Más de un siglo compitiendo con bicicletas deportivas para que las de paseo sigan llamándose “de mujer”

Aunque la mayor parte de marcas optan por el tallaje unisex, algunas tiendas conservan una obsoleta distinción por sexos

JOSEP M ROVIROSA / Getty Images/Westend61

Unos patines en línea relegaron a aquella bicicleta rosa y blanca, con pompones en el manillar y ruedines apenas desgastados a un rincón del trastero. Aprendí a patinar, pero no fue hasta bien entrada la adolescencia que me dio por dominar el arte de montar en bici. No me gradué con matrícula... así que nunca he llegado a usar una bicicleta como medio de transporte. Pero la pandemia me ha hecho replantearme la manera en la que me muevo por la ciudad, y no hay nada como una bici para evitar las aglomeraciones del metro en hora punta. Gran idea la mía, y la de —al parecer— toda España: desde que acabó el confinamiento, las tiendas han disparado sus ventas entre un 30% y un 50%. La falta de stock me ha cogido con la guardia baja, pero he detectado una circunstancia que la ha devuelto a donde debe estar: aún hay tiendas en las que debo plegarme a una obsoleta distinción por sexos si quiero montarme en una de sus bicis.

Las diferencias son claras y llamativas. Las de los hombres parecen más robustas, son de colores oscuros, tienen ruedas anchas y la barra superior del chasis está en una posición más alta. Las de mujer, por su parte, lucen tonos pastel, con acabados de apariencia delicada, la barra está mucho más baja y algunas vienen con su cestita colgada en el manillar. Como si fueran para ir a coger flores. A primera vista, estas características del diseño parecen una cuestión de marketing, pero son el vestigio de una antigua necesidad.

Hay que remontarse más de cien años atrás para entenderlo, hasta el siglo XIX, cuando se diseñaron los primeros velocípedos. Sí, aquellas máquinas que tenían unas ruedas delanteras considerablemente más grandes que las traseras, fabricadas única y exclusivamente para el entretenimiento de los hombres. Resulta que tenían un chasis imposible de montar con las vestimentas femeninas de la época sin que los encantos de las mujeres quedaran expuestos a todas las miradas. Cuando por fin se igualaron los tamaños de las ruedas es cuando se empezaron a diseñar tallas para niños, transportes infantiles que algunas mujeres no dudaron en aprovechar. En palabras de Susan Brownell Anthony, sufragista y escritora, “las bicicletas han hecho más por la emancipación de las mujeres que nada en el mundo”. Ya podían pedalear ellas solas hasta donde les diera la gana.

Nada de esto, por supuesto, sucedió sin el disgusto de muchos hombres, que no dudaban en vociferar su reticencia incluso en los medios de comunicación. “Creo que la cosa más atroz que he visto en toda mi vida es una mujer en bicicleta [...] Pensaba que lo peor que podía hacer una mujer era fumar, pero he cambiado de idea", publicó el Sunday Herald en 1891. El progreso, sordo a los rebuznos reaccionarios, siguió adelante y, con él, aparecieron nuevos modelos de bicicletas con las barras más bajas para adaptarse a la ropa de las mujeres. “Además de la barra más baja, les ponían una especie de malla en la rueda trasera para que las faldas no se engancharan”, aclara Jacob Frontelo, responsable de ciclismo de Decathlon de Talavera. La moda femenina siguió evolucionando junto a los nuevos modelos de bicicleta: las mujeres empezaron a usar faldas-pantalón y bombachos para subirse a un vehículo que les daba una dosis de libertad que muchas no habían probado jamás. Y pedalearon más y más lejos.

Más de un siglo después, exactamente 103 años desde que Alfonsina Strada participara en su primer Giro de Lombardía, las mujeres compiten con bicicletas muy similares a las de los hombres, pero aún hay comercios (entre ellos, una conocida tienda por departamentos) que mantienen la distinción por sexos. ¿A qué se debe? Erkuden Almagro, fundadora de Mujeres en Bici, lo tiene claro: “Es el canon del impuesto rosa”, esa tasa que hace que los artículos cuesten más por estar pintados de ese color (o similares). Un peaje anacrónico que, afortunadamente, han eliminado la mayor parte de los fabricantes.

La tendencia general es llamar a estos modelos de bicicletas “de paseo” o “urbanas”, dado que su uso se limita a las ciudades. Y sí, son más cómodos para quienes llevan faldas o vestidos, pero también “para hombres y mujeres con movilidad reducida, personas mayores, hombres que lleven trajes... simplemente porque es más fácil subirse a ellas cuando no llevas ropa deportiva”, explica Almagro. En lo que respecta a las deportivas, ahora se habla de tallas y no de sexos. Si bien sigue habiendo algunas piezas que se fabrican con la mujer en mente, es por otras cuestiones que atienden a la antropometría y al diseño ergonómico. "Los sillines son ligeramente más anchos porque las mujeres solemos tener las caderas un poco más anchas y así se apoyan mejor los isquiones”, aclara Almagro. “También la potencia del manillar —esa pieza que va desde el cuadro al manillar— es a veces un poco más corta porque las mujeres suelen tener las piernas más largas y el tronco más corto. Así llegan mejor”, añade Frontelo.

Sin embargo, “a día de hoy, el 95% de las bicicletas son comunes para chicos y chicas”, asegura Frontelo. Y es que, al fin y al cabo, no todas las mujeres tienen las caderas igual de anchas o las piernas igual de largas; algunas son más altas y otras menos. Igual que ocurre con los hombres. De ahí, explican ambos expertos, que se tienda a la personalización y que para buscar la talla adecuada “se midan la altura y distancia de la entrepierna, y la distancia del tronco al manillar. Así se calculan tanto la altura del sillín a los pedales como la de la potencia del manillar”, aclara Frontelo. Según las cifras, “habrá mujeres que usen la talla XS y hombres que también. Lo mismo con las demás tallas. Mi marido y yo, por ejemplo, usamos los mismos tamaños”, concluye Almagro. Los colores, eso sí es cosa de gustos, no ese 5% que queda del cálculo que hace Frontelo, en el que entran quienes siguen manteniendo la distinción por sexos.

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