo”, que pretenden sugerir calidad, pero no garantizan nada. ¿Es suficiente con ellas? Los expertos consultados creen que, lamentablemente, no.

Marion Nestle, profesora emérita de Nutrición de la Universidad de Nueva York, alerta de que el exceso de información está provocando el “nihilismo nutricional” (no creerse nada de nada). Así, el abstract de este reportaje no podía ser otro más que el siguiente: aunque no todos los estudios que se publican diariamente deben tomarse al pie de la letra, es preciso seguir confiando en los pequeños pasos de la ciencia y cultivar un sano escepticismo, para no dar la razón a quienes desean patentar su propia ciencia, en detrimento de la de todos. “Ahí está Trump, animando a la gente a inyectarse lejía para acabar con el coronavirus”, lamenta Robles. No hay que olvidarlo.

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